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Cuando Las Manos Hablan

Las manos de las mujeres Wichís vienen a ofrecer su corazón.
Notas del lector
23 abril, 2019

Por María Cabeza

En un tiempo no muy lejano pero sí olvidado, las manos tenían un valor tal que se les atribuía, inclusive, poderes curativos y sanadores. Hoy, lejos de aquellos momentos de valorización de lo simple y cotidiano, estamos prescindiendo de ellas hasta llegar a proponer dejar de lado la letra manuscrita y reemplazarla por una laptop, un ipad, ¿Una mano electrónica quizás?

Sin embargo, hay quienes, desde un lugar muy pequeño pero con un corazón abierto y el alma llena del orgullo inalterable de pertenecer a esta tierra, la Argentina, nos muestran que sus manos hablan. No, no es brujería, es un hechizo.

Esta mujeres hechiceras (que con su labor iluminan la cara de quien admira su obra) son tejedoras del Norte Argentino. ¡Cuánto se ha hablado de ellas! Cuántas veces se ha nombrado a los Wichís, a los Comechingones, Diaguitas, Tehuelches, Tobas… “Los Pueblos Originarios”. Pero qué poco se enaltece lo que hacen, lo que dan.

No voy a decirles qué les falta, ya harto humilla el rezo que no llega y plegaria no escuchada. No les agrada la limosna, saben bien que una vez que se abre la mano, jamás vuelve a cerrarse. Son hombres y mujeres que van por la vida con la cabeza en alto.

Sí voy a contarte lo que, en este caso, las mujeres Wichí de Formosa dan a corazón abierto, bajo el sol o la luna, sin pedir, sin pestañar, con honra y con respeto.

Las mujeres Wichís se destacan por el tratamiento de “El Chaguar”, que es un planta alimenticia y textil cuya fibra es utilizada para desfibrar la hoja, hilar, teñirla de forma natural y luego tejer esas maravillosas piezas que compran desde particulares hasta diseñadores para sus colecciones aclamadas aquí y en el mundo.

No me resultó extraño que se rehusaran a aparecer en alguna foto, ni siquiera me tomó por sorpresa que me pidieran no dar sus nombres. Comprendí su silencio, la actitud de protegerse. Muchas veces engañadas por intermediarios, hoy tienen su propia Cooperativa, sólo formada por mujeres Wichís.

Las he observado durante un largo tiempo y he sentido que no todo está perdido. Largas horas en silencio, trabajando sin cesar a tal punto que uno no entiende bien si es indiferencia o si es parte de un ritual que se viene dando hace años y que ahora se abría para mí, la observadora de este andar por la vida con despojo, la alumna que debía escuchar el silencio sin decir una palabra. Sentir es la consigna, oler al otro, mezclarse con su obra, entrelazarse con sus manos, esas que dan tanto y piden tan poco.

Las Wichís dibujan, en sus lienzos de diferentes colores, figuras que reciben nombres que solo ellas saben su secreto: codos, lomo de avestruz, caparazón de tortuga, pata de zorro, pecho del pájaro carpintero.

Salgo de un trance profundo, plena de dulzura, de entrega, de paz y esperanza. No todo está perdido. Las manos de las mujeres Wichís vienen a ofrecer su corazón.

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