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Seis meses sin Diego Maradona: la muerte que quebró definitivamente la cuarentena

El jueves 25 de noviembre de 2020 el mundo se conmocionó con la muerte del astro futbolístico, una situación que terminó de fracturar las restricciones sanitarias más duras.

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Diego Maradona

Los rumores sobre un desmejoramiento de su salud en los últimos días quedaron sumidos en una inesperada conmoción. En el mediodía del jueves 25 de noviembre los argentinos dejaron de hablar de la pandemia, la cuarentena, las restricciones sanitarias, el alcohol en gel, los barbijos, la cantidad de contagios y obviamente la de defunciones. A las 12:15 del mediodía, un movilero ubicado en la casa donde residía en la zona del Tigre constató una serie de movimientos inusuales, para segundos más escuchar la voz de alguien que desde dentro del chalet le confirmaba la noticia menos esperada. Ese comunicador, ya con firme confirmación de la novedad, llamó a la redacción y la noticia se difundió más rápido que la velocidad de la luz. Algunos segundos después de 13:00 horas, el tradicional panorama informativo de “Mitre Informa Primero” notificó que el ídolo futbolístico había sufrido una insuficiencia cardiorrespiratoria, pero en la redacción de la calle Mansilla al 2600 todos se manifestaban shockeados porque en realidad la situación era todavía peor. Informados por distintos carriles noticiosos, casi al mismo tiempo dos Jorge, uno Ernesto Lanata y el otro Rial, tuvieron que transmitir inesperadamente esa vivo información que jamás imaginaron que deberían comunicar: había muerto Diego Maradona.

Diego Maradona

Si alguna cosa podía dejar a la pandemia, las restricciones y el drama sanitario ya no en un segundo plano, sino probablemente en un tercer y cómodo lugar dentro del panorama del día, fue sin dudas el fallecimiento del deportista que arrancó su carrera en Argentinos Jrs cuando era un purrete. Como un tradicional choque de moléculas o átomos que colapsan de una forma tan acelerada donde no se puede establecer la cantidad de colisiones o cuál es el tiempo de esos impactos, la noticia que señalaba simplemente “Murió Maradona” se convirtió en la novedad que en segundos dio vuelta al mundo con la mayor frecuencia y repercusión en esa jornada. Con la voz quebrada cuando en el piso del canal le indicaron que el hecho estaba confirmado, Jorge Rial se hizo de las fuerzas para decirlo en aquel mediodía del anterior formato de “Intrusos” que por entonces conducía, sorprendido en ese momento por tener que dar al aire en vivo semejante novedad. A muchas cuadras de allí, más precisamente en su domicilio de la calle Esmeralda y en su escritorio, con un sistema que le permite salir por radio como si estuviese en el mismo estudio donde se transmiten los programas, Jorge Lanata ya más acostumbrado a notificar noticias duras, igual no pudo ocultar cierto tambaleo de sus cuerdas vocales al informar que el futbolista argentino que se consagró campeón del mundo en 1986 había pasado a la inmortalidad.

 

En un insólito procedimiento de recuperación que tuvo el aval de los médicos para seguir la situación posterior a una intervención quirúrgica cerebral de un hematoma subdural, el cuerpo del legendario deportista no resistió el inapelable agravamiento de varios factores que conspiraban contra la existencia del paciente y tras una lentificada agonía, expuso tras varias horas de silencioso padecimiento un poderoso paro cardiorrespiratorio, deteniendo así la existencia del popular jugador de fútbol. Lo que siguió después, ya es historia muy conocida. Decenas de móviles periodísticos, otro tanto de ambulancias, varios vecinos de aquella zona, patrulleros y el desmadre habitual que siempre caracterizaron las noticias en torno al deportista se aglomeraron en la zona y ya nada fue igual. La demora para remitir el cuerpo a una morgue judicial para establecer las causas de la muerte, se demoraron por múltiples y confusos motivos. A las 19:00 horas, cuando buena parte de Europa se había ido a dormir, todavía el panorama mostraba múltiples tinieblas noticiosas sin permitir una claridad sobre la por entonces inesperada defunción del famoso astro deportivo. Mientras una cifra de móviles seguía las novedades al respecto, la noticia que era rumor finalmente fue confirmada: con el okey de la familia, el cuerpo del futbolista sería velado en la Casa Rosada, algo que podía esperarse ante la defunción de una personalidad como este astro del balompié.

