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James Bond y la curiosa relación del agente 007 con el público argentino

En los últimos días se estrenó la última producción cinematográfica del famoso agente del servicio secreto británico con licencia para matar, una saga que guarda especial vínculo con nuestra nación, una destacada fenomenología que describimos en este informe.

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James Bond

En la última década y media se habló muchísimo de algunos largometrajes que lograron una gran adhesión del público argentino, fervor por estas producciones que año tras año lograron posicionarse en el corazón de las audiencias que dan respuesta masiva a todas estas realizaciones en formato de saga. “El señor de los anillos”, “Harry Potter” y sobre todo “Star Wars” son producciones que han tenido varios episodios, convirtiendo a estos personajes en íconos de una nueva cultura audiovisual durante el presente milenio. Sin embargo, en los últimos días se estrenó el último film vinculado con un protagonista de aventuras muy recordadas, lanzamiento que como era de esperar detonó el gran regreso de la fenomenología relacionada con un héroe muy distintivo en la historia del cine.

Estamos hablando obviamente de Bond, James Bond, el agente 007 del servicio secreto británico, unidad al servicio de su majestad, un personaje de la industria cinematográfica que puede darse el lujo de ostentar la mayor cantidad de largometrajes conformando una saga en la historia del séptimo arte. Hace apenas una semana se conoció en los complejos la producción “No time to die” (Sin tiempo para morir), película que originalmente se iba a llamar “Bond 25”, haciendo ostentación en su título de la cantidad de largometrajes que se llevan filmados con este mítico personaje del mundo de aventuras, un refinado agente que cuenta con licencia para matar, algo bastante obtuso cuando ahora en todos los films surge un nuevo astro defendiendo causas justas, que dispara a troche y moche sin pedirle permiso a absolutamente nadie en su país de origen.

 

 

Un poco más de medio siglo atrás, cuando nadie en el mundo imaginaba esta bochornosa costumbre individualista de mirar producciones audiovisuales en un teléfono mediante la conexión a una plataforma usando el tan difundido sistema de streaming, la gente iba muy frecuentemente a los cines para ver sus películas favoritas. El séptimo arte competía con a esa altura del viejo siglo con los principales eventos deportivos los fines de semana a ver quién reunía más público, situación en la que muchas veces los cines de barrio ganaban el duelo por goleada con producciones que seducían inmediatamente a todos aquellos que se reunían periódicamente en un ritual de profunda y emotiva ceremonia para sentarse en la oscuridad a disfrutar sus realizaciones favoritas. Naturalmente cuando se estrenó aquí en Argentina el largometraje “El Satánico Doctor No” en 1962, la gente se enteró que estaba frente a un personaje que casi 60 años más tarde, seguiría convocando a todo el público a los muy escasos complejos de cines que quedan después de la actual pandemia.

James Bond

El protagonista en ese inicio era Sean Connery, un actor escocés que encarnó por primera vez al mítico agente 007, con licencia para matar, personaje que cautivó de inmediato a la audiencia, tiempos donde la película se exhibió tanto en los numerosos cines que tenía la actual calle peatonal Lavalle, como la Avenida Corrientes, muy eufóricos tiempos donde las marquesinas de cada una de estas salas exhibía en su exterior gigantescos carteles con el afiche de la producción o las imágenes de difusión gestadas a tal efecto. Un estreno con el peso de semejante producción impactaba inmediatamente en la industria, época en que esa clase de realizaciones internacionales se conocía no solo en las principales salas de la Capital Federal, sino también en los principales cines de las diferentes provincias del país, estrenos que desataban una enorme curiosidad en los fanáticos de esa actividad artística.

Con el paso de las primeras cinco películas, ver las andanzas de James Bond se convirtió en un ritual para todos los amantes del cine, fuesen o no fanáticos del personaje, tiempos donde las entradas se compraban con anterioridad, tickets impresos en finos papelitos que estaban enrollados y colocados en agujeritos de un tablero de metal o madera, los cuales estaban a la vista de los adquirentes, para saber donde querían estar sentados dentro de la sala. Durante nueve años, las andanzas de James Bond crecieron combatiendo a todos los enemigos del planeta, paralelamente al fenómeno provocado por estas películas que cada vez sumaban más adeptos. Cuando en 1971 se conoció “Diamonds are forever” (Los diamantes son eternos), la última realización protagonizada por Sean Connery, ese gran fenómeno fílmico daba señales de fatiga por el comportamiento pétreo del reconocido actor escocés, quien no ocultaba su deseo de abandonar aquél rol, una decisión que por suerte torció el destino de una saga que estaba arrumbada con un actor al que siempre le faltaron varios tornillos para ser la construcción perfecta.

