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El adiós a “Alelí”, la silenciosa manicura que provocaba sonrisas sin pronunciar palabras

La reconocida actriz Carmen Morales, una afiatada intérprete que trabajó con todos los grandes del humor argentino, falleció poco después de algunas complicaciones físicas, sumadas a su perceptible cuadro de Alzheimer.

Estuvo en lugar, momento y situación apropiada. Las coordenadas del destino la ubicaron en situaciones que revisitadas tres décadas más tarde asombran por la coincidencia de esa gama de proyectos artísticos en los que se vio involucrada. Cualquier intérprete que vivió esas épocas, naturalmente sonó con participar en aquellos emprendimientos artísticos que las actrices anhelaban encarar y que ella por esas curiosas circunstancias del destino pudo llevar de manera apropiada y con muchísimo éxito. Nunca se creyó los halagos y tampoco hizo ostentación de la fenomenología popular que rodeó la mayoría de los trabajos en los que se encontró involucrada. Se llamaba Carmen Morales, tuvo dos matrimonios con muy distintos desenlaces y el viernes 13 de agosto murió a los 81 años. Artista de la recordada camada de grandes estrellas del viejo milenio, desarrolló un papel inolvidable, la graciosa y jovial manicura “Alelí”, en el sketch “La peluquería de Don Mateo”.

 

Nacida en un humilde hogar el barrio de Avellaneda, comenzó como modelo muy joven y en uno de aquellos castings que se hacían buscando nuevas figuras para la televisión, tuvo la suerte de quedar elegida para acompañar nada más y nada menos que a Pepe Biondi, un brillante humorista que desarrolló en los ‘60s una gama de extraordinarios personajes que quedaron grabados a fuego en le memoria de millones de argentinos. Demostrando que su talentosa carrera se caracterizó por saber hallar con eficacia, aquellas piezas apropiadas en la configuración de esos rompecabezas que ensamblaban sus ideas artísticas, el director, actor y empresario Gerardo Sofovich la convocó para sus ciclos de televisión, época en la que llevaba un incipiente romance con el camarógrafo Juan Carlos García Acha, con quien finalmente se casó el diciembre de 1963, justo en la víspera de Navidad. Ciertas cosas que parecen destinadas a ocurrir inesperadamente, truncaron la felicidad que vivía en esos años.

 

Estando de luna de miel en Brasil, después de haber pasado por la ceremonia civil, sufrió un grave accidente automovilístico en ese país junto a su marido. En aquel incidente con un vehículo particular, su esposo falleció instantáneamente mientras que ella quedó con un cuadro físico muy complicado por la violencia del choque, salvándose milagrosamente de un incidente vial que pudo haberle costado la vida. En aquel momento su recuperación en Argentina le demandó un prolongado período de tiempo y quien la acompañó para llevar adelante su regreso social y profesional fue Gerardo Sofovich, épocas de convalecencia en las que de la noche a la mañana inició un poderoso romance con el talentoso realizador de cine, teatro y televisión, relación que se prologó por más de tres décadas. La vida tenía guardada una recompensa emocional para la bella joven bonaerense que buscaba mostrar su capacidad artística, amén de hallar un desquite emocional tras una brutal tragedia vial.

 

 

En 1968 dio a luz a Gustavo, el hijo que tuvieron con Sofovich, épocas en las que lenta y progresivamente se fue haciendo un destacado lugar en las artes. Algunos memoriosos la recuerdan en el ciclo “Domingos de mi ciudad”, pero su primer lugar destacado fue allí en “Operación Jajá”, donde su pareja supo hallarle papeles para su lucimiento. Paralelo a esa participación, la intérprete estuvo en “Sábados de la Bondad” y los históricos “Domingos de Teatro Cómico”, hasta que en 1969 estuvo convocada para un gran programa que tenía destino de clásico como “El Botón”, acompañando a un monstruo actoral y humorístico de los despampanantes quilates de Alberto Olmedo. En los ‘60s, tiempos donde creció con sus participaciones televisivas, el cine la había encontrado en distintos largometrajes donde su rol variaba considerablemente, algo que pudo comprobarse en “Dr. Cándido Pérez, Sras.”, “Villa Cariño está que arde” y “Los caballeros de la cama redonda”.

