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Juan Antonio Pizzi resucitó, pero en Avellaneda hacen cola de nuevo para crucificarlo

El entrenador de Racing llevó a su equipo a la final de la Copa de la Liga Profesional, pero ni siquiera esto, más la clasificación en las copas Libertadores y Argentina, logran apagar la hoguera en la que quieren quemarlo desde distintos lados.

En muchas ocasiones, el cargo de entrenador en un equipo profesional de primera puede ser lo más parecido a la silla eléctrica, y sino que lo diga el DT Juan Antonio Pizzi, que en cuatro meses condujo a Racing a dos finales, lo clasificó también para los octavos de final de la Copa Libertadores y permanece con vida en la Copa Argentina, elementos que hoy no impiden que ciertos directivos, hinchas y algunos medios pongan la energía suficiente para carbonizar su cuerpo velozmente como a Juana de Arco.  El 21 de enero realizó en el Cilindro de Avellaneda su primera práctica, pero las cosas no estaban muy simpáticas por esas horas: el delantero Lisandro “Licha” López se había ido del club a jugar a los Estados Unidos, luego de casarse con una de las hijas del presidente racinguista Víctor Blanco, un panorama bastante oscuro al que había que agregar la previsible renuncia de Diego Milito como director deportivo del club. Esa fue la primera polaroid de su esperado desembarco en la institución de Avellaneda, muy poco agraciada realmente para las circunstancias.

 

45 días después, sin demasiado tiempo para acomodar un plantel que todavía estaba en la fase de reorganización tras la partida del anterior entrenador Becacece, le tocó jugar allí en el nuevo estadio Único de Santiago del Estero la final de la Supercopa contra el River de Marcelo Gallardo, un equipo aceitado y con figuras peligrosas. La goleada 5 a 0, que incluyó un gol en contra de Leonel Miranda y el obvio floreo de los millonarios en este nuevo court frente a una formación racinguista “en ablande”, fueron el caldo de cultivo a las pocas horas para que unos cuantos algunos fanáticos, ciertos dirigentes y bastantes medios partidistas que siguen la campaña de la blanquiceleste, comenzaran a tallar con un acelerado interés la cruz en la cual crucificar al ex–delantero de Rosario Central, ahora en su rol de director técnico. Pizzi recibió en esas semanas un total de ocho refuerzos, pero la mayoría de los que llegaron al plantel de Avellaneda parecía con la cabeza en otro lado en esa tensionada situación, lo que no favoreció los planes del DT recién llegado al club.

 

Si algo le faltaba a Racing para complicar su situación por esas semanas, fue la rotura de la burbuja sanitaria en la concentración, lo que deparó la aparición de 12 casos de COVID-19, lo que obligó al técnico recién arribado a meter mano en la formación de acelerada manera, maniobra en la que probó 34 jugadores en 25 partidos, una locura para conseguir un once titular que entendiese la mecánica anhelada por su entrenador. Con el arranque de la Copa de la Liga Profesional de Fútbol, la tendencia irregular no lo ayudó demasiado en ese arranque, pero sin embargo la raigambre defensiva inculcada por el DT provocó que al menos la valla racinguista muchas veces terminara en cero, favoreciendo un arranque de torneo donde todos lucían desmejorados a excepción de Vélez y Colón. Preocupado en el arranque de la Libertadores, tuvo el equilibrio para romper cierto maleficio táctico tras variar de estrategia con línea de cinco, cuatro y tres defensores de acuerdo al partido, una postura que aceleró la instalación de la cruz de madera cerca del vestuario racinguista.

