Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Argentina y los Mundiales. 1930. Gardel, Varallo y la batalla del Río de la Plata

El primer certamen en Uruguay, umbral del ascenso irresistible del deporte más popular planetario, tuvo una final controvertida con patadas por doquier y mucha milonga. Nada de fair play.

“¡Hasta en el África! por Julián de Monte Pío: -Supongo que no atentarán contra la vida de este capitán del equipo argentino de foot-ball que tan buen papel hizo en las últimas Olimpíadas. Jefe Caníbal: -¡Oh! Estos son grandes muchachos. ¿Cómo están Cherro, Monti, y Bossio?-… Desde ya son mis huéspedes de honor”, en la viñeta de Dante Quinterno del 10 de mayo de 1930 en diario La Razón, diálogo entre el antecesor de Isidoro Cañones y un jefe de tribu africana. Para las audiencias argentinas de los treinta, consumidoras de miles de periódicos y cientos de horas de radio, al igual que otras en la orbe, los jugadores de renombre estaban metidos en el lenguaje cotidiano, al igual ahora que Messi o Cristiano Ronaldo. Eran como de la familia y no hacía falta seguir ninguna cuenta virtual. Faltaban dos meses para el debut absoluto de esta eclosión mediática y humana, que ningún crack económico pude detener, ni los horrores europeos en el horizonte. Y cuando el 13 de julio de 1930 la dura pelota de tiento rodó en simultáneo, en Pocitos y Parque Central, Montevideo, empezó esta locura mundialista que cada cuatro años paraliza los corazones, superando guerras, recesiones y pandemias.  

Aquella primera edición contó con dos protagonistas excluyentes, que representaban el juego rioplatense que había conquistado Europa en los veinte, y que en cancha, y fuera de ella, revivieron una rivalidad ancestral. Argentina y Uruguay jugaron una de las más polémicas finales de todos los tiempos, victoria charrúa, y que a falta de sillas, como las que volaron en 1928 cuando Carlos Gardel pretendió agasajarlos en conjunto en Ámsterdam, tuvo amenazas, patadas y hasta mancazos.

Los empleados rumanos en cortos

La realización de un torneo internacional era un viejo anhelo de la Federación Internacional de Fútbol Asociado FIFA, nacida en Europa en 1904 para discutirle la supremacía inglesa de la Football Association Ld. Ya en 1905 planeó un torneo similar al que se desarrollaría en Sudamérica, sin éxito, a lo que en un camino alternativo, se hizo cargo de la organización de la competencia en los Juegos Olímpicos, siendo el primer dorado medallista Bélgica en 1920. Un 25 de mayo de 1928 la FIFA decide que era hora de independizarse y, un año después, eligió a Uruguay, base a sus dos recientes conquistas olímpicas (1924 y 1928), y adhiriendo al centenario de la constitución uruguaya.

Por aquel entonces el país hermano, pese a la crisis financiera y social del Crack del 29, vivía  un periodo de crecimiento y modernización económica; fundamentales para sustentar la propuesta apoyada por Italia y Argentina. Según cuenta el periodista e historiador uruguayo Luis Prats en “La Crónica Celeste”, citado por Oscar Barnade, “por ley -del 16 de mayo de 1930- se pusieron a disposición de la Asociación Uruguaya de Football 300 mil pesos oro ‘en calidad de subvención’ para la organización del torneo y 200 mil más en concepto de ‘préstamo sin interés’ amortizable en 30 años, para la construcción del field oficial”; el Estado Centenario, que no estaría terminado el 13 de julio, y que en varios sectores, aún conserva las leyendas de los hinchas que asistían a los primeros partidos con el cemento fresco.

Fueron denodados los esfuerzos del presidente FIFA Jules Rimet, que daría el nombre al primer trofeo, de oro macizo, 30 centímetros de alto y pesaba 1,8 kilos -en poder de Brasil, luego tricampeón, y que fue robado y fundido en los ochenta-, para seducir a los afiliados, especialmente europeos, a embarcarse al Cono Sur, en viajes que superaban el mes en barco. Y ellos se negaban también denodadamente con la justificación de la crisis económica, que escondía el despecho de no haber sido elegidos de sede. Así que solamente llegarían del Viejo Continente al Río de la Plata, Francia, Yugoslavia, Rumania -favor personal a Rimet del rey Carlos II, que envió empleados de la petrolera estatal (sic)-, y Bélgica, que protestó no ser cabeza de serie como campeón olímpico, y casi deja un plaza vacía a seis días del pitazo inaugural. En total fueron trece naciones, con preeminencia sudamericana. Y el francés Lucien Laurent, a los 19 minutos del match entre la selección gala y México, anotó el primer gol de la historia de los Mundiales, el 13 de julio de 1930 en la vieja cancha de Peñarol, que no existe más desde 1937, ante mil personas.

