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Enrique Muiño. La mueca trágica del actor nacional

El artista y productor protagonizó la fundación del espectáculo criollo en teatro, radio y cine. Perseguido por adherir el peronismo aunque su única culpa fue inventar al actor argentino.

Espectáculos
Enrique Muiño

Estamos en 1925. Enrique Muiño presenta con enorme suceso “Rigoberto”, dirección de su socio de la Compañía y amigo, Elías Alippi. Junto a Florencio Parravicini y  Guillermo Battaglia era de los monstruos sagrados de la escena nacional, que estaba pariendo el actor argentino. El compañero Sebastián Chiola, a quien le gustaba desafiar al artista de mil giras a sala llena por Argentina y España, lo aplazó, “el actor necesita el texto”. “Cómo dice?!!! El actor hace llorar o reír cuando quiere” salta un siempre dispuesto a la pelea Muiño. Se decía que salía de transnoche por extramuros, facón escondido en la espalda. Envenenado. Combinan que Muiño demostraría la tesis en una escena banal de la función siguiente, recibiendo un nimio telegrama. Quebró la voz papel en mano, hizo la mueca trágica tan nuestra que imitarán –mal- tantos actores de generaciones por nacer, y se escuchó el sonido de las carteras de las damas, buscando los pañuelos. Hombres que tosían conmovidos. Por la bajo, Muiño le dijo a Chiola “¡Ha visto, mierda!” El gesto dramático magistral del actor que supo, como pocos, conectar con el sentimiento de un pueblo.      

Enrique Muiño 1881-1956

Este primer actor que condensó las influencias primitivas de los picaderos con las corrientes inmigratorias y las nuevas formas de la actuación, y dio argamasa a una interpretación que nos distingue en el mundo, había nacido en Laracha,  al norte de Santiago de Compostela, España, el 5 de julio de 1881. Siendo un niño emigra a Buenos Aires portando un apellido que anticipa la misión del artista, que insufló el arte de las tablas a Francisco Petrone y Luis Sandrini: Muíño significa molino, en gallego. Tuvo una infancia problemática en el barrio de siempre San Cristóbal, un hogar de muchas bocas que alimentar, y en una de sus escapadas trabaja en un circo de Rosario. En 1894 queda deslumbrado con las actuaciones de María Guerrero en el Teatro Onrubia y decide que sería su destino, pese a la oposición paterna que requería una mano más en la carpintería familiar –Muiño no dejaría de ser un apasionado de las manualidades toda su vida y, de grande, aprendería pintura con Fernando Fader, llegando a exponer en Witcomb.  Deberá esperar los largos años que insumen la Armada impuesta por el padre, en la cual como grumete del Acorazado Patagonia recorre los siete mares. Muchas de las anécdotas y caracteres, reales o ficcionales, Muiño las moldea en estas travesías, que se amenizan gracias a la compañía teatral de marinos que funda en altamar. Para algunos críticos esta experiencia daría al actor un modelo de autoridad, que explotaría en los papeles venideros, que él dosificaba con la gracia picaresca, más un pizca de ternura, del compadrito.

Enrique Muiño -Elsa Daniel -El abuelo

El 3 de enero de 1902 finalmente debuta en la compañía de Jerónimo Podestá con “Raquel” en el Teatro Rivadavia –hoy Liceo- Es una fecha histórica ya que además aparecen en papeles debutantes Alippi y Blanca Podestá. Los roles de orillero serían los primeros que reconocería la audiencia y la crítica, como en “Locos de verano” (1905). Es fundamental  el director artístico de Podestá, Ezequiel Soria, un maestro de Muiño, que lo estimula a retomar los estudios escolares, perfeccionarse en música y lo presenta en los cafés de avenida Corrientes con lo mejor de la Generación del Centenario, Joaquín V. González, José Ingenieros o Ricardo Rojas,  algo que acrecentaría sus indagaciones sobre la cultura nacional. A partir de 1908 integra la compañía de Parravicini, sumando nuevos caracteres más del sainete, y perfeccionando las condiciones de monologuista certero y gran recitador.  