 

Diego Maradona

 

La decisión de despedir el cuerpo en ese lugar provocó, como era de esperar, por un lado las críticas de quienes consideraban eso un delirio al exponer semejante realización justo en medio de un país seriamente afectado por la pandemia, en tanto que aquellos toda la vida manifestaron su admiración por el mediocampista consideraban justo y lógico que una figura deportiva de esas dimensiones recibiese el homenaje nada más y nada menos que en la fortaleza presidencial en pleno microcentro porteño. Esa decisión, totalmente desafortunada para el objetivo sanitario, fue catastrófica para mantener aquel mensaje nacional de mantener las restricciones y cuidados necesarios para evitar la propagación de esta enfermedad. Ya en la madrugada, en las inmediaciones de la Casa Rosada varios grupos de barras bravas se aglomeraron en ese sector, cosa que cuando fuera habilitada la circunstancia de visitar el sector asignado, pudiesen despedir el cuerpo del futbolista que había llegado proveniente de la morgue judicial, tras una prolongadísima autopsia donde se analizó milimétricamente cada partícula del organismo ante la defunción acaecida. La situación con el paso de las horas fue empeorando, se armaron algunos corrillos para que la gente hiciese una fila que en un principio llegaba hasta la avenida 9 de Julio, pero como era de esperar, el descontrol y la desorganización ganaron terreno segundo a segundo.

 

Una despedida de alguien así podía provocar incontables descontroles, los que finalmente ocurrieron con una contundencia devastadora. Las distintas estructuras de orden y control dispuestas para coordinar el trámite de miles de personas llegando a la Casa de Gobierno, naturalmente sucumbieron con el arribo multitudinario de personas desde distintos sitios de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires. Pasado el mediodía, los organizadores o eso que debía controlar dicho operativo, estimaban extraoficialmente en más de un millón de personas la cantidad de público reunido, un guarismo de seres transitando un lugar donde a los pocos segundos de puesto en marcha en velatorio, desnudaba que no existía allí ni la tan mentada distancia social y mucho menos, gente deambulando con barbijos y todas las precauciones transmitidas por los organismos de contralor. La tv abierta y de cable, daban en esas horas el efecto de una cadena nacional ininterrumpida, donde podía apreciarse que nadie respetaba no solo el orden para llegar hasta el lugar velatorio, sino tampoco aquellas estructuras operativas en las calles aledañas. El desmadre televisado en vivo y en directo, sin dudas provocó dos sensaciones inequívocas: la gente que en esos meses debió despedir a familiares y amigos con mínima dotación de acompañantes por la pandemia, ahora veía en las pantallas hogareñas con bronca e inocultable enojo, que miles y miles de personas violaban desprejuiciadamente todas las restricciones que habían padecido con sus seres más queridos.

 

