Experiencia argentina en los Majors y Juegos Olímpicos.
Por Luis Pianelli *
Si bien el torneo australiano 2008 comenzó a disputarse el 14 de enero, mi trabajo se inició diez días antes y se prolongó hasta el domingo final inclusive. El equipo de encordadores estaba compuesto por siete personas para la etapa de clasificación y la primera semana del cuadro principal, y solo dos para la segunda. Lo integraban un encordador de Japón, uno de República Checa, uno de Estados Unidos, otro de Hong Kong, dos de Australia y yo, además por supuesto de nuestro Jefe de Equipo local, quien solo se encargaba de la personalización de las raquetas. Fue un arduo trabajo, pero lo disfruté mucho.
Encordamos 3.075 raquetas en total. Hubo días en los que llegamos a hacer 350 raquetas y trabajábamos 24 horas corridas. Mi colega checo Petr, logró un nuevo récord mundial al encordar 562 raquetas en todo el torneo. El sistema que usábamos era que a cada jugador le encordaba siempre un mismo encordador y con la misma máquina. Como yo era uno de los dos que nos quedaríamos hasta la final, mi jefe, de entrada, me dio como clientes a muchos de los mejores jugadores del mundo que tenían posibilidades de llegar hasta los últimos días. Por supuesto que, además, tenía a todos los argentinos, españoles, chilenos, peruanos, etc.
Un jugador que me tocó de entrada y tuvo una excelente actuación, fue el francés Jo-Wilfried Tsonga, quien encordaba cuatro raquetas por día con 26 kg (57 libras). El día de la final se acercó y me dejó para hacer cinco raquetas; estaba muy relajado y pude conversar con él unos minutos, nos sacamos fotos y le deseé suerte.
Las clientas que más trabajo me dieron fueron las hermanas Williams, ya que encordaban ocho raquetas por día cada una, con tripa natural y 64 libras, más 10% de prestretch. Las pasaban a buscar a las nueve y querían que se las encordara en la misma mañana, no antes. En cambio la belga Justine Henin encordaba apenas dos raquetas por partido. El ruso Nikolay Davydenko, si bien no estaba a mi cargo, fue lejos el mejor “cliente de la casa”, ya que no había disputado su primer partido y llevaba hechas 40 raquetas.
Algo interesante y que la gente desconoce es que durante los partidos los jugadores mandan muchas veces a encordar sus raquetas. El número uno en ese aspecto fue el español Rafael Nadal. Desde la cancha nos avisaban por teléfono que iba a venir la raqueta de tal jugador (el ball kid la trae y la espera), entonces nosotros preparábamos la máquina, la cuerda y a encordarla lo más rápido posible. En la segunda semana, si bien muchos jugadores habían perdido y ya no se encontraban en el país, el trabajo siguió siendo bastante debido a que se empezó a disputar el torneo de juveniles, el de veteranos y el de jugadores en sillas de ruedas. De todas esas raquetas nos encargábamos también nosotros.
La mano de obra por cada raqueta fue de 37 dólares australianos e indefectiblemente todos la pagaban. En líneas generales se puede decir que predominó la baja tensión, las raquetas con bastante peso y se usó muchísimo la combinación de monofilamento de poliéster con tripa natural. Después de terminar cada raqueta chequeábamos la tensión con una pequeña computadorita para asegurarnos que tenía la que nos habían pedido, porque al trabajar en un torneo de esa envergadura, y con ese nivel de jugadores, nuestro trabajo tenía que ser perfecto, ni más ni menos.
Es interesante mencionar algunos números: en total utilizamos alrededor de 34 kilómetros de cuerda; la más alta tensión la pidió el austríaco Alexander Peya (81,5 libras) y la más baja para otro jugador austríaco, Julian Knowle (34); el tenista que más encordados requirió fue el ruso Davydenko (68 raquetas) y entre las damas fue la estadounidense Venus Williams (41). Haber podido estar en ese prestigioso certamen del Grand Slam fue una gran experiencia para mí. A la vez, sirvió para capacitarme más, aprender nuevas técnicas, ver lo último en herramientas y, sobre todo, hacer amistad con gente muy experta con quienes comparto la misma pasión.
En 2008 se realizó una edición especial del Abierto de Francia en cuanto al servicio de encordados, ya que la empresa a cargo de esa tarea cumplió veinte años como encordador oficial del mismo. Mi primera oportunidad de trabajar allí como encordador fue en 1999, y desde ese año muchas cosas cambiaron. En primer lugar, antes los encordadores que asistían a ese prestigioso torneo lo hacían como recibiendo un premio que la firma Tecnifibre otorgaba a las casas de deportes del mundo que más le compraban sus productos. Eso, obviamente, no garantizaba que fueran muy buenos encordadores porque ni siquiera los conocían y solo trabajaban cuatro días y los rotaban. Entonces necesitaban muchísimos encordadores y, lo peor, muchas veces un jugador que tenía un buen torneo, a sus raquetas las encordaba cuatro días un encordador que luego se retiraba, cuatro días otro y cuatro días otro. En total pasaban como 45 encordadores, donde se le pagaba solamente los gastos de la estadía y no cobraban un sueldo, sino que el premio era encordar en Roland Garros.
