Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Luis Sandrini. En el Olimpo de los Comediantes del Mundo

Actor, productor y director que fue la gran estrella del espectáculo nacional en Latinoamérica y España. Cuando usted dice “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa” está citando a Felipe, a Sandrini.

Una vez estaba Julio Cortázar por arrancar una conferencia. México, 1975. Se acerca un empleado del hotel, humilde, y pregunta “¿qué sabe usted de Luis Sandrini?, ante el desconcierto del autor de “Rayuela” “No sé, es un cómico que se murió, ¿no?” Media vuelta del mexicano murmurando algún improperio, cómo puede ser que un argentino no conozca a Sandrini, y la mirada desenfocada desde las alturas de Cortázar. Era los momentos que Luis Sandrini, el eterno Felipe, filmaba lo más rancio de su producción artística, objeto de denuestos y burlas de los círculos progresistas. Películas y programas de televisión que se mantenían sin embargo al tope del gusto popular. El “cómico sentimental” que mantuvo la estrella durante cuarenta años, preferido de las familias y las costumbres argentinas.  Un artista fundamental, que hizo reír y llorar a cuatro generaciones, y que sigue dando cátedra, “¿Querés que te cuente una cosa? Yo, a los dieciocho años, quería ser actor y llegar. A los veinte años creí que ya había llegado. A los veinticinco me di cuenta de que todavía no había llegado. Y hoy, a los setenta y cuatro años, descubro que no voy a llegar nunca”, señalaba quien sus rastros aún permean a los nuevos reyes de la comedia de la lengua española.

El mexicano Roberto Gómez Bolaños, Chespirito, en sus memorias, dice de Sandrini, "Se trata de un argentino que debería tener residencia oficial en el Olimpo de los comediantes: el señor don Luis Sandrini, un actor en toda la extensión de la palabra, que lo mismo nos arranca carcajadas que lágrimas. Había sido mi ídolo desde la infancia y lo siguió siendo siempre", mientras que Bombita Rodríguez es un homenaje oblicuo de Diego Capusotto a los profesores y curas hippies del último Sandrini. “Es muy difícil repartir humor, buen humor, no siendo feliz", refería el actor en un histórico reportaje de Alberto Amato en la revista Gente, pocos meses antes de su fallecimiento el 5 de julio de 1980. Había nacido Luis en una familia de actores de circo, actores de la legua de pueblos y caminos polvorientos, en San Pedro –otras biografías lo ubican en el porteño Caballito-, el 22 de febrero de 1905.  Trabajó de todo, plomero e inspector de ferrocarril, pero el sueño de Luisito era la actuación. Así que con la carta de recomendación  de su padre bajo el brazo se presentó en el Circo de Leandro Reynaldi en 1927. Sandrini deseaba interpretar galanes y debutó siendo un milico más persiguiendo a Juan Moreira en el picadero. Cuando preguntó dónde era su camarín, Don Leandro delimitó un pedazo de yuyos, junto a la carpa. Así de abajo, bien abajo, Sandrini en un lapso de tres años, antes que Alberto Vaccarezza lo descubra para su compañía teatral sainetera, se fogueó en variopintos géneros en los barrios, auténtico retoño de los fundadores del teatro criollo. En “Te acordás hermano qué tiempos aquellos” (1931) de la compañía de Muiño-Alippi  va madurando su estilo, único, personal, que derivaba en que cada obra parecía escrita para él. Agregando y sacando situaciones y frases que fueran eficaces, de impacto en la platea, aunque muchas veces no condecían con la trama ni con el texto original. “Todos mis personajes fueron hechos para que le gustaran al público. No porque me gustaran a mí. Por eso decía que yo al teatro no le di nada, que todo se lo di a la gente. Cuando el personaje me gustaba a mí, generalmente le gustaba al público. Pero nunca hice nada que me gustara a mí solo, sin importarme qué diría la gente. Porque además hace rato que se acabó aquello de que el público no sabe nada”, admitía Sandrini, famoso desde el batacazo del film “Los tres berretines” (1933). Un héroe de la clase popular nacía en esa cinta de Enrique Susini que sintetizaba las pasiones populares, una estrella de la incipiente industria se imponía reluciente, Sandrini. El actor que dijo ya presente en los albores sonoros del cine argentino con “Tango” (1933). En “La muchachada de a bordo” (1936) el actor cobró casi 100 mil pesos, uno de los primeros contratos astronómicos del espectáculo argentino – la productora Lumiton se fundó con 300 mil.

