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¿Tenis en la Argentina en 1806? El “curioso juego” de Beresford en Luján

Despuntaban una suerte de juego... tal vez el volant francés o una adaptación de emergencia del real tennis.

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Las crónicas sueltas surgidas como hallazgos sorpresivos durante la investigación para la obra consultada para este artículo, indican que las primeras prácticas de las modalidades precursoras del tenis, como simple juego recreacional, empezaron a verse en la Argentina durante el decenio del sesenta del siglo XVIII. Más precisamente en el Palermo porteño (sobre el césped destinado a deportes genéricos) y en localidades suburbanas sureñas. Más tarde, ya con la versión del tenis tal cual se lo conoce actualmente -a fines de los setenta y durante la década del ochenta de aquel período-, se jugó en los mismos lugares.

Pero la historia argentina ofrece un dato sugerente  cuyo origen excede el ámbito deportivo, que fue revelado y refrendado en noviembre de 1980 por el entonces Director del Complejo Museográfico Enrique Udaondo, con sede en Luján, Buenos Aires, José Q. Fontanarrosa, en el marco del Ministerio de Educación y Cultura de la Provincia de Buenos Aires: ocurrió en 1806, dentro del episodio de las Invasiones Inglesas, cuando los jefes británicos fueron recluidos como prisioneros de guerra en el Cabildo de Luján (ubicado en la que hoy se denomina Avenida Nuestra Señora de Luján, entre las calles Lavalle y 25 de Mayo) y su villa.

Allí permanecieron, entre tantos, dos militares extranjeros: el general William Carr Beresford, 1er. vizconde Beresford, quien durante tres meses fue gobernador de la fugaz colonia británica, y el teniente coronel Sir Denis Pack, tras la rendición del 12 de agosto de 1806 ante las fuerzas de Santiago de Liniers. Lo singular es que, aparentemente, despuntaban junto a sus subalternos una suerte de juego parecido al que luego se conoció como tenis. Tal vez, en virtud de las crónicas descubiertas, podría tratarse del volant, que ya se conocía en Francia desde 1800, o quizá una adaptación de emergencia del real tennis.

¿Quién haría de ballboys de los reos británicos?

Las citas se remontan a un espacio comprendido entre septiembre de 1806 y febrero de 1807, aproximadamente. Según aquellas alusiones, practicaron un juego elemental, sin descripción de sus reglas, con red y raquetas asimétricas que les fue permitido trasladar desde las naves surtas en aguas rioplatenses. Lo jugaron bajo el desafío de las protestas de los vecinos, quienes se quejaban cuando caían pelotas en sus propiedades, y se movían sobre tierra apisonada.

El emplazamiento físico de dichas “canchas” lo ocupa actualmente la plaza Belgrano, frente al Cabildo de Luján y a la casa del Virrey, así denominada por haberse alojado el inefable español Rafael de Sobremonte al intentar huir de los invasores. De acuerdo a las narraciones, con la carga de leyenda que sobrellevan, serían los primeros en mostrar ese tipo de práctica deportiva o de esparcimiento entre dos oponentes, con una red de por medio, en esta parte de América, donde gozaron de muy buen trato durante su cautiverio tras la capitulación del 12 de agosto de 1806.

Es que se le permitieron las distracciones mencionadas -incluyendo, por supuesto, al cricket- y otras como cacerías por los alrededores junto a sus guardias y fiestas en sus habitaciones, bajo palabra de honor de no intentar fugarse.

Es sabido, de todas maneras, que Beresford y Pack escaparon a Montevideo y participaron, directa o indirectamente, en futuros flagelos contra nuestro país. Enrique Udaondo , en la conferencia leída en el Teatro de la Sociedad Española de Luján durante la fiesta organizada por la Asociación Cultural Ameghino el 29 de mayo de 1927 (denominada “La Villa de Luján en los tiempos de la colonia y en la época de la República”, páginas 3 y 16) narró: “Después de haber investigado en varios archivos nacionales y provinciales, en los cuales hallé algunos antecedentes ignorados o poco conocidos relacionados con esta ciudad en los tiempos del coloniaje -y en la época de la República, en cuanto a la suerte de los oficiales ingleses-, en Luján se los trató con toda clases de consideraciones. Amenizaron sus ocios con la lectura; recibieron visitas, pasearon a caballo y jugaron también al ‘tennis’, siendo quizá los primeros que practicaron ese juego en este país. Y también se distraían en el juego de la pelota, aunque con poco agrado de sus guardianes pues cuando el balón quedaba aprisionado en las tejas de los techos linderos, los ingleses caminaban sobre ellas sin ninguna precaución, rompiéndolas con el consiguiente perjuicio para los lugareños”.

