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Aníbal Troilo. Pa´ que bailen los muchachos

Julio es Aníbal Troilo. Nacimiento y debut de su orquesta, que revolucionaría el Tango. Cómo fue aquel arranque y apuntes del Bandoneón Mayor de Buenos Aires.

Espectáculos
Anibal Troilo

Primero de julio de 1937. Un crudo invierno en Buenos Aires, pocos transeúntes en las calles, y un cartel perdido en la calle Maipú, “Hoy debut: Aníbal Troilo y su orquesta”. Y otro, pegadito, que aclara, “Todo el mundo al Marabú, la boite de más alto rango, donde Pichuco y su orquesta harán bailar buenos tangos”, arengaba a moverse al compás de un joven de 23 años que se presentaba en sociedad, director y primer bandoneonista. Atrás quedaban años de perfeccionamiento con la orquesta de Vardaro-Pugliese y Julio de Caro. Atrás quedaría también una página del tango entero, que se renovaría en los años siguientes al son duende y sentimental de Troilo, mágico ejecutante, gran orquestador que seleccionó a los mejores en cada rubro, y acunó al 2x4 para las nuevas generaciones. Desde Ástor Piazzolla a Roberto Goyeneche, los mejores talentos pasaron por la influencia del Gordo, no solamente musical, sino por su inmenso amor a la cultura porteña. Ese amor es el que mantendrá vivo el mito troileano, sólo comparable con su gran ídolo, Carlos Gardel. Lo que hizo el Mudo Gardel con la voz, el Japonés Troilo lo hizo con el fuelle, darle sonido a la Buenos Eterna.

Volvamos a la puerta estrecha, no bien iluminada, de Maipú, entre Sarmiento y Corrientes, a pocos metros de la esquina del hombre que está solo y espera de Raúl Scalabrini Ortiz, pararrayo mitológico de la porteñidad. En la época dorada de los cabaret, pulsos que alumbrarían la nocturnidad molecular de la música de Troilo, no por nada uno de sus primeros tangos es “Claro de Luna”, el Marabú no estaba entre los preferidos de los porteños. Había que bajar una angosta escalera, superar una puerta cancel encristalada, otro tramo más oscuro, y se llegaba a una especie de living-comedor, con espejos y cortinas rojas, y un guardarropa medio escondido. Poco se imaginarían que esa noche presenciaban una revolución en las Orquestas Típicas, menos rígidas, más democráticas en melodías e instrumentos, con un canto jerarquizado, y que arrancó con “El Carrerito”, aunque el mismo Troilo declaraba que había sido “Sobre el pucho”, en la voz Francisco Fiorentino. Que además de cantar “con esa voz finita que pone como los dioses”, Troilo dixit, tuvo la importante tarea de vestir a la orquesta, era sastre de profesión, a la módica razón de quince pesos mensuales. Y además, “Fiorentino fue el hombre que nos enseñó a subir a un escenario. A mostrar al público una sonrisa cordial. Recuerdo cómo se preocupaba que saliéramos peinados y bien jailaifes (lunfardismo de highlife, elegante) ante la mirada de nuestros admiradores”, recordaría de un estilo escénico que moldearía los cuarenta, la década dorada del Tango de los D´Arienzo, Pugliese, Mores, Di Sarli y D´ Agostino, la década dorada de Troilo.

Aquel lanzamiento había empezado a gestarse con la amistad de José Miguel “Toto” Rodríguez y Troilo, en los actos que trabajaban para la orquesta de Cobián-Ortiz, en el Charleston Club, una boite de la calle Florida, en 1935. Al año, entraría por Cobián, el pianista Orlando Goñi, la tercera pata de la futura orquesta de Troilo, y dueño de una rítmica que sería el sello de la Típica del Gordo. Todas las noches comían juntos en las pizzería de Las Cuartetas y pasaban las horas en el bar Suárez, de avenida Corrientes y Maipú, casa de tahúres, milongueros y coperas trasnochadas. Allí se acercaba Ciríaco Ortiz, un verdadero mentor del joven Troilo junto a Pedro Maffia, y Fiorentino, que actuaba en un cabaret cercano. Fue el relator deportivo Manuel “Córner” Sojit, de acuerdo a Osvaldo del Priore, que les tiró el dato que su amigo Salas, dueño del Marabú, buscaba una orquesta que reemplace la de Luis D´Abraccio. Sojit les dijo por qué no formaban ellos su propia orquesta y, entre whiskies y risas, salió la Típica Pichuco, nombre que en las actuaciones radiales posteriores tuvo que reemplazar a pedido de los dueños de las broadcasting. Al poco tiempo estaban ensayando con ellos Reynaldo Nichele, José Stilman y Pedro Sapochnik en violines, Troilo un gran amante de las cuerdas, incluyó hasta una viola con el correr de las décadas, y Juan Fasio, en bajo, que sería pronto reemplazado por Enrique “Kicho” Díaz, el mejor contrabajista de la historia del Tango. Habían pensado en la voz de Antonio Rodríguez Lesende, que estaba de gira con Julio de Caro en el Interior en junio, y finalmente desistió desde la esquina del cabaret, “le mandé decir por un amigo que no quería trabajar de noche…creo que fui el único cantor del mundo que no quiso cantar con Pichuco”, confesaría Rodríguez Lesende a Federico Silva.