 

 

Después de padecer algunos partidos complicados, la bisagra llegó con el encuentro en la cancha de River por el torneo local, donde la mayoría apostaba por otra brutal goleada del equipo millonario, pero pudo más el amor propio del equipo, la enorme convicción de los jugadores y por supuesto la estrategia de poner el ampuloso micro del club delante de la valla del arquero racinguista, en un match donde el 0 a 0 se celebró casi al exitoso nivel del cruce de los Andes por parte de San Martín. Algunos resultados a favor se vivieron en esos días como la reconversión de un plantel descarriado, momento donde los críticos se vieron en figurillas para aceptar que el equipo podía ofrecer pelea en los dos tornes que en esas horas estaba jugando. Haciendo pata ancha en la Copa Libertadores, mostrando que algunos jugadores habían recuperado la memoria y buscando mantener cierta regularidad en los partidos, insólitamente lo peor estaba por venir, casualmente cuando la confianza del técnico en una recuperación no era una utopía de dimensión incalculable.

 

Increíblemente, tras un par de victorias muy importantes, una de ellas ante Colón sobre la hora en el Cilindro de Avellaneda, Racing debió ir a jugar a Santiago del Estero contra el once titular de Central Córdoba ese fatídico domingo 2 de mayo. Jugando sin atisbos de personalidad y concentrado en mantener la igualdad ante un rival mediocre que atacaba más por entusiasmo que por convicción, faltando 13 minutos para el final, un accidentado gol de los locales conseguido por Carlo Lattanzio generó aquello deseado por muchos de los rivales del flamante entrenador académico. Arponeado por la espalda desde la misma cúpula dirigencial, basureado por los medios partidistas y en el foco de la tormenta, Pizzi vio su cuerpo sangrante en la cruz, mientras Racing se convertía en la comidilla de ciertos medios deportivos nacionales que presagiaban su final en Avellaneda. Todos esperaban en esa hora el desenlace, cuando el equipo quedaba afuera de los esperados plays-off, sin demasiadas chances de ingresar en la clasificación para definir al nuevo campeón.

 

Sabiendo que se jugaba a un todo o nada contra San Lorenzo en la última fecha de la fase regular, Pizzi puso lo mejor que tenía por esas horas en el equipo y convenció al plantel que era en verdad la oportunidad de dar vuelta las cosas y encaminarse a una resurrección inesperada. Los milagros existen y esa tarde de domingo, la Academia le ganó 2 a 0 a un San Lorenzo sin batería que sucumbió emocionalmente después de la apertura del score, partido que dejó adentro de la segunda instancia a los de Avellaneda, expulsando de esta chance a los de Bajo Flores para tristeza del empresario esquelino-bolivarense Marcelo Hugo Tinelli. El milagro o parte del mismo estaba empezando a acontecer, cuando todos en el análisis lo daban por eliminado primero en esa fase y luego en los playsoff previstos para la siguiente semana. Lo cierto es que con la estrategia de resignar el balón y esperar al rival para buscar el arco contrario, Vélez, el gran candidato de muchos, no pudo lograr el gol para eliminarlo y en los penales, la jerarquía del arquero chileno Gabriel Arias puso a Racing en semifinales. Sorpresa absoluta en Avellaneda y todos sus alrededores.

 

La institución cercana al Riachuelo y con la mayoría viéndola sorprendida por resultados que ya no eran accidentales, empezó a pensar y mirar diferente a la Academia. El record de 701 minutos sin goles en contra, el crecimiento de Piatti, la consolidación de Arias en el arco y especialmente el progreso exponencial de sus delanteros Chancalay y Copetti, se convirtió en el esqueleto de un plantel que le salió a pelear el balón a Boca Juniors en un encuentro abúlico y desprolijo, mostrando buenas intenciones en el final del primer tiempo y parte del segundo. En un court sanjuanino donde el empate sello la suerte parcial de los equipos, nuevamente el equipo de Pizzi mostró buena puntería en los tiros penales y gran confianza en su arquero para atajar el lanzado por el “Pulpo” González, frustrando así la chance del tricampeonato para los xeneizes, mientras la mayoría miraba descolocada con la boca abierta como los académicos llegaban inesperadamente a la esperada final, algo que sorprendió a toda la prensa nacional por esos días, la que aguardaba en realidad una caída de los racinguistas para ocupar mucho centimetraje en las tapas de los suplementos.

