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Cabalén: morir haciendo lo que amás 

Tan apasionado por la velocidad fue Oscar Cabalén, que murió en una pista de carreras. 

En la tranquila localidad santafesina de Chabas, por la década del 30 un inquieto niño andaba las calles de tierra. Jugaba a ser piloto de aviones, atleta o superhéroe. Se llamaba Oscar Cabalén y, ya de jovencito y mudado a Córdoba, ingresaba una vez y para siempre al mundo de la velocidad. Mundo de vértigo, adrenalina y peligro que lo acompañó hasta su último suspiro, en un autódromo. 

En aquellos años aventureros, muy pronto, los autos le ocuparon la mente. El Turismo Carretera con su magia y poder de atracción, lo ganó entre sus adeptos. No fue raro, entonces, que en una Vuelta de Córdoba en el año 1950, debutara en la categoría. 

Por entonces, el trabajo le absorbía mucho tiempo, pero siempre encontraba un resquicio para su pasión. Fue a correr a Europa, donde supo demostrar su capacidad y exquisitez conductiva a bordo de los mejores “pura sangre” de la época. Alternó los TC con autos de Turismo también descollando. 
Fue él quien trajo los Ford Mustang al país, corriendo en ambas categorías con similar éxito. En el TC, cuando llegó la época de la revolución, no se quedó parado y encaró la construcción de un Falcon para la tierra y de un Mustang para el asfalto.  
Con método, organización y talento conductivo, logró ganarle varias veces al temible equipo oficial IKA, que dominaba en aquel tiempo. 
Eso fue bien visto por el presidente de Ford Motors Argentina, y cuando salió a las pistas el prototipo construido por Competición S.A., se lo ofreció para su conducción. Un cachetazo del destino, quiso que este genio se nos fuera en un accidente, probando el auto. Y, aunque no ganó campeonatos, ni demasiadas carreras, mucha, muchísima gente lo lloró porque fue un ídolo de carne y hueso. 

La vida en la pista 

Fue un frío 25 de agosto de 1967 cuando Cabalén se mató en San Nicolás. Con él se fue también su acompañante “Pachacho” Arnaiz. Estaban probando el azulado prototipo Ford de fábrica. En una de las salidas, el prototipo se salió del camino, a más de 205 km/h, haciendo trompos y volcando. Se incendió. El vehículo, de carrocería de fibra de vidrio, de fácil combustión, se incendió muy rápidamente con gasolina de alto octanaje, atrapando a los conductores en el habitáculo. La gente de esa localidad bonaerense recuerda ese momento trágico que puso un gran crespón negro, para la gloriosa etapa del Turismo de Carretera en San Nicolás. Dicen que ese viernes la noticia corría como reguero de pólvora por la ciudad. Los que podían salían en autos o lo que fuese hasta el lugar del accidente. Allí estaba el auto calcinado y ambos tripulantes dentro de él. Algunos se llevaban de recuerdo partes del auto que fueron quedando en su camino trágico.   

Cuentan que el Califa, como también lo apodaban, era locuaz, muy expresivo, de sonrisa amplia. Un tipo macanudo. De esas personas simples, modestas, humildes; grandes en serio. La destreza del pilotaje; el valor frente al peligro. La avidez por los negocios que le permitieran correr, siempre correr. Cabalén hizo todo por eso. 

Cabalén está sepultado en el Cementerio de San Jerónimo, Provincia de Córdoba. El autódromo de camino a Alta Gracia, uno de los más trascendentales en la historia del deporte motor en nuestro país, le rinde un permanente homenaje llevando su nombre, enalteciendo sus huellas, recordando quién fue, qué hizo y por qué forma parte del legado cultual argentino, más allá del deportivo. 

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