 

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Su participación más destacada en los ‘70s fue con otro grande del humor, el inolvidable Juan Carlos Altavista, allá por mediados de esa década, cuando integró el elenco de aquel ciclo nocturno llamado “La pensión de Minguito”, programa de humor donde se lucían un sinnúmero de figuras estelares como Javier Portales, Adolfo García Grau, Alberto Irizar y Luis Tasca, entre otros. A partir de ahí, Gerardo Sofovich advirtió que su pareja era en la estructura de sus ciclos una parte tan vital como en la vida privada. En 1980 participó del ciclo “Porcel para todos”, acompañando al famoso capocómico, pero recién dos años más tarde su papel más recordado cobraría vida de una manera muy significativa. El destino le tenía previsto un personaje que con el paso de las semanas se convirtió en una fenomenal herramienta para provocar risas, curiosamente sin emitir palabra alguna. En su camino se estaba por cruzar con “Alelí”, el protagónico que la tuvo en la constante consideración.

 

En el año 1982, cuando Argentina se recomponía de la tristeza y el dolor tras la derrota militar sufrida de manera contundente en el Atlántico Sur frente a los ingleses, surgió una propuesta televisiva que estaba destinada a convertirse en un clásico de la televisión, ya por esas épocas en fulgurante color. Era la recordada “Peluquería de Don Mateo”, ciclo que encontraba al comediante Jorge Porcel como el añejo barbero de ese local, mientras que ubicada a un costado, Carmen daba vida a una bonita manicura que atendìa los dedos de los clientes, personaje que ex profesamente no emitía palabras, sino apenas risitas casi onomatopéyicas y otros sonidos guturales muy pequeños. Nacía “Alelí”, un gran papel en donde descolló por décadas con una consolidada interpretación en cada programa. Todos se fijaban en su belleza, pero lo cautivante eran esos gestos y sonidos que emitía para dar tono editorial a ciertas situaciones del programa, gag muy efectivo y recordado por esos primigenios “JiJiJi” antes que una canción de los “Redondos” utilizara dicha expresión.

 

 

Por aquellos tiempos, su carrera artística estaba acompañando a figuras de la actuación de los pergaminos de Fidel Pintos, Tristán, Alberto Olmedo, Jorge Porcel, Luisa Albinoni, María Rosa Fugazot, Susana Traverso y especialmente Rolo Puente, con quien trabajaba en "La Peluquería de Don Mateo”. En el cine ya no participaba tanto y sus dos apariciones de cierre en ese mettier fueron “Camarero nocturno en Mar del Plata” (1986) y “Me sobra un marido” (1987), películas en un tono muy especial para los tiempos que corrían, saturados de una mirada pícara y erótica de aquella época. Ya habían pasado casi tres años de aquel violento robo en su casa, situación en la que nuevamente estuvo a punto de perder su vida por la actitud de los malvivientes. Afectada bastante por aquello, la actriz en su momento le comunicó la decisión a su pareja, que lo entendió perfectamente.

Ya en los ‘90s su vida cambió radicalmente. Alejada de la televisión, sin presencias en el cine y buscando su lugar en la vida, la prolongada relación con su pareja Gerardo Sofovich lentamente fue desgastándose hasta separarse en los primeros meses de 1995. Sin trabajar como actriz, había iniciado en su momento un proyecto profesional en Miami, lugar en el que había abierto una humilde tienda que vendía anteojos y lentes, trabajo que significaba distracción y mantenerse ocupada, simplemente eso. Luego de los cambios económicos a cada lado de América, la intérprete regresó a Buenos Aires necesitada de retomar contacto con sus afectos familiares y personales, no conociéndosele pareja luego de su fulgurante y promocionada relación con el empresario, actor y director Gerardo Sofovich. Vivía de sus rentas y mantenía un perfil bajo, que rompía ocasionalmente en algún verano marplatense para saludar a figuras que desarrollaban trabajo en la costa con importante repercusión.

 

Ya en los últimos años de su existencia, una gama de problemas físicos comenzaron muy lentamente a herir su salud, sobresaliendo entre ellos encontrarse afectada del mentado “mal de Alzheimer”, dolencia que le fue infiriendo un deterioro neurodegenerativo fuerte y sin posibilidad de reversión. Su madre había sufrido esa enfermedad por décadas hasta su fallecimiento y ella comprendió que el destino le tenía aguardada una conclusión con similares características. A los 81 años y con una carrera profesional muy prestigiosa que tuvo varios hitos, sin dudas gran parte de la gente recordó ante su partida física, aquella histórica manicura que escuchando lo que se hablaba en esa peluquería, respondía a esas aisladas consultas del cliente o el barbero con una singular risita, tic que la sociedad puso en foco en muchas situaciones de la realidad evocando ese gran personaje muy grabado a fuego en el recuerdo popular.

 

Imágenes: Archivo Asoc. Argentina de Actores

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