La pésima coordinación existente entre los distintos cuerpos policiales, toda la gente de seguridad privada y aquellos que habitualmente cubrían la estructura presidencial vieron cómo la situación minuto a minuto se tornaba absolutamente incontrolable y ni hablar, al notificarse que lejos de mantenerse ese acto velatorio por más tiempo, finalmente todo se terminaría a las 16:00 horas. Aquella novedad, a medida que se iba notificando en un muy acelerado boca a boca entre todas las personas más alejadas del núcleo velatorio, es decir a quienes formaban una fila por la tradicional avenida 9 de Julio casi llegando a la zona de Constitución, fue una gran bomba anímica de racimo que explotó con esquirlas para un sinnúmero de lugares, aumentando seriamente el descontrol existente en distintos lugares del microcentro porteño. La familia del jugador decidió llevarse el cuerpo del ídolo para sepultarlo en un cementerio privado en la zona de Bella Vista, un traslado que provocó no solo actos de violencia en las inmediaciones de la Avenida de Mayo, sino también otras muestras de descontrol cuando desde la Casa Militar en la mítica “Pink House” se informó la orden de despejar las aglomeraciones públicas en la zona aledaña al Obelisco. Aquellos que miraban lo que sucedía, naturalmente mostraban su bronca y desilusión al advertir en ese momento que la despedida de un famoso ídolo deportivo gozaba de los privilegios en una situación donde para otros solo eran restricciones.

 

Diego Maradona

 

Todos los mensajes presidenciales o de aquellos equipos médicos gubernamentales sobre las precauciones en tiempos de pandemia, se desmoronaron más rápidas que las Torres Gemelas el fatídico 11 de septiembre, dejando al descubierto que las restricciones que se le impusieron a la población, instantáneamente se estaban violando sin ningún pudor en esa inédita situación desatada por la muerte de un gran ídolo popular. El siguiente acto de un día totalmente descontrolado y saturado de furia, transcurrió con el traslado del cuerpo al cementerio de Bella Vista, mientras el féretro del jugador iba acompañado por docenas de motocicletas policiales y patrulleros que iban delante y detrás del cortejo. Arriba en el cielo, con ubicación privilegiada, tres helicópteros transmitían con sus cámaras todo lo que pasaba, esquivando de milagro algunos drones que mal ubicados, complicaban ese tránsito aéreo camino al selecto Jardín de Paz en la zona bonaerense. La zona más cercana al lugar para colocar definitivamente los restos del recordado futbolista, también lucían la inoperancia de los equipos de seguridad por controlar a aquellas personas que querían en ese lugar despedir al ídolo fallecido en las últimas horas. En la noche del viernes 26, con la familia dando el último adiós en medio de un escándalo por aquellos que podían o no ingresar al sector, todas las fuerzas de seguridad respiraron a medias, porque si bien el desmadre existente en el microcentro porteño había desaparecido, en la zona donde estaba el grupo familiar despidiendo a su ser querido, las guardias se duplicaban previendo que un grupo de personas quisiera vulnerar el predio de Bella Vista, para acercarse al lugar en donde el deportista descansaría finalmente.

 

Si hasta aquella fecha el Gobierno Nacional y las demás reparticiones provinciales podían recibir cierto respeto de la sociedad por los pedidos de seguridad sanitaria y restricciones, tras lo ocurrido en aquella ceremonia para despedir al futbolista internacional en la Casa Rosada dejó dinamitada la confianza de la sociedad, cuyos grupos sociales de ahí en más instauraron pedidos de recuperación de actividad y la cancelación de otras restricciones que debieron ser concedidas. La muerte de Diego Maradona, con todo lo que significaba la despedida popular de un astro internacional, dejó sin dudas al desnudo con aquel hecho que la tan mentada “cuarentena dura” ya no podría seguir en Buenos Aires y otros lugares del país. Los días siguientes, más allá del rebote noticioso con la información de la muerte del recordado jugador de Boca y la selección, dejaron expuesta la disconformidad de gran parte del pueblo nacional al advertir injustamente que la muerte de un famoso deportista, había deparado privilegios para su familia a la hora de su defunción. Aquellas cuarenta y ocho horas expusieron fallas de organización previsibles, concesiones injustificadas y una pelea entre familiares y allegados del deportista, que sumergió a la inédita noticia en una descontrolada novela con derivaciones inesperadas en todo sentido. Había muerto nada más y nada menos que Diego Armando Maradona, el ídolo mundial que dijo adiós justo en un tibio mediodía primaveral ante el absorto desconcierto de la sociedad mundial.

Fecha de Publicación: 30/05/2021

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