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Florencio Parravicini. El hombre que rió primero

Gardel y Parravicini fueron los máximos artistas populares del Buenos Aires que dejaba la aldea. Parra, más, que empujaba a que los argentinos vayan en masa a verlo al teatro y reírse de todo y todos. Flop.

Espectáculos
Florencio Parravicini

Las vidas de Florencio Parravicini pueden ser tantas como los estrambóticos personajes que hacían desternillar de risa a la platea durante casi cuatro décadas. Capocómico tiempo completo, cultor magistral de tantos caminos fundacionales de las tablas, desde el morcilleo al monólogo político, el grotesco y la revista, tuvo tiempo de conseguir la habilitación número dos de piloto en 1910 y, antes, conquistar a Europa de experto patinador sobre hielo. Mientras afirmaba que había aprendido en el Río de la Plata, congelado. Flop. Su eterna sonrisa flota traviesa sobre Buenos Aires, la chicanea, la saca del bajón y la mala onda, y le regala alegría como su amigo Carlos Gardel. Un arte de la risa, alta comedia argentina, hecha de barro y sueños de lo que pudimos ser, que descubrió Florencio en un barco de piratas australiano, sí piratas, en las noches patagónicas estrelladas del novecientos. Parravicini sintetiza, al igual que Gardel, la eclosión de un país contemporáneo, savia de inmigrantes, criollos e indios, cabecitas negras, que el tiro del final de 1941 no le permitió vivir, reconocerse. Y aunque hoy nadie recuerde a Parra, cada chiste improvisado, cada pequeño homenaje a Alberto Olmedo y Pepe Arias de los comediantes actuales, es un aplauso para Florencio, fruta picada del humor sano y del otro.       

La rápida mirada a la impresionante popularidad del actor, guionista, dramaturgo y director obliga a preguntar cómo fue posible que se haya mantenido en el cima atravesando las veloces cambios de la Argentina conservadora y oligárquica, el ascenso de la clase media con la presidencia de Yrigoyen, la moderación de Alvear, el estallido del golpe de 1930 –al cual apoyó, Parravicini oblicuo admirador de los fascismos de moda- y la Década Infame. Y fue exitoso en los medios que probó y destrabó, varieté, music hall, teatro, radio y cine, silente y sonoro. Varias son las explicaciones razonables, la cuna de oro donde nació el 24 de agosto de 1876, “parece lo que apresuró –el parto en medio de un duelo de esgrima; él posteriormente gran campeón- fue la caída sonora de una moneda…¿Cómo no iba a ser yo un hombre de armas llevar, naciendo entre sables, floretes, pistolas, trabucos y lanzas? ¿Cómo pues, el dinero no habría ser mi perdición, si por su culpa apresuré mi aparición en el mundo?”, y las posteriores patinadas de fortunas encadenadas. Y que lo hicieron descender los peldaños sociales de un hondazo y conocer a piratas, malandras, cafishos y empresario de teatro de pobres.  

También una sintonía fina con los cambios sociales, tal como aparece en el film mudo “Hasta después de muerta”, argumento y dirección artística de Parravicini, “el primer film nacional de artística manufactura, gran realización y riqueza de presentación” según el historiador Pablo Ducrós Hicken, que ajusta una certera mirada a una clase que llegaría al poder ese mismo año con el presidente Yrigoyen, la clase media,  y la primera generación de criollos, que viven en pensiones y sueñan ser doctores. Algo que sin duda fue esencial para que en 1926 el electorado lo elija concejal por Buenos Aires por el inefable partido Gente de Teatro, con un paso opaco, sólo se destaca su organización de eventos y diplomas –por otra parte, inaugurando una tradición de farandulización de la política que no se agotaría en cien años.

“El hecho de que aparezca como un fauno que sabe que ha perdido la partida de antemano, pero que, así y todo, vale la pena jugarla. Y la juega. Es el cínico y descreído por naturaleza. Y, no cabe duda, esta imagen que nos ha dejado el cine contribuye a la leyenda que se creó en torno a su persona. Leyenda que… él mismo se encargó de alimentar”, acota Abel Podestá en Elescarmiento.com.ar, en una descripción del hombre que vivió en y del mito, afirmando que descendía de Napoleón y Casanova. O que jugaba de niño con los presos de la Penitenciaría Nacional, su padre Reynaldo director del penal emplazado en la actual plaza Las Heras, entre ellos, nuestro primero asesino serial, el infanticida Cayetano Grossi, a quien después de fusilado, acotaba al actor, “le pegué unos tajos”. Tal conducta alarmó a la distinguida familia Parravicini, además sufriendo el escarnio público de un hijo no querido en ninguna institución recoleta, y decide enviarlo a Puerto Deseado pensando que aplacaría su duende; además para esconder a un revolucionario radical de 1893. No solamente en Santa Cruz se hizo un temible tirador, cazador ilegal y contrabandista sino que desposó a una tehuelche, Piuqué (Corazón), con la que tuvo un hijo. Atacado el puerto por piratas australianos, Parravicini se unió a la dotación agresora, un buen tirador siempre es necesario, y entretenía con sus cuentos inverosímiles y graciosos. Todo muy lindo hasta que el buque Villarino de un cañonazo hundió a los piratas, y solamente la amistad de la familia con el redactor del Código Penal,  lograron salvarlo de un duro castigo. Parravicini los compensó estafando a la madre y despilfarró una pequeña fortuna en casinos y cabaret parisinos. Volvió con la idea fija de retornar al lujo de la Belle Époque europea, y luego de alternar entre agente de lotería y seminarista, otra vez recurrió a la caja paterna, esta vez un total de 5 millones de francos entre campos, propiedades, joyas y efectivo “No abundan los derrochadores de alma”, sentenciaba Parra, como tampoco quienes hayan evaporado semejante fortuna en un par de años.