Enrique Muiño Donde mueren las palabras

Muiño-Alippi o el nacimiento del actor argentino

En 1916 se produjo la unión con Alippi, conformando la compañía más exitosa del momento, sólo comparable a la de Vittone-Pomar “Yankees y criollos” de Soria, “La víboras” de Rodolfo González Pacheco –autor anarquista- y “El último gaucho” de Alberto Vacarezza resultaron de taquilla reventada semanas y semanas en el Teatro Nacional, aún en pie en la avenida Corrientes. También incursionaron en la sátira política, fustigando al gobierno de Hipólito Yrigoyen –existieron atentados en la sala para impedir las representaciones-, y llevaron al teatro el cabaret –así las familias se daban un chapuzón en la bohemia-. Varias funciones eran cerradas, el famoso “final de fiesta”, por el aún ignoto dúo Carlos Gardel-José Razzano. Mención aparte merece la puesta de Muiño-Alippi de “Los dientes del perro” (1917) porque en el primer cuadro Manolita Poli arremete con “Mi noche triste” de Pascual Contursi, quien luego perseguiría en Montevideo al Zorzal Criollo para que haga su versión. Bing Bang del Tango-Canción.  Diez años después se separarían los socios teatrales en buenos términos, ya que volverían a la sociedad en 1932, debido a que Alippi prefería piezas revisteriles mientras que Muiño proponía un teatro de autores nacionales, apostando Enrique por un debutante Samuel Eichelbaum en 1919, “En la quietud del pueblo” Además estrena Muiño piezas firmadas por mujeres, un hecho insólito en la época, salvo las dramaturgias firmadas por Alfonsina Storni, y en 1924 lleva a escena “Algún día será verano” de Dinah E. Torrá.

Enrique Muiño y Diana Maggi La calle grita

El naciente cine nacional silente convoca a Muiño y trabaja en “Juan Moreira” (1909) de Mario Gallo, rol ideal para un actor que estudiaba cabalmente la idiosincrasia del gaucho, y “Los habitante de la leonera” (1917), de la pionera productora de Camila Quiroga, La Platense. Retornaría a la pantalla grande con Mario Soffici en 1937, “Cadetes de San Martín”. A la par que asienta una carrera radial, en 1928 debuta recitando fragmentos de teatro clásico en Radio Nacional, la fama sigue en aumento, siendo de los actores mejor pago de los treinta y cuarenta –según la revista Radiolandia en 1941 sólo superado por Pepe Arias, Sandrini y Niní Marshall. Mucho se lo debe a encontrar una nuevo registro en la innumerables comedias blancas de la segunda etapa de sociedad con Alippi (1932-1937) “La casa grande” de Rafael J. de Rosa y “Los tres berretines” y “Así es la vida” de Arnaldo Malfatti y Nicolás de la Llanderas, imitados hasta el hartazgo, basta visionar las producciones de Pol-ka o Underground contemporáneas, imponen al Muiño padre de familia, buena onda pero severo. Estos recursos actorales se volcaron en el salto a la pantalla grande, en la sucesión de film que despuntan con los éxitos de “Así es la vida” (1939) de Francisco Mugica y “El viejo doctor” (1939) de Soffici.        

Enrique Muiño Caballito criollo

“Necesitamos actores y autores que se encariñen con las cosas de nuestra tierra”

