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Boca del Mundo

Breve historia de los primeros años de Boca Juniors, el orgullo de La Boca, un barrio que cumple 150 años.

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Boca del Mundo

Solamente treinta y cinco años después de la autonomía boquense nacería el club que lo identifica en el fútbol, y más allá, con el "Dale Booooo". Si Boca Juniors es un sentimiento que no puede parar, mucho se lo debe a sus raíces de club de barrio. No de cualquier barrio, claro. Uno que posee una alma propia, distinta y distintiva a cualquier otra de Buenos Aires, y que tiñe la casaca de Azul y Oro desde 1907. “Hay gente suficiente para formar un club”, se fundamentaron en la boquense Plaza Solís un veranito de abril Esteban Baglietto, primer presidente, Alfredo Scarpatti, Santiago Sana y los Farenga, Juan y Teodoro. En una plaza entre conventillos nació Boca Juniors. Sangre italiana, pasión genovesa, corrían por sus venas, y a punto estuvieron de llamar a la flamante institución “Estrella de Italia”. Otra alternativa fue “Defensor de La Boca” y finalizaron en Boca Juniors, con el agregado juniors, la moda de un deporte de flema inglesa que maestros y ferrocarrileros de la Corona traían a las pampas. Y que perderían para siempre entre gambetas y picardía criolla.

Convengamos que llamar institución es una manera de entendernos. Boca estaba en la misma situación que los clubes formados en la ráfaga dorada de 1901-1908, y que alumbró a la vera del Riachuelo, a los más tarde llamados Cinco Grandes –más Huracán–. Humildes asociaciones civiles, sostenidas por enormes espíritus solidarios barriales, que en el caso nuestro eran predominante obreros, repartidos entre estibadores, barraqueros, conductores de carro, curtidores y demás oficios de mar. Mucho trabajo y poco tiempo para el ocio. Sin embargo, en los tiempos de la gallardía del Alumni se darían circunstancias extradeportivas que ayudaron al nacimiento del fútbol argentino, superador de la primera fase aristocrática. El descanso dominical y el despretigio de la pelota vasca, anterior pasión porteña caída en desgracia por “arreglos”, junto al cierre de las populares riñas de gallos, estimularon la práctica del balompié entre los sectores populares. No olvidemos también las campañas moralizadoras que venían cruzadas desde la Iglesia a los socialistas y anarquistas, que pretendían con el deporte alejar a los pobres de los vicios de las “grandes ciudades”.

Manuela Farenga, pionera de Boca Juniors

Allí aparece Boca Juniors con una arrolladora fuerza inicial, más de 200 socios a las pocas semanas, que incluye a un vecino club Independencia casi anexado, aunque los magros ingresos eran un problema diario. “A. Farenga propone que, en vista de que un amigo suyo podría hacer las redes sin cobrar nada, pide que se compre el hilo necesario para ese objeto, lo que es apoyado, pero esto último queda sin efecto debido a que el señor Brichetto manifiesta que él iba a regalar el hilo necesario para ese trabajo. El señor Cerezzo, a continuación, manifiesta que regalará las agujas necesarias para tejerlas; y a continuación el señor Sana dice que regalará también un pedazo de red adecuada para el caso”, queda establecida en esa acta de club la pobreza franciscana del naciente deporte pasión de multitudes. ¡Si la hermana de los Farenga, Manuela, cocía los listones negros sobre camisetas blancas de los primeros partidos! Arrancaron con el pie derecho con una victoria sobre el club Mariano Moreno por 4 a 0. Y Brichetto no solamente iba a regalar el hilo para los redes de los arcos que atajaban las pelotas de tiento, esas de cueros cocidos a mano que pesaban una tonelada mojadas, y eran peligrosas en la abertura del pico. Por ellas usaban boinas los jugadores hasta los cuarenta. No era por despeinarse al cabecear, sino evitar los cortes terribles en la frente. Nuestro Brichetto iba a regalarle, junto al hilo al club de sus amores, los colores definitivos cuando trajo la solución inspirada en un vapor sueco.