“No abundan los derrochadores de alma”

Antes de viajar había probado de actor de varieté y cantor de tangos, descubriendo un vínculo mágico con los espectadores que nunca perdería. Obtuvo un primer éxito con “Flop, el campeón argentino”, que incluía desnudar a su partenaire a los tiros, y otra vez volvió a París, actuó en el Olympia, y otra vez quemó el dinero. “Ya cada circunstancia intervenía el destino para indicarme que ese no era mi rumbo, para hacerme ir de una locura a la otra hasta anclar en este oficio de actor, que es el que le dio un verdadero sentido a mi existencia”, comentaba Parravicini, a quien al fin llega la oportunidad con la comedia “Los ambulantes”, representada para un marginal público del Concierto Varieté del Bajo en 1904. A los seis meses lo contratan para inaugurar el Teatro Roma de Avellaneda y despega como la gran estrella del show business criollo solo detenida por el fallecimiento debido a un cáncer de pulmón. Un tiempo después estaba el fundador del teatro nacional Pepe Podestá en la sala, desesperado porque no encontraba reemplazo de su genial hermano Pablo, y viendo que solamente apareciendo Parra la gente ya se reía, de inmediato  lo contrata con el honorario mayor al suyo “El Panete” de Ulises Favaro debuta el 6 de octubre de 1906 en el Teatro Apolo y fue un éxito colosal, tanto que un despechado hermano Pablo pagaba a parte del público para que silbe a Florencio. Y, pese a eso, Flop triunfaba noche a noche. “El cabo Scamione”, “Cristóbal Colón en la Facultad de Medicina” –pieza que hicieron luego José Marrone y Juan Carlos Calabró- y “Melgarejo” fueron otros grandes sucesos de su propia compañía establecida en 1908, que reunió entre otros a Enrique Muiño, Guillermo Battaglia, Elías Alippi y Mecha Ortiz, y que alternaban con la picaresca, “Nena, tócame el trigémino” (1930), plena fiebre asuerista “Parravicini fue uno de los que mataron el teatro nacional”, en “Calle Corrientes” de Edmundo Guiborg, o “actor que pasó su vida artística desde 1909 despreciando a autores, burlándose de gentes, cosechando los aplausos de los simples y los lustrabotas”, gentileza de Mariano Bosch,  a “hasta la vulgaridad más cruel, al salir de su boca, se transforma en un chispazo original…si alguno se le parece es tal vez el hombre que no existió jamás”, alabanza de Juan José de Soiza Reilly; la crítica nacional ensalzó y lapidó por igual al polémico bufo mientras en Europa, durante la gira de “Fruta Picada” de 1913, escrita por su coequiper Enrique García Velloso, se decía, “no se había escuchado acá a un actor tan de cuerpo entero…es un artista magno…no tenemos en España un actor cómico que lo pueda igualar y menos, superar”, en el rescate de Matías Bauso.

Que nunca nos falte la sonrisa de Parra

Noches y noches de juerga y amigos en el yacht Panete y cabaret picantes porteños más algún duelo trasnochado ante un marido engañado, todo soportado por la fiel Sara Piñeyro, casados desde 1918, y que vivían en un lujoso petit hotel de Rodríguez Peña y Vicente López; un ámbito en el cual las locuras nocturnas de Parra no ingresaban, la esposa también marginada de los tertulias en calle Corrientes y los incontables funciones de trasnoche. Nada que no se pueda adivinar viendo al calavera Gervasio de “Los muchachos de antes no usaban gomina” (1936) de Manuel Romero o el desbordado guía turístico –profesión que había ejercido realmente en uno de sus pozos de pobreza- en “Tres anclados en París” (1938), del mismo Romero, y que tiene un antológico juego de póker entre Parravicini, Enrique Serrano y Tito Lusiardo. Títulos que le dieron una fama latinoamericana de capocómico sin fronteras, rematado con el éxito en salas desde México a Chile de “Carnaval de antaño” (1940), la última película de Parra, con Sofía Bozán.

Florencio Parravicini

Desde mediados de los treinta pelea con el avance de la enfermedad y comienza a marginarse del ruido de su querida ciudad en Ascochinga, Córdoba “No aguanté más, perdóname Sarita” se encontró en el bolsillo de Florencio Parravicini, que se suicidó el 25 de marzo de 1941, y motivó un luto triste en cada rincón del país. Definido más tarde como un “anti-Lisandro de la Torre” por el crítico David Viñas, un hombre que va de la aristocracia a lo plebeyo Flop, fue interpretado en teatro por Pepe Soriano en 1976 y, en cine, por Víctor Laplace en 1990. El actor del film de Eduardo Mignona reflexionaba en la revista La Maga, “Parravicini no fue un nene caprichoso: el permanente desafío a la clase alta de la que formó parte reventado tres o cuatro fortunas en vida con sus amigos, su constancia para la inconstancia, rateándose de las funciones, escapando con su poder de improvisación al argumento y viviendo en el borde –lo que hoy sería under- le permitieron una gran aceptación social”. Florencio Parravicini, el Rey de la Comedia.

 

AgradecimientoGrandes de la Escena Nacional

Fuentes: Tiempo, C.  Florencio Parravicini, Colección La Historia Popular.  Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1971; Bauso, M.” El bufo aventurero” en revista Todo es Historia. Nro. 407. Junio 2001. Buenos Aires;  García Velloso, E. Memorias de un hombre de teatro. Buenos Aires: Eudeba. 1967.

ImágenesGrandes de la Escena Nacional / Efemérides históricas

Fecha de Publicación: 18/01/2022

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