Gracias por todo el tenis y otras invasiones venideras

Prueba de esas “licencias” es que, cuando regresaron a Gran Bretaña, enviaron una carta a las autoridades locales con un sentido agradecimiento y la acompañaron con el obsequio de un reloj de pie, construido por el célebre fabricante inglés John Ellicott, cuya maquinaria es de bronce y posee un almanaque en su esfera.

Al suprimirse el Cabildo en 1821 el aparato pasó al santuario de Nuestra Señora de Luján y, en 1903, al Colegio del mismo nombre, institución que lo donó -con el consentimiento de la Basílica Nacional- al Complejo Museográfico Enrique Udaondo donde hoy se encuentra.

No debe asegurarse que aquel pasatiempo de los británicos fue inmediatamente copiado o adoptado por quienes lo habían observado, pero bien puede suponerse que provocó un medido interés.

Otro antecedente relativo ha sido posible inferirlo durante los acontecimientos de 1807, después del segundo desembarco británico acaecido el 28 de junio en la ensenada de Barragán, cerca de lo que hoy es Punta Lara. Las tropas del general John Whitelocke avanzaron por las tierras altas de Lomas de Zamora y acamparon en la antigua Quinta de Correas, ubicada a dos kilómetros al este de la que hoy es la estación Banfield.

Estas tierras estuvieron bajo su control 47 días y, en muchos casos, fue bravío el accionar de los vecinos que las defendieron. En estos lugares actuó con valentía el alcalde de Quintas, Tomás Grigera Portela. Los británicos siguieron su avance tras vencer la resistencia hallada al paso hasta sostener el famoso combate de Los Corrales. Con Grigera, otros pioneros -verdaderos visionarios- hicieron retroceder aún más los límites del campo.

Lomas de Zamora, con la presencia de los invasores, fue escenario de los que sus habitantes calificaron de “curioso juego”. Algunos soldados británicos llevaban consigo una soga de aproximadamente nueve metros de largo que ataban a dos árboles. De la soga pendían flecos que provenían de ropa en desuso, para visualizar la división, como una improvisada red. A cada lado se ubicaban dos soldados que empuñaban rústicas paletas y la “pelota” utilizada era un ovillo de hilo. “Se jugaba de aire”, decían los lugareños, por lo que se presume que lo hacían sólo de volea.

Raquetas y pelotas, el primer dilema, y el origen de la paleta criolla

Este período final del siglo XVIII, principios del siguiente, fue entonces testigo del nacimiento de clubes dedicados al tenis y otros que lo asimilaron. Se logró, en definitiva, una expansión que ganaría cuerpo en el siglo siguiente con las alternativas que desembocarían en la organización deportiva. Los jugadores serían, entonces, los protagonistas principales en la consiguiente evolución que perfilaría al tenis argentino hacia los planos internacionales más encumbrados.

Como elementos indispensables, raquetas y pelotas se constituyeron en un arduo problema en relación con su abastecimiento local. Por otra parte, había dificultades en la confección del encordado, ante la necesidad de sustituir el original por la falta de ovillo de tripa animal retorcida. Por suerte, no se reemplazaba totalmente, sino que se suplía la cuerda deteriorada, una práctica que se extendió aproximadamente hasta fines de los ochenta.

Solía ocurrir que, lógicamente, los pedidos de cordeles a Gran Bretaña tardaban muchísimo tiempo en llegar y, además, se enviaban pocos juegos de tripa animal, por lo que los noveles jugadores recurrían a cuerdas de uso en los instrumentos musicales. Los niños, que deseaban imitar a sus mayores, solían utilizar otros medios, no del todo descartables, como paletas de madera, un paso que quizá haya dado el puntapié inicial para la creación del denominado “tenis criollo”, que tiene gran cantidad de cultores en el país.

Los residentes británicos dispersaron polvo de ladrillo sobre los rectángulos de juego, con una excepción, el Hurlingham Club. Allí se sembraría césped para diversas actividades deportivas, con lo cual sus canchas de tenis tendrían otro color y generaron también otra concepción técnica.

 

Imagen: Puppo Tenis

Fecha de Publicación: 14/09/2026

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