Sandrini, pasión de multitudes

Junto a la primera esposa, Chela Cordero, el actor funda en 1938 una productora cinematográfica de importantes títulos, entre ellos “Callejón sin salida” (1938), donde Sandrini sale del rango del teatro de las carcajadas que dominaba,  y “Palabra de honor” (1939) de Luis César Amadori. Aunque quiebra el poco tiempo, punto de inflexión entre la separación con Cordero y avance de la tormentosa relación con Tita Merello, marca una característica de Sandrini, que participa muchas veces en la producción,  e incluso en la distribución, de sus trabajos. En varios aspectos, Sandrini es un adelantado en entender el hecho cinematográfico como un proceso industrial. Pagaría una fortuna en 1956 para adquirir los derechos de “Candilejas” de su admirado Charles Chaplin.

El actor aseguraba que  su máxima creación se inspiró en un conocido de La Paternal, “un muchacho de barrio, vivo pero no pillo, que se aviva los golpes…no es tarta, es nervioso, por inculto nunca encuentra la palabra justa…en cada barrio hay un loco que quiere discutir y no lo dejan, que la mina lo larga para meterse con otro, que no tiene pilchas, que es honesto y lo joroban. Un día  el tipo encuentra la vuelta y recupera de un golpe todo lo que le arrebataron” Hablaba de Felipe, la creación radial de 1944 de Miguel Coronato Paz, que transitaría cuarto de siglo en lo más alto de las preferencias de las audiencias, condensando los valores y las virtudes de una sociedad que estaba a punto de cambiar. Y que se resistía defendiendo a la madre, o la gente de bien,  con buenos modales.  “Mientras el cuerpo aguante", "Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa" y "La vieja ve los colores"  fueron los latiguillos que impuso Sandrini, primero en el teatro, su medio natural, y luego, el cine. “Cuando los duendes cazan perdices” de Orlando Aldama, gran suceso teatral de 1949 a 1953, sólo superado por “Salsa criolla” de Enrique Pinti en los ochenta, con entradas agotadas con semanas de antelación, y que sólo terminaría en sus deseos de pasar de lo cómico a lo serio, marcan un nuevo hito en su trayectoria, que sumaba el arrollador  paso en películas de México y España. A partir de allí Hispanoamérica adoraría a dos cómicos, Cantinflas y Sandrini. En aquel periodo fulgurante se produce la comentada separación con Merello, ella que deseaba interpretar el papel de su vida, “Filomena Marturano”, él que deseaba girar por Europa interpretando comedias ligeras. En la pieza de Aldama conocería a una actriz reemplazante, Malvina Pastorino, la madre de sus dos hijas, Malvita y Sandra.

“El hombre virgen” (1956) de Ramón Viñoly Barreto y “Chafalonías” (1960)  de Mario Soffici erigen un momento de transición, un Sandrini otoñal, como sostendría Osvaldo Pellettieri. Intercala entre la picaresca taquillera de “La cigarra no es un bicho” (1963) de Daniel Tinayre otras búsquedas alejadas, un poco, del sentimentalismo barrial, de la emoción permanente, de la moralina,  expandiendo a otras vetas, hacia un cine y teatro de repertorio, o más allá del entretenimiento, que ya había demostrado en las tablas con “Juan Globo” (1945), un entrañable y memorable chofer compuesto por Sandrini.

“El nuevo teatro es un rebusque”

“El nuevo teatro es un rebusque” abría el paraguas el veterano Sandrini con los vientos de renovación de los sesenta, justificando la elección de clásicos anacrónicos,  o autores de vieja escuela como Abel Santa Cruz. Felipe llega a la televisión por Canal 13 y a miles de hogares que esperaban la primera lágrima, el abrazo con los amigos y los viejitos. Cuando en los camarines del teatro independiente se colgaban fotos de Felipe para que los actores progresistas “tiren al burro” De este periodo son las películas con Fernando Ayala, Enrique Carreras y Palito Ortega, padres dominantes, militares simpáticos, comprensivos y patriotas, curas pintorescos y maestros locos, profesores hippies. “No lo entiendo al sicoanálisis –confesaba en la revista Siete Días en los setenta, cita de Carlos Ulanovsky- Mi viejo jamás fue el sicoanalista y nunca estuvo preso; me crió a mí, tampoco fui al sicoanalista y jamás estuve preso”, remarcando la desconexión con un mundo que había cambiado, o la fortaleza para que siga siendo el paladín de lo bueno y correcto de la sociedad más conservadora, “yo vendí un pan, un pan muy alimenticio, porque era espiritual, no se escuchaban malas palabras, ningún hijo se enamoraba de la madre” Destellos del talento actoral emergen en “La valija” (1971) de Carreras, con sus dos finales, uno fiel a la desintegración de la pareja, otro apto para todo el público felipiano; o en “Así es la vida” (1967/68), un pieza teatral dirigida por Pedro Escudero, en la cual descolla con su atribulado Ernesto.