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“La Voz Argentina”: el gran negocio de triunfar y el eterno drama de sobrevivir

El reality de cantantes es una buena opción televisiva para el público, pero una trampa mediática para aquellos que quieren dedicarse definitivamente al canto, un programa que se vuelve un obstáculo para el ganador después de la victoria en la pantalla chica.

Si fuera tan fácil encontrar cantantes para lanzarlos al gran estrellato desde un programa de televisión y así abastecer una devaluada industria donde muchas personas no cantan, otras no lo intentan y muchas bebotean histéricas con el micrófono, conseguir voces en el nuevo milenio sería bastante más fácil y veloz que poner agua caliente a un saquito de y sentarse a tomarlo. La música mundial ya vivía un momento difícil y la pandemia lo que hizo fue exponerlo crudamente con múltiples crisis surgidas por el confinamiento, una situación que desde el 19 de marzo de 2020 a la fecha tiene miles y miles de personas sin trabajo ante la ausencia de recitales con asistencia masiva de público. Mientras se buscan las soluciones a la crisis sanitaria de manera totalmente desesperada, en la tv el regreso de la vieja fórmula de encontrar vocalistas para impulsarlos desde la “caja boba” funciona en verdad de maravillas. “La Voz Argentina” llegó a la pantalla de Viacom-Telefé heredando el lugar de “MasterChef Celebrity 2” y arrasa en la compulsa con un rating de 24 puntos.

 

El éxito del ciclo televisivo parece un cuento de hadas capaz de seducir a todos aquellos que supuestamente quieren dedicarse al “bel canto”, pero en realidad se encarga todos los años de ratificar que impulsar nuevas figuras no depende únicamente de una estructura de televisión sino de muchísimo más que eso. Si esto fuese así, los sellos musicales harían un par de veces al año esta clase de casting televisado, y los nuevos artistas saldrían de estos procedimientos mediáticos tan rápido como frascos de mermelada de durazno. La enorme mayoría de los intérpretes a nivel mundial que hoy tienen un significativo éxito no solo en la comercialización de sus canciones, sino en la concreción de extensas giras de recitales, no han salido de este formato en la pantalla chica y mayoritariamente han forjado paso a paso sus carreras con mucho trabajo, esfuerzo y sobre todo sustentados en canciones con una calidad indiscutible que sobreviven al paso del tiempo.

 

El formato que exhala noche a noche “La Voz Argentina” es metodológicamente perfecto para las necesidades del contexto televisivo, pero un peligroso canto de sirenas para todos aquellos que quieren una carrera musical en serio con lo que eso significa. El casting que todas las noches presenta el divertido formato televisivo tiene los ganchos necesarios para que la audiencia de cuórum sin retaceos, aunque a veces se exagere de manera brutal con ciertos detalles adversos del participante para buscar ese golpe bajo que suma puntos con las mediciones de rating. Así llega gente con familiares fallecidos, problemas físicos y un sinnúmero de dramas que cautivan al paladar melodramático, pero que no permiten tomar conciencia si esas voces definitivamente pueden conmover al público musical, ese que a esta altura de los acontecimientos cada vez observa menos televisión abierta. Forjar en los tiempos que corren una prolongada carrera musical, no alcanza con arrancarla con el gran apoyo de una señal televisiva y su brutal apoyo mediático, porque cuando esas estructuras desaparecen el intérprete tiene que valérselas solo y ya no resulta tan fácil esa misión.

 

Otro tema que le juega bastante en contra a quienes piensan que este actual formato de “La Voz Argentina “es el camino al éxito asegurado si se obtiene la victoria, es que antes había como premio la grabación de un disco y cierta ayuda del sello discográfico para asentarse en esos primeros meses de dado a conocer bajo la órbita televisiva. Ahora cualquiera con la tecnología existente y un poco de ayuda profesional de menor costo puede grabar algo y publicarlo en Internet. El verdadero problema es que las plataformas están saturadas de personas que se creen artistas y suben videos o temas, pensando que se van a convertir en el nuevo Ricardo Arjona o la esperada reencarnación de Whitney Houston, individuos que no resisten más que un par de pasadas en esos formatos digitales que corroboran que hay una desmedida oferta, pero mayoristamente carente de calidad. Supuestamente la televisión podría ser ese plus, pero muchos de los que participan en realidad cuando son consultados, no titubean en decir que “quieren ser famosos”. Ahí está la cuestión, la chance de estar en ese circo mediático un ratito y desaparecer carbonizado hasta que aparezca otro monstruo de dimensiones mayores, o apostar a un camino más largo con todo lo que eso significa.

