Si hay algo que me encanta son los relatores partidarios. Yo soy hincha de un equipo chico, que hoy está en la Primera B y que, salvo en alguna que otra época, me exige hacer malabares para seguirlo. Entonces, quizás, por cuestiones personales, veo a los relatores partidarios como pequeños Quijotes que van poniendo plata de sus bolsillos para acompañar a sus equipos por estadios inhóspitos para que el puñadito de interesados podamos saber cómo va el partido.
Pero no es sólo por eso que me gustan. Una de las primeras cosas que estudié cuando terminé el secundario (todavía no me explico por qué) fue, precisamente, periodismo deportivo. Me egresé en diciembre del 2001 (el 20 de diciembre, día que estuve en la Plaza de Mayo, desayuné sanguchitos de miga que habían sobrado del “ágape” de egreso), lo que ya les dará una idea de cómo venía el mercado laboral en ese entonces. Durante ese año trabajé en el diario Olé, cubriendo, precisamente, partidos de ascenso. Y al día de hoy, podría decir que me dio tanto asco la forma en la que se trabajaba, que mermó considerablemente mi interés en el fútbol local.
Entonces, a los relatores partidarios les respeto precisamente eso: como son profesionales pero “más o menos” (no porque no lo sean, sino porque tienen pocas presiones, no le dan explicaciones a nadie), pueden seguir siendo apasionados, irreverentes, eufóricos. Y creo que nada en la vida se consigue sin pasión: uno realmente experimenta la intensidad de la experiencia cuando, no permite que el logos silencie al pathos (si me escucha Sartre me mata). Así que, desde acá, mi saludo más cordial para los relatores partidarios. No cambien, no la careteen. El gol del rival no se grita. La expulsión propia se discute a muerte. Y, claro, la derrota se sufre. Pero la victoria se disfruta. Sin medias tintas. Así hay que vivir.
Hipólito Azema nació en Buenos Aires, en los comienzos de la década del 80. No se sabe desde cuándo, porque esas cosas son difíciles de determinar, le gusta contar historias, pero más le gusta que se las cuenten: quizás por eso transitó los inefables pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Una vez escuchó que donde existe una necesidad nace un derecho y se lo creyó.