En 2008 fuimos diez personas para las tres semanas (incluyendo la clasificación), y el equipo estuvo compuesto de cinco franceses y cinco extranjeros, un personal fijo se podría decir. Se estipuló que a cada jugador le encuerde siempre un mismo encordador y con la misma máquina. Si bien fue un trabajo extenuante, teníamos la ventaja que de noche no encordamos ya que por entonces no se jugaban partidos nocturnos como en Australia o en el US Open. Comenzábamos a trabajar a las 6 y terminábamos aproximadamente a las 21.
La mano de obra se cobró 25 euros para los profesionales y 12 para los juniors por cada raqueta. Es interesante recordar una pequeña anécdota: después de una jornada de mucho trabajo, aproximadamente a las 20, cuando nos empezábamos a preparar para irnos, se estaba jugando el último partido del día entre el croata Ivan Ljubicic y el francés Gael Monfils. Promediando el tercer set vino corriendo el coach de Ljubicic con cuatro raquetas para hacer urgente; no nos quedaba otra opción que hacerlo entre cuatro encordadores y en cuatro máquinas distintas para que sea lo más rápido posible. Inmediatamente nos pusimos a encordar y armamos una pequeña competencia entre los cuatro, para ver quién terminaba primero. El resultado fue increíble: cuádruple empate. En total hicimos 2.727 raquetas. Pude darme el gusto de encordarle a algunos exjugadores a quienes siempre admiré, como el estadounidense John McEnroe y los franceses Henri Leconte y Guy Forget.
En los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 realizamos un trabajo realmente agotador, que se inició el martes 5 de agosto y terminó el sábado 16 del mismo mes. Hay que aclarar que muchos de los grandes jugadores, como Novak Djokovic, Andy Murray, Fernando González y otros, siempre viajaban a los torneos más importantes con sus propios encordadores, pero los Juegos son diferentes: a Beijing, ninguno de ellos los llevó, con excepción de Roger Federer, quien además voló en su avión privado y se alojó en un hotel. Por eso fuimos siete encordadores, todos contratados por la firma Yonex, para trabajar con los participantes.
Algunos días comenzábamos a trabajar a las 7 y terminábamos a las 3 del día siguiente. Si bien los partidos eran al mejor de tres sets, el grueso jugaba singles y dobles, entonces encordaban muchísimas raquetas. Como siempre se hace, nos dividimos a los jugadores y tratábamos de respetar que siempre le encordara el mismo encordador y con la misma máquina. Así fue que, además de todos los argentinos, tuve como clientes a muchos de los grandes nombres. Por ejemplo González (encordaba unas cinco raquetas por día con 50 libras); Djokovic (cuatro diarias con 27 kilos); Wawrinka, Robredo, Kuznetsova, etc.
Nuestro lugar de trabajo era muy bueno, como todo el complejo de tenis. Los estadios que construyeron son realmente fantásticos y la organización excelente. El único problema que yo encontraba era el tema de la comida: los encordadores no estábamos alojados en la Villa sino en un hotel, entonces teníamos mucha comida china y, para mi gusto, todos los días era demasiado. Entonces, en muchas oportunidades, mandábamos a alguien a buscar las salvadoras hamburguesas de la cadena auspiciante de los Juegos...
El día que la rusa Elena Dementieva le ganó a Serena Williams, al rato de terminar su partido vino a dejar todas sus raquetas para encordar para el próximo día y como es jugadora de la marca Yonex, para la cual todos trabajábamos, la recibimos con un caluroso aplauso y realmente se emocionó.
Me llamó mucho la atención la seguridad que había por cada rincón. Cada jornada nos revisaban absolutamente todo cuando entrábamos al club y el primer día nos hicieron cuestionamientos porque los encordadores entrábamos con nuestras herramientas de trabajo, muchas de las cuales son cortantes. Tuvimos que explicarles y finalmente dejarlas en el club hasta el último día para no pasar otra vez por esa situación.
La mano de obra por cada raqueta fue de 200 yuanes o 30 dólares y solo estaban exentos de pagarla los jugadores que tenían contrato con la marca Yonex. Me sirvió mucho estar en Beijing, hice nuevas amistades, trabajé para gente muy seria –como son los japoneses de la marca que nos contrató– y disfruté de un torneo distinto, tanto para mí como para los jugadores.
Mi primer gran torneo fue Roland Garros 1999, y trabajé las dos semanas para Andrei Medvedev, quien llegó a la final. Le personalicé las raquetas antes de comenzar el certamen y quedó muy conforme. Como anécdota, Roberto Argüello me vio y preguntó de quién eran tantos marcos y le expliqué lo del ucraniano. A partir de allí, siempre que nos cruzamos me cargó: “¡Parece que le gustaron las raquetas a Medvedev!”.
* Presente como encordador el Abierto de Australia, Roland Garros, US Open y Juegos Olímpicos. Escribió esta columna para la tetralogía "Historia del Tenis en la Argentina" (Andersen/Puppo) en 2011.
Periodista deportivo especializado en tenis. Artífice exclusivo del reconocimiento de Guillermo Vilas como número uno del mundo.