Ya tenenos el club, que tuvo varias sedes en sus primeros pasos, incluso la misma casa de Baglietto frente a la Plaza Solís, y tenemos la camiseta pintada de azul y amarillo, aunque al principio la opción era exactamente el revés. Faltaba la cancha. Un problema nada menor en un Buenos Aires que ya empezaba a dejar pocos huecos, pocos potreros. Primero fue a un costado de la Dársena Sud, entre las calles Pedro de Mendoza, Colorado, Senguel –hoy Pérez Galdós– y Gaboto, que ni siquiera tenía vestuarios, ralas gradas, y debían cambiarse los jugadores en una casa vecina.

La Argentina Football Association, antecedente de la AFA, exigió medidas en el camino del profesionalismo, que tardaría unos veinte años más en llegar a la Argentina. Pero ya era la época del “marronismo”, como lo llamaba despectivamente la oligarquía deportiva, y los jugadores empiezan a recibir alguna retribición por sus servicios intercalados con duras jornadas laborales. Boca tuvo que instalarse en la isla Demarchi, detrás de las Carboneras Wilson, en unos terrenos fiscales y, pronto, es desalojado por el mismo Gobierno nacional que les había cedido el solar. Habían invertido en obras la fortuna de 10 mil pesos, una quimera para cualquier familia boquense, y que se reunió con el millar de socios. Wilde tiene un paso fugaz como mojón para la cancha, los socios pasan de 1500 a 300 por las distancia, el corazón del club es La Boca, y el operativo retorno triunfa en 1916 con la cancha de Ministro Brin y Senguel, que utiliza las tribunas traídas desde Avellaneda. Cinco años después de consigue el solar actual de Brandsen y Del Crucero, donde se levanta la Bombonera en 1940.

La Mitad más 1

Para los veinte, Boca Juniors pasea su hinchada por las canchas rivales, tal vez la primera en el sentido moderno. Porque el “Jugador Número 12”, “La Doce”, “La Mitad más uno”, fue una total novedad con sus xeneizes que invadían las tribunas con bombos, platillos, banderas y, sí, la barra chica que arengaba con sus cantitos. Y venía la hinchada boquense con una idea original donde la hincha no cumple un rol pasivo, alienta a rabiar a los jugadores y, además, debe derrotar a las hinchadas rivales con toda la artillería de un proto merchandising, con los colores del club, y la chispa de sus estribillos. Y se alienta desde el minuto cero al noventa, sin moverse del estadio, algo que cualquier interesado puede comprobar un domingo cualquiera en el estadio Alberto J. Armando. Otra característica general del hincha argentino es su afición al espectáculo más que al deporte, no es la mayoría quienes practican el fútbol, aunque en Boca tenían desde el arranque las puertas abiertas, como lo atestiguan las divisiones inferiores desarrolladas desde 1908.

De los años míticos con la capitanía de Juan Antonio Farenga siguen los campeonatos de 1919, 1920, 1923 y 1924, aquellos del arquero Américo Tesoriere, el estandarte Pedro Calomino y el huevo, huevo de Alfredo Garassino. Y la gira internacional de 1925, la primera de un equipo argentino, que gana 15 partidos y pierde solamente tres, en canchas de España, Francia y Alemania. Para contextualizar en la época es comparable con los triunfos en el boxeo de Ángel Firpo en Estados Unidos y la victoria uruguaya en las Olimpiadas de 1924. Algo estaba pasando en el Río de la Plata y Boca llevaba la bandera argentina al mundo.  

 

Fuente: Speroni, J. "Historia de la Mitad más Uno" en revista Todo es Historia. Nro. 4. Año 1967. Buenos Aires; Troncoso, O. Buenos Aires se divierte. Buenos Aires: CEAL. 1971; De Marinis, H. La pasión futbolística. CEAL: Buenos Aires. 1982; https://www.bocajuniors.com.ar/el-club/historia

 

Fecha de Publicación: 09/09/2020

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