Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Alcón por Alcón. Una biografía comentada

Uno de los mejores actores argentinos de todos los tiempos, en sus palabras, recorre sus tramoyas vitales desde la azotea de una modesta casa del conurbano a las salas principales del mundo.

Hubo una marea que la crítica, a mediados de los noventa, lanzó el sambenito, “Alcón siempre hace de sí mismo” La misma que lo había colocado en el sitial inmaculado del Primer Actor Argentino, el intérprete magistral de “Un Guapo del 900”, “Panorama bajo el puente”, “Yerma” o “Hamlet”, el único shakespeariano, mugían. Aunque, digamos, recién en ese momento empezaba a ampliar el repertorio con otras obras del bardo inglés, “Ricardo III” y “Rey Lear”. Coincidió además con una etapa de alta popularidad, en películas taquilleras, “Cohen vs Rossi”, o series delirantes, “Operación Rescate”, “eso de que el actor tiene que ser otro en cada personaje es un malentendido. Nunca podés ser otro. Cuando yo interpreto un personaje, estoy mostrando un aspecto mío que hay en ese personaje…nada puede hacernos escapar de la realidad. Incluso el disfraz que uno elige es una manera de revelar quién es uno. A veces, más que la cara que uno tiene, importa la cara con la que uno se disfrazaquisiera ser recordado como un actor testimonial que cuando buscaba un texto era para contar algo muy suyo”, redondeaba al actor Alcón, ese niño con alma vieja que iluminó la caverna de las ilusiones y la verdad, el teatro.

 

Alfredo Félix Alcón Riesco nació el 3 de marzo de 1930 en un hogar muy humilde de Ciudadela, y que luego de fallecimiento del padre, a sus cinco años, mudaría al pasaje El Carpintero, en el barrio porteño de Liniers “Recuerdo que yo estaba muy feliz, con las visitas que parecía Año Nuevo, hasta que de pronto, por un detalle, me di cuenta de que no era algo para estar contento, que algo triste había ocurrido. Eso me marcó. En adelante, siempre me cuidé de no alegrarme mucho por las dudas, a ver si después comprobaba que la alegría inicial escondía un motivo de tristeza”, reflexionaba a Olga Cosentino el hijo Alfredo del velorio paterno. Mamá soltera Elisa, que sería una fiel compañera de vida de Alfredo, trabajaba repartida en casas de familias y una fábrica de medias. Alfredito jugaba en la terraza a la hora de la siesta, a escondidas, una sábana de capa, “inclusive ponía un bichito muerto arriba de algo y hacía la ceremonia al bichito. Inventaba que era un rey, o algo que había escuchado en la radio. Jugaba un rato y después me iba a jugar a la pelota pero había una cuestión mía, misteriosa, de jugar a algo que todavía no sabía bien qué era porque yo nunca había ido al teatro”, comentaba de la época que soñaba ser Errol Flynn, “caminaba como él” y adoraba a Bette Davis. Una de sus posesiones más preciadas fue un retrato firmado por la actriz norteamericana; la otra, entre los cientos de libros de una biblioteca heredada de los abuelos y un tío Sabino, que trabajaba en el Hotel Castelar, y que conoció a Federico García Lorca –uno de los actores más visitados por Alcón-, tiene la dedicatoria: “al alumno Félix Alfredo Alcón, como estímulo por su composición “Personalidad del General San Martín”, Juan Varela, Buenos Aires, 11 de agosto de 1941. –Prosigue el actor- El libro es nada menos que “El santo de la espada” de Ricardo Rojas. Me lo  regaló mi maestro por haber escrito la mejor composición del grado ¿Quién iba a decir que años después terminaría haciendo en cine “El santo de la espada” (1970) dirigido por Leopoldo Torre Nilsson?”, preguntaba de una de las películas más respetadas del cine nacional, seriamente cuestionada antes y después por los militares de turno, “Eso no es una pose de un general” gritó un censor en el set y Alcón arrancó áspera disputa, nariz de utilería en mano.

