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Buenos Aires - - Sábado 10 De Diciembre

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Ringo Bonavena. Hasta Hollywood no paro

La vida de Oscar “Ringo” Bonavena no tuvo media tintas en su pelea contra la vida, sin banquitos. Algunas postales poco sabidas en un diccionario de frases marca Ringo que pronto tendrá su biopic por Disney.

Deportes

La historia grande del deporte nacional arroja que Oscar Natalio Bonavena protagonizó una de las tres peleas más grandes de todos los tiempos. Junto a la histórica de Luis Ángel Firpo y la contemporánea de Carlos Monzón, la noche de 7 de diciembre de 1970 en el Madison Square Garden se la jugó Ringo a suerte y verdad con el enorme Cassius Clay, luego Muhammad Alí, el mejor peso pesado por siempre. Bonavena era aquel niño grande, humilde hijo de Parque de los Patricios, que cantó con el Club del Clan y los Shakers, que se desvivía por las ravioles de mamá Doña Dominga pero que también fue el modelo del porteñismo machista y agrandado. Y que la mitad del país quería verlo perder aquella noche con Alí. Su Noche soñada desde que lavaba platos en Estados Unidos a principios de los sesenta. La Noche más vista del boxeo argentino con un rating de 80 puntos, solo superado por la final del Mundial 90 del equipo capitaneado por Diego Armando Maradona.

 

 

Ringo y Diego compartieron un mismo destino, de héroes que tienen más de antihéroes, de referencias y frases que calan en lo popular, y se identifican con un modo controvertido nuestro, “Termina perteneciendo a los héroes trágicos nacionales”, señalaba su biógrafo Ezequiel Fernández Moores, “Nos guste o no, es un espejo. A veces a los espejos del deporte se los agranda tanto que terminan deformando. Hablo de lo bueno y de lo malo que la imagen devuelve”, Ringo Bonavena, un preludio trágico de la cultura del aguante, en lo positivo y negativo.

“Aguante Bonavena, aguante Bonavena” canta el líder de Almafuerte, Ricardo Iorio,  “Pegue Ringo es lo que clama ardida la afición / le sonríe de reojo la Virgen del knock out / sáquemelo del ring grita un Luna Park”, suelta Walas de Massacre, y se suman a más homenajes musicales recientes, en la línea del disco concepual “El barrio en sus puños” (2014) producido por Las Pastillas del Abuelo.

 

La increíble vigencia de Ringo es una constante por demás en las gradas de su querido Huracán y las calles de Parque de los Patricios, “Somos del barrio, del barrio de La Quema, somos del barrio de Ringo Bonavena”, y se continúa en las varias publicaciones y proyectos sobre, tal vez, el mejor peso pesado de la historia del box argentino. Incluso pronto veremos una versión en una plataforma internacional sobre las peripecias y sueños de este muchacho nacido el 25 de septiembre de 1942 en el seno de un hogar obrero, con un padre motorman de tranvía que nunca estuvo muy de acuerdo con que séptimo hijo, de diez, cambiara golpes en el gimnasio del club quemero “Era tranviario y la única herencia que nos dejó fue el fierro para hacer los cambios de las vías ¿qué más querés?”, recordaba un dolido Ringo a un padre que solamente enseñó la calle y las tundas del vivir. 

Ringo y el sueño americano

“¿Que podía haber terminado de pie con Alí? Puede ser, pero ése era mi verdadero sueño y, por lógica, los sueños también a veces terminan mal. Fue mi pelea, aunque haya sido derrotado”, admitiría Ringo a la vuelta apoteótica en Ezeiza, recibido casi como si hubiese ganado, a fines del 1970. Año que marca el punto máximo y el inoxarable declive de la carrera deportiva, que se había iniciado en la misma New York con un nocaut a Louis Hicks. Un impresionante récord profesional de 44 peleas ganadas por vía rápida, “aún me duelen los golpe de Ringo”, aseguraron por décadas varios sparring que cambiaron guantes con el Campeón Argentino, y que remontó Bonavena a partir de 1964, en Estados Unidos, tras un hecho bochorno en el Panamericano de San Pablo. Que casi le cuesta la carrera, dos años de dura sanción de la Federación de Box por morder la tetilla del norteamericano Lee Carr -un feo antecedente criollo de la mordida de Mike Tyson-, y así Oscar se pierde en 1963 la chance de integrar el equipo olímpico de Tokio64. Con la mujer embarazada que dejó en la casa familiar de Treinta y Tres Orientales de Pompeya, Dora Raffa, y junto a un hermano haciendo de improvisado coach, José, partiría Oscar para concretar el sueño americano.

Ringo Bonavena

El quinto beatle

“Tengo un pesado blanco, joven, fuerte y con hambre. Sería bueno conseguirle un trabajo y algunas peleas preliminares”, era la carta del promotor Tino Porzio que abrió algunas puertas al boxeador en la Gran Manzana. En verdad, las primeras fueron en la cadena de restaurantes “El bife ardiente” -Flame Steak-donde los hermanos Bonavena fueron ayudantes y lavajillas. Nada más alejado del futuro de millonario playboy que imaginaba Ringo, un poco inspirado en un deportista, que al talento, sumaba un manejo mediático nunca visto. Y una bocaza parecida a la de nuestro campeón. Se llamaba Cassius Clay.

