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Antígona en el baño. Sófocles siglo XXI

Verónica Llinás, Héctor Díaz y Esteban Lamothe protagonizan una historia que abreva en el gran drama griego, traslandándolo a la televisión y el espectáculo nacional.

Siempre se suele decir que la comedia es la sumatoria de “una tragedia más tiempo”. Para quienes sostienen esa tesitura, “Antígona en el baño”, el nuevo espectáculo de Facundo Zilberberg y Verónica Llinás propone refractar ahora aquél drama de Sófocles, pero trasladando ese recordado conflicto existencial a este difícil presente ligado al mundo del espectáculo, una atractiva idea donde el humor y cierto absurdo confluirán como aliados para conseguir una relectura con gracia y originalidad respecto de aquella tragedia griega que los estudiosos recuerdan constantemente. La actriz venía de presentarse con la comedia “Dos locas de remate” junto a Soledad Silveyra, uno de los grandes éxitos de la órbita teatral post-pandemia.

Ignacia (Verónica Llinás), es una reconocida estrella de otro tiempo que está a punto de salir a escena después de un largo exilio en la televisión. A la edad y la decadencia del cuerpo, se suman en este presente traumático otros miedos inconfesables. ¿Quiénes son sus aliados para superar semejante momento? El hijo de su representante de siempre (Esteban Lamothe), hace todo lo que puede para estar a la altura de las circunstancias y en esa búsqueda estará acompañdo por un insólito “coach ontológico” (Héctor Díaz), alguien que manifiesta ser un especialista en asistir a víctimas de tragedias. 

 

 

Tragedia, esa es la palabra clave. Zilberberg y Llinás ponen de manifiesto saber si será suficiente ese particular equipo de caballeros para hacer frente a la gran ira de los dioses, cuando las fuerzas inapelables del destino se manifiesten. Buscando que el humor y buena carga del absurdo cotidiano constituyan las llaves para bucear en una reformulación de los dramas existenciales, esos a los que la protagonista de esta entretenida historia teme de una forma muy elocuente a pocas horas de presentarse ante los espectadores. 

Una vuelta esperada, una noticia inesperada

El ámbito en donde ocurren todas las acciones de esta particular historia es el amplio baño de la gran estrella, ambientado curiosamente en un tono rosado más cercano a Barbie que al color de la flor, donde las incidencias irán creciendo velozmente en dramaticidad, pero sin perder la inquebrantable voluntad de generar en el espectador esa contigencia graciosa, aún aludiendo a problemas que los asistentes intuyen cuando miran el vínculo existente entre la intérprete y su joven asistente artístico. Con luces lindantes al sepia fusionadas en blancos traslucidos, ese clima opresivo irá ganando espacio dentro del relato argumental, delantando la desesperación de la protagonista al advertir que su vuelta a los escenarios puede desembocar en un fracaso por su conducta, o tan solo rechazada en esa vuelta por un público que considere demodé su planteo artístico.

La actriz recibe a su joven asistente, sin ocultar que es víctima de una irrefrenable crisis de nervios, momentos donde ella intentará frustar su vuelta a la actividad, sosteniendo que no están dadas las condiciones para la misma. El hijo de su representante busca sin caer en sutilezas a toda costa que la intérprete reconsidere esa decisión, pero recién cuando la estrella recibe a su “coach ontológico”, la tensión crecerá a niveles insoportables hasta que una poderosa novedad comocione a sus protagonistas, develando un vínculo que los involucrados desconocían hasta el momento de saberse esta noticia.