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Armando Discépolo. En el teatro es cómo se ve un país

El creador del grotesco criollo, un estilo dramatúrgico original que no se agota, ni si agotará, porque posee un carácter esencial argentino. Así, el teatro nacido del picadero continúa la huella de la “hermosa patada celestial” del Mateo de Discépolo

Espectáculos
Armando Discépolo

“Con todos los altibajos inevitables, con avances y retrocesos, la dramaturgia argentina crecerá sobre el legado de Discépolo. No habrá que siquiera proponérselo de manera deliberada. Para eso, hemos recibido de él una hermosa patada celestial” reconocía la dramaturga Griselda Gambaro de un autor, actor y director que pasan los salas, pasan los artistas, y la cartelera nacional repone una y otra vez su núcleo duro de piezas que fundaron el grotesco criollo, Mateo, El organito, Stéfano, Cremona y El Relojero.  Cinco obras que llevaron al máximo un estilo, único en el mundo, que desmitificaba las promesas de la inmigración, las trampas de la ciudad, la modernización y la familia, los cantos de la liberación y, en particular, un mundo que cristalizaba injusticias. Lo que hacía Armando en las tablas, Enrique, el hermano lo amplificaba en “Cambalache” o “Yira, Yira”, denunciando una sociedad de pocos, una sociedad de “atropelladores”, y que no era más que “la mueca de lo que soñamos ser” A medida que se apagan las luces de una sala en cualquier rincón del país en el nuevo milenio, el trabajador y soñador Mateo de Discépolo vuelve a desaparecer en la jungla de la transformación del cemento y la indiferencia, al igual que antes en la campaña un primo no tan lejano, no tan extraño, el gaucho Martín Fierro. Porque en el teatro es cómo se ve un país, enseña Discépolo.

Armando Discépolo Grotesco Criollo

Este gran autor nacional fue autodidacta, ya que debió afrontar de muchacho la manutención familiar por la temprana muerte de su padre napolitano, un frustrado músico que inspiraría Stéfano (1928). Nacido el 18 de septiembre de 1887 a metros de la Corrientes angosta, en la calle Paraná, vivió la vida cercano a la “calle que no duerme”, interesándose tempranamente por el teatro, primero como actor, luego definitivamente como autor y director, y compartiendo la bohemia que lo tenía a Florencio Sánchez de adalid. Discépolo retomaría en sus primeras obras trazos de crítica social del autor de "M' hijo el doctor" y las primeras tentativas locales del grotesco, una corriente estética que en Italia esbozaba Pirandello, con Francisco Defilippis Novoa. Su ascendiente primigenio anarco-romántico, moldeado en largas tertulias con Facio Hebecquer, Quinquela Martín y José González Castillo, quedó patente en el primer ciclo de piezas, el debut con la Compañía de Pablo Podestá con “Entre el hierro” (1910) en el Teatro Buenos Aires, y en la evolución que lo llevará por el sainete, en colaboraciones con otros autores, Rafael De Rosa y Mario Folco, “ellos cebaban buenos mates y torcían mi cosa”, renegaba con el tiempo Discépolo de títulos como “El novio de mamá” (1914) o “El movimiento perpetuo” (1916); si bien la última ya anticipaba el quiebre en su obra hacia el naciente grotesco criollo. Y de todo el teatro nacional que con su “Mateo” (1923) alumbró la nueva escena, personajes desbordados casi surrealistas en lo patético, realismo punzante y contundente crítica social, y que influiría decididamente más a los realismos de los sesenta, o los nuevos teatros de los ochenta, que a la pasatistas puestas mayoritarias entre los veinte y los cincuenta.

Armando Discépolo. Entre el hierro

El juguete rabioso

Don Miguel de Mateo, Saverio y Felipe de “El Organito” (1925) –escrito en colaboración con Enrique, la única de una hermanad artística fenomenal y conflictiva; aunque recientemente algunos especialistas señalan polémicamente que otros clásicos de Armando pudieron salir de la pluma de Mordisquito-, “Stéfano” (1928), don Nicola y Cremona de “Cremona” (1932) y Daniel y Bautista de “El Relojero” (1934), estos personajes cargan las esperanzas hechas añicos de los millones de inmigrantes que vinieron por un sueño y sufrieron las realidades de un país que nada tenía de divertido, ni amigable, tras el espejismo sainetero del conventillo. Todas las máscaras se van cayendo, la aspereza del adoquín lastima, y todos saben el desenlace pero es imposible dejar de mirar el escenario vital que propone Discépolo. Fatal como un Tango.

Diferente y cercano a la vez de su amigo Roberto Arlt, Discépolo “dramatiza el aislamiento y la vulnerabilidad: el grito del individuo extraviado en una sociedad sin sentido”, analiza Osvaldo Pellettieri. Y de repente en 1934, luego de radiografiar impiadoso la ciudad de los locos y asesinos, “hay un solo modo de vivir en la decencia absoluta: en el hambre y el desnudo…si has comido bien…alguien se ha quedado con hambre por vos”, Discépolo confiesa que se ha quedado sin nada que decir. El descenso a lo abyecto de lo humano no ha sido gratuito.