James Bond

En Argentina a principios de los años ‘70s, los cines ocupaban un importante espacio en la industria cultural tanto en su famosa urbe porteña como en las principales ciudades del interior, por eso cuando en 1973 se conoció “Live and let die” (Vivir y dejar morir) con el arribo del brillante actor inglés Roger Moore, en nuestra nación nació un fuerte romance con ese personaje, porque el intérprete se había hecho muy famoso en la recordada serie “The Saint” (El Santo) que se exhibía diariamente en la televisión abierta, todavía con su icónico sistema de imágenes en blanco y negro. Para suerte de los realizadores de estas convocantes películas, la llegada de un intérprete tan carismático y querible como Moore fue lo mejor que le pudo pasar a una saga de estas características, tiempos donde además de aventuras y sofisticadas armas en manos de los buenos y malos, había una fenomenal cuota de humor que hizo de esas realizaciones un banquete artístico imposible de resistir.

Si bien las películas protagonizadas por Sean Connery se conocían aquí en nuestro país a mitad de año coincidiendo con las vacaciones de invierno, desde aquellos tiempos en que Roger Moore se apropió por suerte del papel, el éxito de esas realizaciones se programaba para fin de año, más precisamente en diciembre con las tradicionales fiestas. En aquellos años las películas donde el agente 007 estaba a cargo del artista que dio vida al recordado Simón Templar en la serie “El Santo”, en Buenos Aires las películas de James Bond iban directamente a los cines de la avenida Corrientes, salas que tenían una mayor cantidad de butacas, porque una vez anunciado el estreno, la gente compraba hasta la primera fila, sin olvidar que terminada la función padecería una inevitable tortícolis por torcer el cuello a fin de ver inclinado el largometraje en esa incómoda ubicación.

James Bond

El enorme crecimiento del fenómeno industrial del séptimo arte en nuestra nación derivó en la construcción de nuevas salas por fuera de la calle Lavalle o la avenida Corrientes, surgiendo en aquellos tiempos el cine “Metro”, ubicado en la calle Cerrito entre Tucumán y Lavalle, una de las salas más grandes de aquella época. La gran marquesina del lugar en esa parte del siglo ocupaba casi veinte metros de ancho, por lo cual cuando una película se estrenaba allí era imposible no mirar hacia arriba para ver como habían ilustrado cada producción que iba a proyectarse en esa recordada sala. El fenómeno de Bond a cargo del espectacular actor nacido en el Reino Unido, tuvo dos estrenos inolvidables: primero con la película “Octopussy” en 1983, donde el agente 007 con licencia para matar esquivaba un misil que le habían tirado a su jet metiéndose por la punta de un hangar y saliendo por el otro inclinado en 90 grados, dejándole a sus enemigos el terrible explosivo tras pasar esas compuertas que se cerraban detrás suyo, un maravilloso gag que luego se replicó en “Star Wars”.

La última película del ya fallecido actor inglés, encarnando al agente autorizado por sus majestades a matar sin límites para combatir el mal, se conoció en Argentina en esa misma sala en 1985, llamada “A view to a kill”, mal traducida como “En la mira de los asesinos”, provocó un colapso en todas las salas donde se conoció al saberse que era por decisión del propio Roger Moore, no seguiría encarnando aquél personaje. En la Capital Federal hubo que agregar funciones por fuera de los horarios habituales, mientras que en otras ciudades del interior como Mar del Plata, la última película con el actor británico dando vida al agente 007 provocó que en el cine “Gran Mar” hubiese varias proyecciones de trasnoche sin que fuera fin de semana, una fantástica locura provocada por un artista inolvidable en todos los sentidos. La película marcó además la primera aproximación del “Mundo Bond”, porque algunas se filmaron en las cercanías de las Cataratas del Iguazú, provocando una hecatombe en esa zona con los curiosos que deseaban ver las acciones de una película muy recordada. El nexo de estos films había tenido un guiño para todos los fans argentinos, cuando dos años antes la actriz sueca Kristina Wayborn visitó el país en plan promocional para promocionar “Octopussy” con algunos medios especializados.