“La noche del debut en el Marabú de Troilo”, rememora Luis Sierra, “había mucha gente pero no la locura. Mi recuerdo alcanza a la gente que tenía más cerca: -José María- “Katunga” Contursi, Andrés Malga, el negro Mora, Antonio Maida -realezas del Tango, con Contursi compuso Troilo dieciséis clásicos, entre ellos “Tango Triste”-, y el primer tango que cantó Fiore junto a Pichuco fue “El carrerito” de Raúl de los Hoyos y Alberto Vacarezza”, destacaba de aquel debut a la hora del vermuth, entre las cinco y la seis de la tarde. Luego terminaron en el Suárez, y hasta las nueve de la mañana estuvieron comentando el concierto auspicioso, entre medialunas y café con leche “Una vez salí de noche para nunca volver”, es una de las frases mito de Pichuco, que tenía un ángel guardián en casa, Doña Zita.

A Puchulita, como le decía cariñosamente Aníbal a Zita, la conoció ese mismo año, el año de su despegue artístico, en el dancing  Casonovas, Pichuco, un gran bailarín. Ella era griega, nacida en Atenas, y vivía desde los siete años en Argentina con su abuela Záfiro. La presentó un amigo en común, José María Ristori, aunque el principio recibió el desaire, “ay, déjame de gorditos”, recordaría Zita. Pasarían menos de dos años para que Zita paseando por la avenida Corrientes, escuche la queja del bandoneón de Troilo saliendo del Germinal, y estalle el romance. A los pocos meses ya estaban viviendo juntos ¡Qué 1937 para Pichuco!

“El tango guarda una vieja nostalgia”

“Mi primer bandoneón fue la almohada”, recordaría Aníbal Troilo, nacido en José Antonio Cabrera al 2900, ciudad de Buenos Aires, un 11 de julio de 1914, Día Nacional del Bandoneón en Argentina, “inventaba cosas, tarareaba, qué se yo. Una vez fuimos a jugar un partido de fútbol -Aníbal, el nueve de Regional Palermo o San Salvador- y allá por donde la actual cancha de River Plate -Pichuco, fanático de los Millonarios, socio nro. 778-, me encontré un griego que lo tocaba. Se lo pedí y lo tuve un rato en la falda como una piba puede ensayarse con una muñeca…El tango me llegó por Gardel -a quien conocería personalmente en 1932- Una noche que estaba enfermo con fiebre, mi vieja -la inefable Doña Felisa, que apoyó la carrera de su hijo desde el comienzo, con un bandoneón de 120 pesos, en cuotas, y un extraño vendedor, que nunca reclamó la deuda- puso un disco de Carlos, el tango “Córdoba” A mí me reventaba la fiebre y acaso por eso el tango se me metió bien adentro, a puro fuego”, diría de la niñez, entre la barra de amigos del Abasto, el corazón de Pichuco, “la vieja nostalgia” que lo acompañaría en las entrañas de la ciudad que amó, y la humilde vida de una prematura partida del padre, Don Aníbal, que bautizaría a su hijo menor con el Pichuco, que proviene de "picciuso", que en un napolitano deformado sería llorón.

Mientras ayuda a la madre en el kiosco “Las 5 esquinas”, y estudia en la primaria de Cabrera 3430, con pocas clases de bandoneón por Juan Amendolaro, se foguearía en los cines, el primero con once años el Petit Colón de Córdoba y Laprida. Trabaja intensamente, abandona el Colegio Carlos Pellegrini, y, sobre todo, aprende un estilo único, un fraseo innovador, “un gran intuitivo”, diría Piazzolla. En 1938 llegaría el primer disco por Odeón, luego con su carrera asentada en RCA Víctor, breve paso TK aunque relevante por su trabajo con Roberto Grela en 1953, trascendental en la música popular nacional. Volviendo al primer acetato, dos temas, “Comme il faut” de Eduardo Arolas, y “Tinta Verde” de Agustín Vardi, anticipando el tango de los cuarentas, bandoneones al frente, y una constante rítmica bailable.