 

 

Si la pandemia había metido la cola durante la fase regular del torneo, por qué no habría de hacerlo en la fase decisiva. La necesidad de resolverlo todo en las fechas originales, le hubiese permitido al equipo de Pizzi no desarticularse de una formación titular que sabía que podía conseguir ciertos objetivos. Pero el destino metió la cola y con la cuestión de las eliminatorias, los de Avellaneda debieron ceder a dos de sus principales figuras: el defensor Eugenio Mena y Gabriel Arias, el mejor arquero del campeonato, que debieron trasladarse a Chile para jugar con ese seleccionado. De nada valieron los reclamos que hizo la dirigencia académica, sumado a la injustificada decisión de postergar los partidos de semifinal por el problema sanitario en Argentina. Si el torneo se había jugado con una pandemia que provocó 75 mil muertos y nunca se suspendió el fútbol, lo patético de esta decisión de ralentar la definición resultó una muy mediocre concesión de la AFA al poder político de turno. Lo curioso fue que Boca recién entregó al extranjero Cardona recién después del partido con Racing, lo que desnuda la enorme irregularidad de todo lo ocurrido, a pesar que el encuentro entre ambos permitió comprobar la capacidad del suplente “Chila Gómez” atajando penales en el momento decisivo.

 

Racing llegó a la final ante Colón jugada 96 horas después de las semifinales, calendario que hizo concesiones a eliminatorias que poco aportan a los seleccionados de cada país en una previa de un mundial sospechado por lograr la sede para 2022 mediante sobornos. Lo cierto es que entre algún caso de covid-19 y la ausencia de los jugadores Arias y Mena, es cierto que los de Avellaneda llegaron débiles al encuentro final y ocurrió lo que tenía que ocurrir frente a un rival que casi no sufrió modificaciones en todo el torneo. Lo puntual es que Colón de Santa Fe, ahora según la mirada de algunos cínicos analistas porteños casi convertido en la legendaria “naranja mecánica” de Johan Cruyff, debió luchar bastante para conseguir la apertura del marcador, recién en el primer cuarto de hora del segundo tiempo del match decisivo, tras lo cual se desbarrancó el planteo de Pizzi para sostener un plantel herido y desgastado. A la Academia se le hizo muy difícil remontar el partido ante un rival ajustado, un árbitro impresentable y demasiada presión en contra, encuentro que dejó un mentiroso 3 a 0 a favor de los santafesinos que no muestra la realidad de todo lo ocurrido en el irregular estadio sanjuanino.

 

Los incontables enemigos de Juan Antonio Pizzi vieron en este resultado todo listo para poner en marcha nuevamente la crucifixión del técnico racinguista. De nada sirve que la Academia haya clasificado primera en su grupo en la Copa Libertadores, se mantenga viva en la actual Copa Argentina y que haya sido el único de los cinco grandes que llegó a la final del último torneo local. En este campeonato, Racing enfrentó a Independiente, San Lorenzo, Boca Juniors y River Plate, partidos en los que ninguno pudo convertirle al equipo de Avellaneda. Fue el equipo que se sobrepuso a una racha negativa, agobiado por un festival mediático que buscó limar a los más jóvenes del plantel racinguista, tal como destacó Iván Pillud después de la esperable derrota frente a Colón. Los añejos dirigentes de la Academia ya le van buscando reemplazante, probablemente aguardando que en una de las siguientes instancias del torneo continental el equipo quede eliminado, una situación que naturalmente intuye el actual técnico, entendiendo que ni siquiera llegando a la final de la Libertadores podría asegurarse su continuidad para la próxima temporada. Habiendo resucitado de una inevitable crucifixión que lo daba por eliminado hace varios meses, el presente de Juan Antonio Pizzi parece tener el mismo destino, el destierro por más que, en estos meses, logre revertir una situación donde nada parece conformar a los dirigentes y la hinchada de Avellaneda, que antes no se mostraba fastidiosa con campañas mediocres.

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