Pero para llegar al caballo del Libertador, el actor recorrió un largo camino, torciendo el deseo materno de estudiar un oficio en el industrial, “las señoras para las cuales trabajaba le decían que no era una vocación de pobres”, acotaba el actor, y se anota en el Conservatorio, donde se formó con Antonio Cunill Cabanellas, y tuvo de compañeros a varios artistas con los cuales luego formaría grandes elencos, Ernesto Bianco, María Rosa Gallo e Inda Ledesma –que lo dirigiría en 1966 en “Israfel” de Abelardo Castillo- Fue Cunill Cabanellas quien lo recomienda en Radio del Estado para los radioteatros de “Las Dos Carátulas” y lo hace debutar en teatro con veinte años en “La isla de gente hermosa” en el Teatro Odeón. Luego es contratado para leer el boletín del Mercado de Hacienda, el actor que daría piel a grandes mitos gauchescos, el Martín Fierro y Nazareno Cruz y el Lobo, y puede dejar sus innumerables trabajos, como ése en las Tiendas Harrods de la calle Florida, en el que lo despidieron por sentarse a tomar el té, después del horario de trabajo. A la vuelta de una fallida experiencia española, casado fugazmente con Nani Freire, se afirma de galán de los radioteatros del Radio El Mundo, y de las fotonovelas que son furor a mediados de los cincuenta, entra por la puerta grande del cine con Mirtha Legrand, “La pícara soñadora” (1956), y Tita Merello, “La morocha” (1958). También se anima a un incipiente medio, la televisión, llevando García Lorca a los pocos hogares con receptores, y estrena “Manos Sucias” (1957) en canal 7 con Narciso Ibáñez Menta. Entabla una colaboración más amistad por décadas con el actor y director Osvaldo Bonet,  a partir de la elogiada puesta de “Recordando con ira” de 1958.

Los sesenta, la imaginación de Alcón al poder

“Cuando Torre Nilsson me llamó para hacer “Un guapo del 900” creí que estaba loco. Pensé que me llamaba para hacer del galán, pero no, era el guapo”, refería aquel parteagua en su carrera de 1960, que los elevaría para pares y público al “Actor Trágico de la Argentina”, y cuenta un encuentro fortuito con el autor, Armando Discépolo, “una vez iba en tren a los estudios de filmación y lo ví en el mismo vagón…me preguntó a dónde iba y contesté a filmar…¿Usted qué papel hace? Yo estaba muy maquillado, lo único realmente mío era los bigotes. Le dije el Ecuménico. Me miró un segundito, a continuación la ventanilla, y no me habló más en todo el viaje. Llegué a la estación, fui al estudio y me puse a llorar. No quería seguir filmando. Finalmente Torre Nilsson me convenció que confiara en él”, recordaba de un papel que haría que el inolvidable guapo original del teatro, el extraordinario Francisco Petrone, exclame, “Pibe, me robaste lo que yo más quería pero está en buenas manos” Desde “Piel de verano” (1961), junto a Graciela Borges, “El reñidero” (1965), “Los siete locos” (1973), “quien no pensó alguna vez que quería hacer algo para sentir un razón de estar en el mundo…me daba la impresión de estar haciendo con Erdosain, en parte, mi biografía”, aseguraba, y “Boquitas pintadas” (1974), Alcón se transforma en el intérprete de las corrientes del denominado nuevo cine argentino. A raíz de su reconocimiento graba algunos vinilos con poesía, desde gauchesca a contemporánea, hoy inhallables.

En la televisión, “me buscaban para encarnar galanes tontos de voz almibarada, reflejos lentos y mirada lánguida que despierta pasiones. Pero los productores están profundamente equivocados porque si yo miro de esa manera no es porque ande enamorado, sino porque soy bastante corto de vista”, ironizaba el actor a mediados de la mejor década de la televisión argentina. Los sesenta que vieron Alcón en dos descomunales puestas de David Stivel, “Yerma” (1963) y “Hamlet” (1964), ambas ganadoras de premios internacionales, marcando un camino de calidad, “me parece que estamos jugando mucho al yo-yo”, criticaba el declive del medio en el actual milenio, y que mantendría esa solitaria estela de excelencia, recordados sus ciclo “El Teatro de Alfredo Alcón” entre 1966 y 1970,  en “El prontuario del Señor K” (1987) dirigido por Oscar Barney Finn.

Integrado al elenco del público Teatro San Martín en los setenta, la sala tal vez de sus mayores triunfos artísticos, muchos con el empuje de Kive Staiff, emprende un tándem con el maestro de actores y director Agustín Alezzo, “así como aprendí de cine con Leopoldo, también tuve grandes maestros de teatro como Agustín…fue él que me hizo ver que estando relajado uno puede expresar más”, que se coronaría con las tres temporadas de éxito de “Las brujas de Salem”, un anticipo del horror y la persecuciones de la última dictadura. En pleno proceso triunfa con una moderna puesta de “Hamlet”, que tendría gira argentina y uruguaya, “las grandes obras como Hamlet son grandes eternamente porque hablan de cosas que nos pasan a todos los seres humanos. No hace falta vivir en Dinamarca ni ser rey para oler lo podrido”, manifestaba, y allí conoce a la persona que lo acompañó hasta el fin, “a partir de eso fuimos inseparables, incluso treinta y cuatro años después, veo cómo se preocupa para que yo pueda ver mejor, desde la cama, las plantas en la terraza”, aparece en la biografía de Jorge Vitti. El actor comprometido participa del cierre de Teatro Abierto 1981, como lo haría en los actos de Madres de Plaza de Mayo, y trabaja en producciones teatrales y televisivas en Madrid.