Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Capitanes: Diego Armando Maradona

Diego es la demostración de que, a veces, Dios, el kósmos, el destino o como quieran llamarle trata de que las cosas sean un poco más justas.

Para escribir esta columna de la serie “Capitanes” (que le estamos dedicando a los capitanes de las distintas selecciones argentinas) no voy a investigar. No me importan los detalles, las estadísticas, los datos curiosos. No me hacen falta: amo a Maradona. Por eso, voy a escribirla desde el corazón.

Fue el uruguayo Eduardo Galeano quién alguna vez dijo, que Diego era “el más humano de los dioses”. “Maradona se convirtió en una suerte de Dios sucio, el más humano de los dioses. Eso quizás explica la veneración universal que él conquistó, más que ningún otro jugador. Un Dios sucio que se nos parece: mujeriego, parlanchín, borrachín, tragón, irresponsable, mentiroso, fanfarrón”.

Así como el mundo se divide entre los que necesitan estar rodeados de gente feliz para ser felices ellos mismos, y los que justifican su felicidad en la superioridad con respecto al de al lado, el mundo se divide entre los que aman a Maradona y los que no. Diego es la demostración de que a veces Dios, el kósmos (entendido a la griega), el destino o como quieran llamarle, trata de que las cosas sean un poco más justas.

Hizo nacer a un superdotado en un deporte popular en un ambiente poco propicio a cualquier tipo de desarrollo, y, sin embargo, como el yuyo que sale de entre los adoquines, Diego explotó. Cuando fue a Europa, primero pasó por Barcelona, lo que no tiene nada de particular (más allá de jugar en uno de los mejores clubes del mundo, claro), pero después fue a un equipo medio pelo del cual también estoy enamorado: Napoli. Aunque geográficamente quede en Italia, es una ciudad tan latinoamericana que asusta. Ahí le ganó al norte altanero, a los equipos de Turin y de Milano, a los que tienen la guita. Otro punto para el Diego.

Con las Selección, ni voy a googlear los goles y los títulos: no sé cuántos son, lo que sé es que ocupan un espacio enorme en mi corazón. No me importa cuántos goles haya hecho: con el segundo a Inglaterra me alcanza. En el 86 yo tenía 5 años. Estaba viendo el partido con mi papá y recuerdo que en un momento se quedó muy quieto, más de lo normal, y dejó de respirar, y empezó a abrir los ojos cada vez más, hasta quedar casi desorbitado. Cuando pensé que le estaba pasando algo malo, lo vi gritar desaforado y llorar de alegría. Creo que es la única vez que vi a mi viejo llorar de alegría. Y eso se lo debo a Maradona. El resto es gilada.

“La exitoína es una droga muchísimo más devastadora que la cocaína, aunque no la delatan los análisis de sangre ni de orina”, agregó el autor uruguayo. Pero, como sigo hablando desde el corazón, no me interesa explayarme en esa parte, sin dudas importante, de la vida de “El Diez”. No me interesa llenar palabras debatiendo lo que todos ya sabemos como si no estuviéramos hablando de una persona. La persona más conocida, literalmente, del mundo, sí. Pero persona al fin y al cabo. Mortal e imperfecta.

En 2015 cuando Maradona  supo que Galeano había muerto le dedicó un cálido mensaje: “Gracias por luchar como un 5 en la mitad de la cancha y por meterles goles a los poderosos como un 10. Gracias por entenderme, también. Gracias, Eduardo Galeano: en el equipo hacen falta muchos como vos. Te voy a extrañar”.  Eso es Maradona. Talentoso, apasionado, torpe, sensible, poeta. Poeta, sin dudas. Eso significa y seguirá significando este capitán en mí y en la vida de muchos. Quien se quede afuera de esta magia es el que pierde.

Rating: 0/5.