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Georgina Barbarossa: “Doña Disparate soy yo”

La popular actriz sazona las noches de Masterchef con el mejor humor nacional. Y en búsqueda del mejor plato, entre pelucas y chistes, las sonrisas que fabrica Georgina Barbarossa son luminosas viajeras.

Espectáculos
Georgina Barbarossa

Nada detiene a Georgina Barbarossa. La actriz empezó con Pepito Cibrián, brilló con capocómicos del genio de Juan Carlos Mesa, Antonio Gasalla y Enrique Pinti, y actores de los quilates de Héctor Alterio y Oscar Martínez; y se reinventó en la conducción en los noventa, y en el teatro musical, con “Doña Disparate y Bambuco” y “Chicago”. Y, para seguir moviéndose, Georgina hizo telecomedias modernas en los dos mil, “Ciega a citas”, Manuuucha, y novelas ardientes de mediatarde, “Dulce Amor”. O sea que la pandemia no podría resultar un obstáculo, ninguno, “a mí no me para el COVID ni nadie. Durante los meses previos a Masterchef trabajé en Radio Zonica, di clases y varios espectáculos streaming”, comenta la showwoman que cantó en ellos clásicos tangueros,  y los éxitos de María Elena Walsh, y advierte, “ojo que cumplía con todos los protocolos posibles. Pero nunca dejé de salir. Al coronavirus le tengo respeto, no miedo.  Creo que el miedo es la peor palabra que puede existir entre los seres humanos. El día que tenés miedo, sonaste. Es una palabra que tengo negada. Una que reniego es el miedo, y la otra es el no. Son dos malas palabras en mi vocabulario. Cuando hice un curso de programación neurolingüística en 1978 aprendí que la palabra no, no existe. Uno tiene que descartar este tipo de expresiones, ¿no me alcanzas un vaso de agua? Uno tiene que ir por el sí, siempre. Uno tiene que ser positivo, siempre. Corrijo mucho a la gente cuando dice, ¿no me das las llaves?, ¡no señor! Tienen que decir,  ¿me alcanzás las llaves, por favor?”, concluye Georgina con la positivismo al palo.

“A mis alumnos lo primero que dijo es que tienen que ser felices, y positivos, para disfrutar sobre el escenario. Que no tengan miedo al ridículo”, comenta la dueña de una galería de personajes digna del linaje de una Niní Marshall, y amplía su faceta docente: “Yo siempre miro el vaso medio lleno. En pandemia pudimos dar clases al mundo desde Tel Aviv a Jujuy. Desde gente de ochenta a nenas de diez. Al principio pensamos en separar los grupos pero comprobamos una vez más que los grandes aprenden de los chicos,  y los chicos aprenden de los grandes”, afirma la maestra Georgina, y sueña una presencial función autogestionada por sus alumnos, “la base del teatro, tal cual enseñamos con Diego Rinaldi”, y con obras de Federico García Lorca. 

Georgina Barbarrosa

 

Periodista: De los participantes deMasterChef Celebrity Argentina”, en Telefe, sorprende el fervor que usted despierta en la familia, en especial en los más chicos.

Georgina Barbarossa: Estoy muy contenta porque es un programa que me permite llegar a otros públicos, y que no me conocían,  como los pibes. Son increíbles sus dibujitos sobre mí en las redes,  y con mis pelucas. Brutal. Antes que nada, quiero aclarar que fue idea Santiago del Moro lo de las pelucas, y luego, el vestuarista dio el okey, y no cómo salió publicado en todos lados. Ahora sí, me siento muy feliz de un programa que me permite seguir en el gusto popular. Y ser la Tía de muchas familias argentinas.

 

P: ¿Sufren realmente en las galas de eliminación?

GB: Son horribles porque tomás conciencia de que estás en un realities, y que competimos programa a programa.  Pero la verdad,  entre nosotros hay cero competencia. Nos ayudamos muchísimo. Incluso los jurados, que parecen ogros, nos ayudan un montón a fin de que no hagamos platos horribles. Si hasta Santiago nos tira buena y nos alienta si nos ve perdidos con las pruebas. ¡Santi me reta como si fuera mi hermano!

 

P: Antes del programa, ¿cómo definiría su cocina?

GB: Era una mamá que cocinaba, bien, con hijos medios tilingos que no le gusta el pescado, o el kétchup, o la mayonesa. Nada gourmet. Y eso que vengo de una familia que cocinaba bárbaro, el Vasco (Miguel Ángel Lecuna) también, y mis hijos fenómeno. Incluso Tomás estudió con el Gato Dumas. Pero yo era simplemente una mamá que cocinaba.  Así que tuve que estudiar con Rodrigo Toso, mi cocinero en la tele cuando conducía, y  Rodo Castro. Es que todos los participantes siempre toman clases particulares además de las que dan en el mismo programa. Hay una maestra allí, que se llama Bacu,  adora los vegetales, y me dio vuelta la cocina. Con MasterChef aprendí sobre la presentación, tan importante como la preparación, y a ordenarme mentalmente en los tiempos de cocción. Y comprender que en la cocina, junto a la paciencia, tenés que poner amor...