Nadie se animaría a poner en duda el prestigio profesional de Ricardo Montaner, Soledad Pastorutti o Lali Espósito, se han ganado con el sudor de sus frentes el reconocimiento del mundo merced a sus obras, esfuerzos y sobre todo la inquebrantable pasión de luchar con infinitos esfuerzos psicofísicos y artísticos para mantenerse, progresar y ofrecer a la gente algo que siga seduciendo y cautivando como ocurrió al principio de sus carreras. Hoy las cosas son diferentes y la supuesta democracia digital, bastante cuestionable si no se sabe manejar esa sustancia tecnológica, lo único que hace es poner en una jaula de cotorras una cantidad de esfuerzos e ilusiones que con el paso de los meses se van desvaneciendo muy velozmente. El jurado de este programa televisivo puede ofrecerle ese necesario impulso al que quiere en serio una carrera artística fantástica, pero inevitablemente luego de ganar un ciclo en la televisión hay que saberse valer solo sin ese monumental respaldo, después cuando asomará el hecho de publicar nuevos temas, encarar conciertos y progresar para que la gente siga acompañando el intento inicial. Justo ahí es donde desaparece el mítico “formato televisivo” y muchos que soñaban con mantener una popularidad poderosa, comprueban que la luna de miel finalizó de manera catastrófica, mientras la sociedad los ignora ante “nuevas criaturas sonoras”.

 

Hay otro aspecto que no está totalmente analizado por la industria, los medios o quienes se vuelcan a esta actividad. Con el progreso tecnológico, la evolución de ciertos caminos en el crecimiento profesional y las exigencias contemporáneas, la música ya no significa lo mismo para las personas, un cambio cultural tan triste y demoledor como inevitable en un mundo cuyos habitantes le asignan a la telefonía móvil un imperioso valor como aquel elemento sin el cual sus vidas están incompletas. Antes la gente que quería conocer todas las novedades musicales del mundo, no tenía otra opción que meterse con gran serenidad en una tienda de discos, revolver, preguntar y sobre todo escuchar las recomendaciones o las preferencias personales que había en esos lugares. Hoy con Internet todo ese camino parece acotado a tener una buena PC o un celular costoso para acceder a las plataformas y otros abastecedores de material musical, pero el problema es que ante la sobreoferta que la realidad propone, no siempre la selección escogida puede ser la más valiosa, ante igual incógnita que sufre alguien hambriento en un restaurant que le ofrece 275 mil variantes de lechuga o ravioles para escoger en su plato de alimentación. Con la música pasa lo mismo o peor, porque muchas cosas que hoy suenan geniales están tan maquilladas por la nueva tecnología actual, que una vez trasladados a un show pueden deparar que todas esas voces tan hermosas, sin los chiches “modificadores” asomen tan descarnadas y espantosas como el vómito de un hipopótamo.

 

Naturalmente hay casos de algunos intérpretes que teniendo buena calidad vocal, el deseo de lograr una carrera seria y su vida absolutamente dedicada a eso, utilizan el gran apoyo de esa estructura televisiva para potenciar lo que tienen, pero una enorme mayoría fruto del desconocimiento, confía en que ganar el concurso televisivo es el camino apropiado en estos tiempos para lograr éxito eterno, fama y el público ovacionándolo a sus pies sin límite alguno, un patético y desgastante espejismo que muchos advierten cuando resulta sin dudas demasiado tarde. “La Voz Argentina” no deja de ser un simpático programa de televisión, pero creer que esa es la forma más efectiva de construirse una carrera dentro del arte de combinar los sonidos puede ser un yerro interminable. Estudiar, progresar en los objetivos y buscar el lugar donde uno puede rendir mejor no siempre es el camino que eligen los participantes del ciclo, quienes creen que estando un rato extenso en la pantalla de la audiencia, están sacando un crédito de confianza con un público que hoy respalda un ciclo de cantantes, pero mañana puede trasladar ese interés a nuevos cocineros, dejando a un costado o directamente en el cesto de la basura, aquella atracción que sentían por las nuevas voces, esas que hoy deambulan realmente a la buena de Dios cuando tienen suerte, sin olvidar que muchos vencedores o participantes terminaron muy mal o directamente no lograron sobrevivir físicamente para contarlo.  

 

imágenes: Prensa / Redes Telefé - La Voz Argentina

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