“Nosotros no le podíamos ganar porque éramos cobardes”

“La campaña preliminar en el campeonato de celestes y albicelestes nos dijo que los argentinos - mis compatriotas- debieron apurar luchas más difíciles, una porque sus rivales sean de mayor fuste que los que le tocó en suerte a los uruguayos, y otra porque tenían fundados recelos de la animadversión popular que en forma tan desconsiderada se había exteriorizado con motivo del match con Francia. Pero todos los obstáculos fueron sorteados y argentinos y uruguayos fueron mejorando su desempeño para llegar al final como los más legítimos valores del campeonato, y por consecuencia, como los más habilitados por derecho a dirimir el título de primer campeón del mundo”, analizaba Chentecler, el enviado especial de la revista argentina El Gráfico, fundada en 1919 por el uruguayo Costancio Vigil. Lo cierto que la Argentina superó el único grupo de cuatro, los demás fueron de tres, tuvo rivales de más peso que Uruguay, y despachó con goleada a Estados Unidos en la semifinal aunque terminó con varios lesionados. Por otra parte, quien luego sería campeón mundial con Italia en 1934, Luis Monti de San Lorenzo, había sido amenazado de muerte.

Como después se filtró en la prensa, “los delegados sólo iban a pasear y comprar. No controlaban a los jugadores. El entrenador Francisco Olazar -que se decía era manejado por los jugadores Nolo Ferreira, Monti, Zumelzú y Toto Cherro; nada nuevo en las canchas- no tenía autoridad”, en el diario La Argentina. Y sin una voz de mando, ni de suficiente valor para mantener unido al grupo ante la adversidad, a muchos le temblaron las piernas en la concentración argentina. Debió viajar personalmente el presidente santo Pedro Bidegain a convencer a Monti que juegue, y Adolfo Zumelzú, el hábil delantero de Sportivo Palermo, tuvo una repetina lesión el día anterior. “La moral del conjunto argentino estaba minada, y muy peligrosamente”, cerraba la crónica Chentecler en 1930. O en palabras de Francisco Pancho “Cañoncito” Varallo, uno de los máximos artilleros xeneizes, “nosotros no le podíamos ganar a los uruguayos porque éramos cobardes. La mayoría de los jugadores les tenían miedo, y ellos siempre nos ganaban porque eran más guapos”, remataba el diario La Prensa en 2001 con un “todavía tengo bronca de aquella final”.

Otra vez se verían las caras argentinos y uruguayos ante 68 mil espectadores, el 30 de julio de 1930. Reeditando una rivalidad que arrancó en los albores del amateurismo y que ya tenía varios incidentes, incluído el asesinato de un hincha oriental por un barra de Boca, amigo de varios jugadores de la selección, en el Sudamericano de 1924. “Aquel que injurie a un jugador o hincha de cuaquier bando debemos considerarlo extranjero a nuestra América”, rezaba un cartel en la entrada del estadio Parque Central de Montevideo ese día. Seis años después, y dos finales olímpicas para la celeste, con la de 1928 que ganan con un gol en offside según la prensa imparcial, el árbitro belga Langenus, de raro atuendo,  gorra y pantalones de golf, da por comenzada la nueva batalla del Río de la Plata.

Pasaron cosas

Arrancan mejor los uruguayos en “La Estancia”, el Centenario que medía 110 metros por 82, pero los argentinos terminan arriba el primer tiempo, y con goles de Carlos Peucelle y Guillermo Stábile, 2 a 1. La clave fue la tarde magistral del Primer Botín de Oro de los mundiales, el jugador de Huracán Stábile con sus 8 tantos, quien clavó el segundo, enmudeció al estadio, y volvió loca a la defensa rival con las gambetas que enamoraría a los italianos del Genoa. A todo esto, Monti casi no corría. Todo cambiaría en el entretiempo. Al igual que la pelota, Pelota Argentina de 12 paneles; T-Model uruguayo en la segunda etapa.