 

P: Además de las galas, ¿siente la presión de los tiempos de un concurso televisivo?

GB: Mucho. Especialmente los tres minutos infernales del supermercado. Uno siempre se está olvidando algo. Sufro porque no hay nada más lindo para mí que ir al supermercado. Claro que ahora disfruto el doble cuando voy al súper de casa, aunque no lo disfruto tanto cuando veo los precios. Otra, es que esa velocidad hace que no se note que soy mega ultra ordenada en casa. En el canal, nadie me cree.

 

P: ¿Cuál fue la cocina que descubrió en MasterChef?

GB: Lo que más me gustó fue descubrir la comida hindú. Me parecía un mundo inalcanzable,  difícil,  y no es nada difícil. Una comida que pueden comer mis dos hijos, ya que no comen harinas. Genial. Cuando viajaba compraba decenas especias, que nunca usaba, y ahora aprovecho un montón. Tanto me gustó que hoy en mi casa ceno un arroz Basmati con pasas de uva y frutos, en leche de coco ¡Espectacular!

 

Los motorcitos de Georgina

P: Hablamos de cocina y de hijos, parece una madre presente, ¿acaso invasiva?

GB: Aaaaaaahhhh tenés que cortarte los dedos con el WhatsApp. Sobre todo con los varones. Tenemos un grupo solamente con mis hijos y mis nueras, que antes se llamaba “risotto”, una de mis especialidades. Pero me salió como el tujes en el programa y pasó  a llamarse “gramajo ex risotto”, que con todo ese jamón y papas fritas, le encanta a los mellis, je.

Ellos son muy amorosos,  me llaman a cada rato, así que no hay invasión. Sí aprendí a que los mensajes tienen que ser escritos y no audios largos. Imaginate que tengo a veces cien mensajes en el celular mientras grabo el programa. Igual, lo tengo programado para que suene si llaman ellos, o la familia. En especial desde que falleció mi mamá –Susana- Ella me acompaña a diario, como el Vasco, y entran como mariposas a casa, que dicen son las almas de los seres queridos. O se me caen cosas inexplicablemente. Me pasó con unas fotos, y collares, en el pasillo del vestidor, unos días después que Susy partió. Y yo dije: “Mamá, basta de hacer líos”.

Georgina Barbarrosa

 

P: ¿Qué la pone orgullosa de sus hijos?

GB: (Piensa) Juan estaba trabajando en un bar hasta que la infinita cuarentena hizo que cerrara el local. Y me dijo: “Mamá, no te preocupés, hago delivery con la bicicleta”. Eso me da un orgullo tremendo porque saben el valor que le doy al trabajo. Nunca pidieron un peso. Ni para la tarjeta SUBE. Lo único que hice por ellos fue comprarles un departamento, y ya sentí que había cumplido con mi parte. Mi otro hijo es fotógrafo, Tomás,  y, ¿sabés?,  ninguno de los dos quiso trabajar en los medios ni ser famoso.

 

P: ¿Por?

GB: Eso justamente lo hablaba en el programa con Maria O´Donnell. Yo nunca llevé a los chicos a un shopping, a una hamburguesería ni al zoológico.  Agradezco a la fama, pero me hizo perder la privacidad de la calle. El que se ocupaba de todo eso era el papá, y a mí me daba mucha envidia, que él podía tomarse un colectivo, y alimentar elefantes con nuestros hijos. Nosotros vivíamos en Palermo Viejo y, como los mateos se guardaban cerca de mi casa, volvía el Vasco con ellos en mateo… fue un padre mágico siempre para los mellizos. En cambio, conmigo si íbamos al súper, los subía al carrito porque la gente se acercaba por una sonrisa, o un autógrafo. Eso hizo que prácticamente no tuviera con ellos vida fuera de casa (silencio largo).

 

Nosotros, los miedos y el amor

P: Son veinte años del asesinato de su marido, ¿cómo hizo para afrontar el día después?