Con al gran quiebre de los cincuenta, donde reorganiza los elementos de las Orquestas Típicas y se presenta en cuartetos, más aptos para los tiempos televisivos, Pichuco un presencia insoslayable de la pantalla chica, en el declive de la popularidad del género.  En varios sentidos, la Leyenda de Troilo vigente en los medios ayudó a que el tango no muriera. Suma un nuevo medio para su música, además, ya que estuvo también en los inicios de la radio, prácticamente inauguró los estudios de Radio El Mundo en los treinta, y en el cine, con “Los Tres Berretines” (1933), protagonizada por Luisa Vehil y Luis Sandrini. También fue una figura del teatro, con los éxitos de “El Patio de la Morocha” (1953) y “Caramelos surtidos” (1960) Precedido de una exitosa temporada teatral en Mar del Plata, en donde se reencontraba con su amigo el Gato Piazzolla, Pichuco lo apodó así, debutaba el 3 de abril de 1975 en el Teatro Odeón con “Simplemente…Pichuco”, libro de Horacio Ferrer. Sería el telón final del “Gordo Triste”, letra de mismo Ferrer, Troilo, que amaba tanto al teatro.

“Yo no puedo escribir música por escribir”, admitiría a María Esther Gilio en 1967 para el diario uruguayo Marcha, un país que Pichuco adoró como Argentina, “una letra que me guste…la mastico…¡Todo el día en la cabeza. Es como si la fuera envolviendo la música! Es muy importante para mí lo que dice la letra de una canción. Por eso me gustan las letras de -Homero- Manzi. Éramos como hermanos, una sensibilidad parecida, el mismo amor por el teatro”, comentaba el músico que tuvo de letristas además de Manzi, coautor del insuperable “Sur” en la voz de Edmundo Rivero, monstruos, monstruos, Cátulo Castillo, Enríque Cadícamo, Homero Expósito y Jorge Luis Borges “¿Teatro?”, inquiere Gilio, “Sí, si usted me pregunta cómo quiere que me agarre la muerte le contestaría que en el teatro”, dijo imperturbable Troilo. Y así fue.

 

La Luna Porteña es Troilo

Durante veinte años el bandoneonista soportó serios problemas en la cadera y circulatorios, que no mejoraban con las escapadas de Aníbal a las profundidades de la Noche. En 1974 tuvo una seria advertencia con un espasmo cerebral. Al año siguiente con su renovado humor encaró una serie de presentaciones en el Odeón, con gran repercusión, “Despedida triunfal”, se anunciaba. El 17 de mayo de 1975 fue la última función de Troilo, quien con su orquesta ofreció “Danzarín”, “A mis viejos”, una selección de Discépolo, y acompañado a Rivero, “Sur”, “La última curda” -que habían estrenado en el balcón de la casa de Pichuco, una especie de Abbey Road tanguero-  y “El último organito”. Además hizo “Quejas de bandoneón”, una milonga de Piazzolla, “Pa´ que bailen los muchachos” y cerró de nuevo con “Sur”, el último vez que su jaula -bandoneón- mimó los arcanos porteños. Al día siguiente, el 18 de mayo, se descompuso en su casa a la mañana, y moriría por un embolia cerebral en el Hospital Italiano, a la noche.  Velado dos días en el Teatro San Martín, con grandes multitudes para darle el último adiós, fue transportado brevemente a la sede de SADAIC - Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música- en la calle Lavalle, y luego inhumado en la Chacarita.

“Comienzan los recuerdos de mi admiración sobre Aníbal Troilo. El Sexteto Vardaro, 1937. El “Gordo” con su orquesta y luego mi debut 1938-1939. Con él aprendí los misterios del tango y el bandoneón. Esta “Suite Troileana” es como decir “Gracias Pichuco por todo lo que me has dado, gracias por ser mi amigo, gracias por tu bandoneón. Tu amigo el Gato Piazzolla. Mayo 1976”, en las líneas internas del LP “Suite Troileana” de Ástor, uno de los mayores homenajes al Bandoneón Mayor de Buenos Aires. Uno que cuando deslizaba sus dedos regordetes por el teclado del Doble A, conjuraba el Buenos Aires que vendrá porque nunca se fue.

Fuentes: Del Priore, O. Toda mi vida (Aníbal Troilo). Buenos Aires: JVE Ediciones. 2003; Gilio, M. E. Aníbal Troilo. Conversaciones. Buenos Aires: Perfil. 1998; Silva, F. Informe sobre Troilo. Buenos Aires: Plus Ultra. 1978

Fecha de Publicación: 11/07/2021

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