James Bond

A fines de los ‘80s la industria cinematográfica ya no reunía multitudes en las grandes salas, fruto de una enorme crisis mundial que provocó el nacimiento de los complejos cinematográficos, lugares donde se construían en un mismo edificio varias salas más pequeñas en su interior, para así poder elegir en un mismo sitio distintas opciones de proyecciones sin tener que moverse a otras salas teatrales. Esos tiempos coincidieron con las dos películas que filmó Timothy Dalton, un inexpresivo artista nacido en Colwin Bay, que durante dos películas hizo peligrar la continuidad del personaje con películas que no movieron el amperímetro a nivel mundial, incluido nuestro país, donde las mismas solo estuvieron en cartel apenas un mes y medio con muy baja convocatoria. La curiosidad de ver en Argentina a un actor que protagonizó a James Bond, finalmente se hizo realidad en 1991, cuando el escocés Sean Connery visitó nuestro país para filmar a principios de ese año algunas escenas del film “Highlander II”, ocasión donde el añejo artista lucía calvo y con una prominente barba que requería su personaje en esa realización. Es conveniente recordad además que en esa película, Michel Peyronel-baterista del grupo de rock Riff- tomó parte de una de las escenas encarnando a un villano punk futurista muy divertido.

Seis años después de la última película sobre James Bond que encarnó Timothy Dalton, llegó un nuevo largometraje sobre el agente secreto del servicio británico, pero esta vez con el actor irlandés Pierce Brosnan desarrollando ese personaje. Cuando en el año 1995 se estrenó “Goldeneye”, en Argentina casi no quedaban cines en la calle Lavalle, salvo un par donde se pasaban películas condicionadas, pues la mayoría se habían convertido en templos de evangelistas electrónicos o gigantescas tiendas de todo por 2 pesos, etapa en la que la avenida Corrientes vio transformar muchas de esas grandes salas en restaurantes o simplemente en teatros para la realización de obras con actores en vivo. Los cuatro films que tuvieron al actor de la exitosa serie “Remington Steel” entre 1995 y el año 2002 fueron películas con buena respuesta de taquilla, pero el gran fenómeno del famoso súper agente había quedado bastante reducido a un público de culto que venía siguiendo estas películas desde principios de los años ‘60s. Igualmente, la última de ellas, “Die Another Day” que en nuestra nación se conoció como “Muere Otro Día” logró una repercusión especial pues dos detalles la relacionaron con Argentina. Por un lado Madonna varios años más tarde interpretó en River la canción que había grabado para ese film, sin olvidar que la historia de esa última producción mostraba a James Bond en una prisión de máxima seguridad que estaba ubicada en “The Falkland Islands”, es decir las Islas Malvinas, después de ser capturado por los enemigos y rescatado por otros agentes del servicio secreto inglés.

James Bond

Un insoportable lapso comprendido entre 2006 y 2021, o sea la reciente fecha del estreno de “No Time To Die”, fueron esos quince años en donde el inexpresivo, desganado y muy diminuto corporalmente actor Daniel Craig personificó pésimamente al agente 007, burda y devaluada secuencia de cinco largometrajes que en Argentina apenas tuvieron mínima y ofuscada repercusión al percibir que el histórico personaje estaba a cargo de un mediocre intérprete que jamás dio el papel como correspondía. Esta última realización estrenada el 30 de septiembre marca el final del protagónico a cargo de este incompetente artista que solo algún despistado puede ver como interesante, una película que muestra además en su último cuarto de hora la muerte del personaje, asesinado accidentalmente por la Marina del Reino Unido, con un gran ataque de misiles sobre un laboratorio químico creado para  atacar a la población mundial, afectando el ADN de todas las personas seleccionadas por un mecanismo de computadora. Con apenas 68 mil espectadores dando cuórum a esta última producción en su estreno argentino, una cifra insulsa tomando en cuenta anteriores realizaciones de este personaje a cargo de otros artistas, la saga de James Bond con las características que este papel tuvo, llegaron a su fin, anunciándose que próximamente la historia continuará con otra figura corporizando este recordado rol, situación que incluso contempla la presencia de una mujer por primera vez encarnando al icónico agente con licencia para matar que le conferían las majestades reales a un agente que ahora yace enterrado con su peor película.

 

 

Imágenes: Archivo Metro Goldwyn Mayer

Fecha de Publicación: 10/10/2021

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