GB: (silencio) Eso fue un cambio de paradigma en mi vida (silencio). Afronté los miedos de otra manera y no paré. No bajé los brazos hasta que los asesinos estuvieron presos, después los largaron por buena conducta, pero la justicia hizo su trabajo. Me apoyé mucho en las Madre del Dolor, porque pensé que, si ellas habían superado lo peor que te podía pasar, la muerte de un hijo, yo también podría seguir. Además, quería seguir por mis hijos y darles el ejemplo del trabajo, de la fortaleza, de no caerse. Fue un cambio no solamente para mí, sino para toda la familia del Vasco, la hija, la sobrina, la exmujer, la hermana Belcha –negrita en vasco-. A partir de ese momento, armamos una familia muy muy muy unida. Mantuvimos diferencias con mis hermanos luego, pero siempre teníamos en claro que la familia estaba ante todo. Y lo que me asombra es que nuestras diferencias nunca llegaron a los chicos acá, en Sevilla, Brasil o Córdoba, lugares que tengo familia desparramada.

 

P: ¿Y qué los une?

GB: El amor a la familia. Insisto siempre que la familia es la cédula madre de la sociedad, tal cual nos enseñaron en la escuela. Por más que ahora los matrimonios no duren, y afortunadamente se acaben aquellos inaguantables, siempre estaré a favor de la familia. La familia es la que te contiene, y es donde te aferrás en los momentos difíciles.

 

P: ¿Miguel fue el gran amor de su vida?

GB: Vasco será siempre el gran amor de mi vida. He tenido otras parejas, pero saben que el número uno es mi marido, en presente. Y tampoco es que tuvimos una vida en rosa. Éramos muy distintos en varios aspectos y, al final, vivimos en casas separadas para no discutir. Los chicos preguntaban si éramos novios o estábamos casados. Ja. Recuerdo que fue un tema hasta en la mesa de Mirtha Legrand en los noventa, que no podía creer que eso existiera salvo en Woody Allen y Mía Farrow. Pero me quedan la infinidad de momentos lindos juntos. Por otro lado,  ahora pienso que las discusiones eran por pavadas. Uno se da cuenta que, cuando es joven, se enrolla por cada estupidez (pausa). Eso sí lo cambiaría (se quiebra).

 

Córdoba, mi lugar en el mundo

P: Ahora que usted vive sola con su perro López, ¿no le tienta vivir en su casa de Villa Giardino?

GB: En principio,  ahora vivo con mi sobrina, Lucía, que estudia teatro en Buenos Aires. Y, además, lo probé algunos meses hace tiempo, pero extraño mucho a mis hijos. Me muero. De hecho, en estos momentos tengo parte del terreno en venta. Voy a conservar solamente la cabaña principal, que hicimos con el Vasco. Igualmente cuando termine MasterChef seguro iré unas semanas a la Villa, que es mi lugar en el mundo. Imaginate que planté más de 120 frutales, saqué toneladas de piedras, hice la huerta orgánica, y trabajé un montón en la tierra, un hobby que me encanta. Sin mamá posiblemente pase más días, pero el tema es que extraño horrores a mis hijos. Son la luz de mi vida, mi motorcito. Incluso cuando hago temporadas en la Costa, Córdoba o Mendoza,  lo primero que organizo es la visita de Juan y Tomás. Ahora corto con vos y me pongo a organizar la comida de este finde con los chicos.

 

P: Si yo le digo que es una de las capocómicas nacionales, ¿se reconoce?

GB: Me parece demasiado. Yo soy una humorista, en verdad, una actriz del drama y la comedia, y siento que capocómico es una palabra enorme en el país de Tato Bores y Niní Marshall. Niní fue nuestro Charles Chaplin. Y eso que tuvo que luchar bastante contra el prejuicio machista de la Argentina. Tengo varios premios por suerte, pero el que más quiero me lo dio la inmortal Catita. Ella venía a todos mis estrenos y, luego, daba todos los cortes para mejorar mi actuación. En una de esas visitas, Niní me regaló un pañuelo con un beso de sus labios, y una tarjetita que dice: “Ojalá te sirva para enjuagar las lágrimas” (Se emociona). Del último espectáculo que asistió ya muy viejita, un unipersonal en el Teatro Maipo que se llamaba “Georgina esta re-vista”,  tengo una foto muy linda donde aparezco apoyada en su regazo y ella me acaricia. Este es el mejor premio que me dio la carrera. Y, en tanto la vida,  son mis hijos.

 

P: De los miles de personajes que interpretó en los cuarenta años en el espectáculo argentino, desde “Historia de un trepador” y “20 años no es nada” hasta “Los Grimaldi” y “Un estreno, un velorio”, ¿alguno preferido?  

GB: No pierdo las esperanzas de volver a montar “Doña Disparate y Bambuco” de María Elena Walsh.  Para cuando se puedan abrir todas las salas, ya tengo el elenco listo, y la producción afilada con Rubén Cuello. Es una obra que voy hacer hasta el día que muera. Doña Disparate me ha marcado y me siento muy identificada con su locura hermosa. Ella permite soñar, seguir jugando. Ningún actor envejece porque siempre está jugando, ¿viste? Doña Disparate soy yo.

 

Fecha de Publicación: 02/05/2021

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