“Yo he tenido el orgullo de interpretar todos estos personajes... Los he estudiado con verdadera atención y cariño. Todos son de psicología distinta, pero todos son nuestros, inconfundiblemente nuestros, sin mezcla ni sugestiones extrañas. (...) Yo he preferido esta clase de hombre, pero desgraciadamente los actores de ahora, los que nos sucederán mañana, salvo raras excepciones, desprecian las cosas y la gente gaucha. Es que no la sienten, o no la comprenden, o tal vez porque esta ola de cosmopolitismo que nos invade o el afán de snobismo, les hace olvidar que nuestro teatro, para ser verdaderamente nuestro y vigoroso, además, necesita actores y autores que se encariñen con las cosas de nuestra tierra. Cuando esto suceda, habremos realizado un ideal artístico”, sentenciaba Muiño en 1936, en una cita de Yanina Leonardi. Pronto tendría oportunidad de desplegar otros de los prototipos indelebles suyos en cine, el héroe de convicciones patrióticas, sea el Padre Brochero (“El cura gaucho”. 1940. Premio Cóndor de Honor), el Sacristán Lucero (“La guerra gaucha”. 1942, la mejor película argentina por décadas de acuerdo a los cinéfilos y el público) y Domingo Faustino Sarmiento (“Su mejor alumno”. 1944). Todas realizaciones salidas de una de las productoras cinematográficas que renovaron la industria local, Artistas Argentinos Asociados. Muiño la había fundado en 1941 junto a Petrone, Alippi, Ángel Magaña –su contrafigura en varios filmes-, Lucas Demare –el director que mejor trabajó el talento expresivo del actor en el cine- y Enrique Faustín (h). Quien quiera comprobar la potencia actoral de Muiño observen la escenas abnegadas de Lucero, resistiendo a los realistas,  o la visita a la tumba de Dominguito por el Sarmiento de Muiño. Difícil no palpar una profunda argentinidad.

Enrique Muiño-Dominguito

La llegada de Juan Perón al poder en 1946 conllevó más dolores que alegrías al actor. Firme adherente del peronismo, aunque no con el involucramiento de Fanny Navarro o Hugo del Carril, Muiño sufrió los embates del medio, en sus cargos gremiales, o en las puestas como en “El conventillo de la Paloma”, el clásico saintero de Vaccarezza que llevó al Teatro Colón en 1953. Completó los 27 filmes con “Adiós problemas” (1955) y “Surcos en el mar” (1956) de Kurt Land ante las críticas lapidarias de la prensa  opositora que lo condenaba, “pasado de moda” El problema era otro. A partir del golpe de septiembre de 1955 es hostigado por el régimen militar, que no perdonaba sus intervenciones en el documental “La payada del tiempo nuevo” (1950) o las recurrentes apariciones en actos del peronismo. Eran tiempos en los cuales suscribía la solicitada del Teatro Nacional de Comedia, con sede en el Teatro Cervantes, “Una actitud digna sería la de renunciar en masa. Permanecer es colaborar con el régimen”. Muiño, gloria del teatro argentino,  con 74 años, es echado a patadas mientras realizaba una emisión del masivo radioteatro “Así es la vida”, uno de sus mayores éxitos en teatro, radio y cine. Petrone, el ex socio, es sindicado de promotor intelectual del acto alevoso en Radio Belgrano. Muiño no resiste la humillación, además acuciado por la falta de trabajo, y fallece silenciado el 24 de mayo de 1956. Pocos se animaron a concurrir al velorio en la Casa del Teatro y la Asociación Argentina de Actores no emitió comunicado. La mueca triste postrera del gran actor argentino que, con las sucesivas repeticiones televisivas en ciclos de cine nacional, que a veces se programan de relleno, derivó en encarnadura de los valores  populares de un país. Y de la resistencia.

 

 

AgradecimientoGrandes de la Escena Nacional

Fuentes:  Lusnich, A. L. Enrique Muiño: Los modos de producción de un actor integral en “De Totó a Sandrini. Del cómico italiano al “actor nacional” argentino”. Buenos Aires: Galerna. 2001; Leonardi, Y. Enrique Muiño y la concreción de la identidad nacional en Teatro XXI.  Revista de GETEA Año XIV  Nº 27. Buenos Aires, 2009; Schoo, E. Muiño-Alippi, la extraña pareja en Lanacion.com.ar   

ImágenesGrandes de la Escena Nacional / Ministerio de Cultura

Fecha de Publicación: 25/03/2022

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