“Al final del primer tiempo ganábamos 2-1 y yo pensé: "Chau, ya son nuestros". Sobre todo porque ellos eran viejos: la mayoría había sido campeón de los Juegos Olímpicos de Amsterdam del '28, y nosotros corríamos mucho más..”, contaba Varallo en 1996 a Hugo Suerte del Gráfico, “Y... en el entretiempo empecé a sentir cosas raras. Estábamos en el vestuario y escucho decir: "Si ganamos, acá nos matan". El Conejo – Alejandro- Scopelli no quería ni jugar, tenía miedo. Y hubo jugadores tiernitos. -Juan- Evaristo, por ejemplo, no era de dar patadas. Además, a Monti lo amenazaron mucho”. A fuerza de patadas, manotazos y mancazos, el célebre delantero celeste Héctor Castro con el antebrazo mutilado golpeó al argentino arquero Juan Botasso, dejándolo casi sin movilidad, los charrúas dieron vuelta el resultado y la alegría fue local. “Jugábamos con ocho”, se lamentaba Peucelle. Aunque casi se trastoca la fiesta uruguaya con el bombazo al travesaño de Pancho Varallo, jugando rengo como Maradona en el Mundial 90, y las multiplicidad heroica en cancha de Peucelle, Evaristo y Stábile.

“Estaba indignadísima -la gente desde este lado del charco-: los diarios "Crítica" y "La Razón" inducían a no jugar más con los uruguayos. El tema se debatía hasta en los altos niveles políticos. Se armó una rosca grande. Por eso, ahora, cuando escucho a las hinchadas gritar "Uruguayo, Uruguayo", yo reacciono y digo: "¡Si supieran lo que nos hicieron!" Pero no quiero hablar, no quiero pelearme con nadie más. Lo que dije ya lo dije, y ellos nos ganaron bien, de guapos”, admitía con entereza deportiva Varallo. Quien compartió andanzas con Gardel.

Venga, Carlitos

“Vivíamos en la Barra de Santa Lucía, a unas dos horas de Montevideo, y hasta Carlos Gardel se acercaba a jugar a la lotería con nosotros. A Gardel, que era un burrero de alma, le gustaba compartir momentos con los jugadores que tenían chispa, como Evaristo y -Rodolfo- Orlandini. Una noche le digo al Zorzal: "Venga, Carlitos, véalos a estos dos". Me acompañó a la pieza de Evaristo y Orlandini, los destapó y... ¡Estaban vestidos de jugadores, con la camiseta argentina!”, seguía el recuerdo Pancho, ídolo salido de Gimnasia y Esgrima de La Plata. En su gira europea de 1928 el Morocho del Abasto, que en su juventud jugó de lateral en El Porvenir del Plata, intentó apaciguar los ánimos después de la final en Holanda, con una grandiosa y fraternal fiesta en el cabaret parisino El Garrón, que terminó a los sillazos y trifulcas al por mayor.

Esta vez, precavido, pasó a visitar a las delegaciones por separado. Antes del debut vencedor contra Francia, uno a cero gol de Monti, Gardel se acercó a la delegación argentina e interpretó un repertorio que incluía "Patadura", tango que menciona Manuel Seoane (Independiente), Domingo Tarasca (Boca Juniors), Pedro Ochoita (Racing Club) y Monti (San Lorenzo de Almagro). Unos días después a la prensa diría nuestro cantor número Uno, “Queda en el Río de la Plata -la Copa del Mundo-. De eso no me cabe la menor duda. Los argentinos vienen bien. A los uruguayos ya los conocemos. Cuando no ganan, empatan. Y si pierden, la diferencia es de media cabeza”, dejando escapar el alma burrera. Fue a varios partidos de ambas selecciones pero el Zorzal no presenció la finalísima en el Centenario. Al acabar el partido que coronó a los uruguayos se dirigió al hotel campeón del mundo y entonó “Enfundá la Mandolina”, “Palomita Blanca” y “Cruz de Palo”. Y decidió sumarse al festejo oriental junto a los hinchas, sus guitarristas, los jugadores y dirigentes, sin dejar de estar pendiente de sus queridos argentinos. Porque en el alma gaucha de Gardel, acompañando a su amigo Varallo, sentía lo mismo que Pancho casi 70 años después, "Mire, muchacho, esa final que perdimos en el '30 la tengo acá".

 

Fuentes: Barnade, O. Iglesias, W. Todo sobre la selección. Buenos Aires: Club House. 2014; Santoro, W. Sucesos Gardelianos. Buenos Aires: Fundación Internacional Carlos Gardel. 2021; Muñiz, M. Al mundo cruzando el charco. La prensa de Buenos Aires y el imaginario de un fútbol global durante el Campeonato Mundial de 1930 en revista Prismas vol.25 no.2 Bernal. Buenos Aires. Diciembre 2021; Elgrafico.com.ar

Imágenes: Télam

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