Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Era por abajo

Los Argentinos tenemos una capacidad impresionante para degradar todo.

El día que se jugó la final de Brasil 2014 entre Argentina y Alemania, yo estaba en Río de Janeiro. Había viajado unos cinco días antes con mi amigo Zamora, a él lo había mandado un diario a cubrir los últimos partidos de un mundial realmente apasionante.

Me acuerdo, después de ver la victoria por penales frente a los holandeses (el partido del “Hoy te convertís en héroe”, que lo cuento más abajo), de Zamora en un cyber café de Copacabana escribiendo una crónica a toda máquina y yo afuera, tomando una Skol helada (quizás lo que más admiro de los brasileños sea su capacidad para mantener la cerveza a la temperatura ideal, incluso en las peores condiciones objetivas), mirando cómo pasaba la gente que venía del Fan Fest, un predio medio raro en el que pasaban los partidos más importantes que en Río estaba, como no puede ser de otro modo, en la playa.

El "Hoy te convertís en héroe" tiene su micro historia. El 9 de julio de 2014, la Albiceleste logró una victoria épica en las semifinales, con una frase de Jefecito que se hizo bandera. En un momento en el que se conoce que se perderá la Copa del Mundo de Rusia por una lesión en la rodilla derecha, el recuerdo de su mejor momento en el arco de la selección argentina potencia su historia. Nadie atajó más partidos que él con el buzo de la selección. Las palabras de Mascherano quedaron en la historia. No sólo por lo emotivo y la circunstancia, sino además porque Romero atajó dos penales en la definición y fue, efectivamente, el gran héroe argentino aquella tarde noche paulista. Y hace un mes, Romero reveló qué fue lo que le dijo el N°14 antes de la famosa frase.

Las circunstancias en Brasil me permitieron darme cuenta de que tenemos una capacidad impresionante para degradar todo. Las de Río de Janeiro (incluso en Copacabana), son unas playas hermosas. Amplias, relativamente limpias, accesibles. Nosotros las habíamos transformado en campings superpoblados al aire libre, donde se escuchaba música a volúmenes demenciales, se tomaba fernet y cerveza en todo momento y se jugaba a la pelota pensando más en molestar al brasilero que no se resignaba y seguía yendo a su playa, a pesar de que la “fiebre mundialista” se expandía, para usar la misma metáfora, como un virus letal, que en divertirse. Se hicieron virales centenares de videos de hinchas argentinos bailando con los locales y “agitando” con cumbia, cuarteto y todo tipo de canción devenida a canción de cancha.

Pocos días más tarde, y con el gol de Götze, este paréntesis en el tiempo llegó a su final y los turistas que habían invadido uno de los países más lindos del mundo, volvieron a sus vidas. Con Zamora, bastante tristes porque por unas horas sentimos que había posibilidades concretas de ser campeones del mundo (y la verdad es que estuvimos cerca), nos quedamos a ahogar las penas, unos días más, en una playa a unos 200 km de Río de Janeiro.

A las 24 horas, la final del mundial nos parecía un evento lejano, casi confuso. La fiebre había aplacado, y solo quedaban el sudor y el cuerpo cansado. No sonaba más la música en los parlantes ni los argentinos invitaban a bailar a quien pasara cerca suyo. La alegría no era brasilera, pero tampoco argentina. Diría, sin ánimos de caer muy abajo, que no había alegría. Todo había vuelto a la normalidad. Lo que sí, cada tanto, entre trago y trago de infinitas latas de Itaipava, nos mirábamos y nos decíamos, a veces incluso sin hablar, “era por abajo”.

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