En el hotelucho “Uno, dos, tres”, no inventamos nada, los hermanos Bonavena se congelaban entre cucucarachas y entrenaban como podían, con Oscar dando vueltas al Central Park cubierto el pecho de diarios viejos. Lo que para algunos podría resultar deprimente, para Ringo fue una prueba más que el sueño americano exigía; recordemos que gustaba usar camisetas de universidades yanquis. Era la Meca para Ringo, un país del cual volver triunfador como Carlos Gardel, o galán de películas de Hollywood, como el compatriota Carlos Thompson.

En Estados Unidos me conocen como el gran Ringo y yo tengo que asumir ese papel. Me costó muchos años ganarme un lugar. Ahora es bueno que recoja algo”, exclamaría a la prensa Ringo luego aunque su primera etapa allí resultó más bien discreta, con rivales de poca monta, hasta que lo derrotó contundemente una futura leyenda, Joe Frazier. Volvería a Buenos Aires, presentándose para la prensa como el “gran campeón del Norte”, demoliendo a un ignoto en la temporada de Mar del Plata de 1965; el boxeador siempre atento al autobombo, y daría el golpe mortífero -publicitario- para escribir su -verdadero- lustro de gloria deportiva.

Ringo que empezó a llamarse así por una señorita chicata en New York, confiesa Ernesto Cherquis Bialo. Su promotor Marvin Goldberg, que había comprado el contrato por 7 mil dólares -ganaría un millón Bonavena en su pelea con Clay,  solamente cinco años después- , buscaba un nombre corto para el protegido. Deseaba algo impactante como Rocky Marciano.

Un tarde de abril de 1964, plena primavera neoyorquina, paseaba Goldberg con Oscar por la vereda del Rockefeller Center. Allí se encontraban los Beatles, filmando “A hard day´s night” (1964), y una de las admiradoras, posiblemente corta de vista, gritó “¡Ringo!” al argentino. Risas del boxeador sudamericano y el manager norteamericano que se transformaron, tragos a la noche, en el nuevo nombre de Bonavena. Fue desde ese instante que se dejó crecer el pelo, a la manera del baterista de Liverpool, y empezó a las estrambóticas puestas en escena, a la manera del cuarteto inglés.

Ringo Bonavena

Una película de tiros

Pasó mucho agua bajo el puente, innumerables escándalos y agresiones gratuitas, algunos combates de cabotaje ganados en Las Vegas y Roma, y Ringo seguía soñando con la revancha con Alí. Y un presente cinematográfico en 1975 como tenía su envidiado colega Carlos Monzón, que actuaba con Susana Giménez, o era dirigido por Leonardo Favio. Mientras tanto el 1 de noviembre Ringo pelearía por un última vez en el Luna Park, victoria opaca sobre su ex sparring de Huracán Raúl Gorosito; estadio porteño al cual volvería lamentablemente para su multitudinario velorio público en 1976. Asesinado el 22 de mayo de 1976 por Williard Ross Brymer, con un escopetazo directo al pecho, Bonavena unos meses atrás proyectaba triunfar en la pantalla grande. Para ello antes de la fatal noche de Nevada, Estados Unidos, reclutó al guionista y director Hugo Moser y consiguió el apoyo del creador y dueño del diario Crónica, Héctor Ricardo García. Vecino el empresario de medios de su departamento de Palermo, éste tenía la “afición” de disparar con una carabina de balines al jardín de Titi; así llamaban a Ringo cariñosamente desde la infancia. Y Bonavena respondía desde abajo. Obviamente el film nunca realizado era un película de acción, más precisamente un western, en el cual Bonavena sería el sheriff.

Esas eran las amistades de Ringo, amigos son los amigos. “Todo el que tira para adelante es amigo mío, ¿viste?”, comentaba el boxeador alabando en una entrevista al presidente de facto Lanusse. Ringo, conservador hasta el paroxismo delante de los micrófonos, llegó a afirmar que “¿Sabés por qué España nos pasó por arriba? Porque en treinta y cinco años tuvieron un solo Franco”; o “la mujer debe pensar que no es igual que el hombre” (sic)

Ringo, boxeador de una pegada antológica, dividió en dos al país antes que el genio del fútbol Maradona. Racista, misógino, autoritario, con la agresión como única respuesta al mundo, y otras descripciones cabieron -justificadas- de gran parte de la población, que imploraba que bese la lona, o que “se calle de una vez por todas” (sic). Igual que a Diego su propio personaje se comió al muchacho trabajador y tierno de Parque de los Patricios, que como millones, sentía que “la pelea de fondo es con la vida”; o expresaba con una sabiduría de adoquín que “la risa es el reflejo de la generosidad del alma”. “Yo soy yo. Lo que tengo lo hice yo. Hago lo que quiero con la gente y lleno el Luna Park. Y además, canto porque me gusta y hago teatro porque me gusta. A Ringo Bonavena lo hice yo. Ya no es como antes. A los boxeadores los miraban como a locos, a tarados, a borrachos. Ya no somos más gladiadores. Somos artistas”, avizoraba un deportista que inventó a los mediáticos, un ídolo que sigue golpeando en la mandíbula.

 

Fuentes: Cernadas Lamadrid, J.C. Halac, R. Ringo. Yo fui testigo Nro. 11. Buenos Aires: Perfil. 1986; Fernández Moores, E. Díganme Ringo. Buenos Aires: Periodistas Viajeros. 2015; Elgrafico.com.arInfobae.com

Imagen: Télam / Argentina.gob

Fecha de Publicación: 24/09/2022

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