Armando Discépolo-Pellettieri

“Linda familia: un hijo loco, un padre sonso y la hija rea”

Viviría casi cuarenta años Armando Discépolo dedicado a la docencia, la dirección y la gestión cultural, sumadas a esporádicas intervenciones en cine y televisión. Nunca más un texto propio. Roberto Payró, León Tolstoi, Somerset Maugham, Anton Chéjov, Bernard Shaw y William Shakespeare son los autores que prefiere adaptar en sus montajes, sintiéndose incomprendido y rechazado por el espectáculo nacional por décadas, “los críticos están fastidiado conmigo porque vivo, debí haberme muerto hace mucho”, opinaba a Roberto Tito Cossa en 1962. En la misma década que piezas como “Babilonia” y “El Organito” revalorizaban su hilo dorado en la gran escena criolla. Algo tarde. Tampoco encaja en la realidad política posterior de 1945, otro motivo de alejamiento con su hermano Enrique Santos Discépolo. Al frente de la Comedia Nacional en el Teatro Cervantes renunció Armando en 1947 por divergencias con el peronismo, y dirigió varias temporadas de la Comedia Nacional uruguaya entre 1948 y 1969.

Falleció el 8 de enero de 1971 y Luis Ordaz entrega una pintura del Discépolo crepuscular, “Un Don Quijote a cara limpia y con los ojitos brillantes, pero semicerrados por la intensidad de la luz, y una sonrisa franca e ingenua, aunque con ciertos esguinces de tristezas y amargura. Como si en la boca tuviese los fracasos y el mal sabor de la vida” Como aparece en el prólogo de “Cremona”, que se estrenó completa con rotundo suceso el 24 de mayo de 1971 en el Teatro San Martín, y a la cual Discépolo asistió algunos ensayos, los últimos de su vida; líneas que podrían anteceder el núcleo duro del autor, piedra basal del grotesco criollo, y del teatro argentino contemporáneo, “He escrito estas atosigantes páginas apesadumbrado, con agrio disgusto, pero no me podía callar. Tristísimo ¿Servirá para algo?” ¡Y tanto sirvieron y servirán de advertencias y movilizadoras, Don Armando!   

ARMANDO DISCEPOLO, MILAGROS DE LA VEGA y OSVALDO BONET

“El grotesco no es para mí una fórmula, una receta, sino un concepto, una opinión; no es un menjunje más o menos batido de comedia y drama, de risa y llanto; no es que yo tome un dolor y lo tilde chistes o una caricatura le haga verter lágrimas para lograr en una sola obra las muecas de la máscara y contentar así en una misma noche, a los que van a teatro a reír y a los que van a llorar. Bautizo “grotesco” a piezas mías porque sus personajes son grotescos para mí”, enfatizaba quien mejor sacaba la ficha a las hipocresías y yugos sociales de una Argentina. Y sería en boca de Carlos, el hijo mayor de Mateo, que Armando Discépolo definiría su balada desesperada, fundida a la del hermano Enrique, en melancolía y negrura, porque el grotesco era arriba, y debajo de las tablas, una “linda familia: un hijo loco, un padre sonso y la hija rea” Y dale que va.   

 

Dice Armando Discépolo

“El mal de nuestro teatro es la inautenticidad. Si tuviéramos fisonomía propia, definida, no tendríamos por qué temer la invasión del teatro extranjero…si logramos nuestro estilo, que vengan todas las corrientes de afuera; no nos moverán…Sin Patria no se hace teatro, qué digo, sin provincia, ya que somos una provincia de la lengua española….Hay obras que se representan ahora y que tienen más de cuarenta años; que recién ahora son descubiertas. Culpa de quién. Principalmente de los críticos…los actores actuales –tampoco- son auténticos. Son cultos, han leído mucho teatro teórico…hacen bien a Brecht, pero no saben componer a un tipo de nuestro medio. Pero ellos no tienen la culpa. No pueden ser auténticos porque el teatro no fue auténtico”, a Roberto Tito Cossa en la revista Teatro Popular (1962)

Dicen de Armando Discépolo

“Como sobrino, compañero inseparable y discípulo de Alejandro Berruti, un importante hombre de teatro e íntimo amigo de Armando, tuve la oportunidad de tratarlo bastante. Fue un hombre introvertido, de pocas palabras y algo sombrío como sus personajes. Era difícil pescarle una sonrisa pero fácil quedarse atrapado en sus reflexiones sobre la condición humana. Cada tanto se le escapaba un comentario amargo sobre Tania, su cuñada cantante de tangos y mujer de Enrique. Guardo de él una imagen de mi primera infancia. Habíamos ido a almorzar los tres –mi tío me llevaba a la calle Corrientes a los cuatro o cinco años- y yo le pregunté a Armando por qué era pelado: él me miró divertido y me contestó “el pelo lo perdí todo de golpe una tarde de mucho viento…” Cuando salimos a la calle había viento y yo de inmediato me agarré la cabeza con pánico, ante las carcajadas de ambos. Debe de haber sido la única vez que Armando Discépolo se rió con ganas”, Rómulo Berruti en Vientosur.unla.edu.ar

 

Fuentes: Ordaz, L. Historia del Teatro en el Río de la Plata. Buenos Aires: INT. 2010; Pellettieri, O. Cien años de teatro argentino. Del Moreira a Teatro Abierto. Buenos Aires: Galerna/IITCTL. 1991; Zayas de Lima, P. Diccionario de autores teatrales argentinos. Buenos Aires: Galerna/IITCTL. 1989

Imágenes: Mnisterio de Cultura / Grandes de la Escena Nacional

Fecha de Publicación: 18/09/2022

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