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Son bebés, son personas, hablémosles como tales

A los mendocinos nos encanta hablarles a los bebés cambiando la voz y con palabras inexistentes. Lejos de enseñarles a hablar, los confundimos.

Seguramente es una costumbre repetida en todo el mundo. Las personas adultas suelen hablarles a los bebés de forma diferente. Para sonar más tiernos, como si cambiando la voz y hablando en otro tono pudieran entendernos. Sin embargo, los mendocinos somos abonados a esa costumbre. Incluso, la estiramos más de la cuenta. A punto tal de que los (ya convertidos en) niños llegan a mirarnos como diciendo: “¿Y a este qué le pasa que me habla así?”.

En palabras es difícil definir las caras y los tonos agudos a los que llegan los abuelos, las tías y los propios padres al momento de hablarles a los bebés. Los pequeños, lejos de entender lo que se les está tratando de decir, se asustan.

Es la forma, no lo que decimos

Por lo general, solemos quedar satisfechos cuando un bebé responde o se da vuelta al mencionar su nombre. Quedamos satisfechos pensamos: “¡Qué inteligente es mi hijo!”. O: “¡Ja, el hijo del Topo todavía no sabe ni cómo se llama!”. Competencias sin sentido.

Lo cierto es que no es que el bebé sepa su nombre, o que entienda el significado de la palabra “no”, cuando le prohibimos alguna acción. Los especialistas afirman que lo que ocurre es que hay un patrón que se repite en la intensidad y el tono que utilizamos al momento de mencionar esas palabras. Como siempre ocurre en momentos en los que retamos a los más pequeños, lo que los advierte es nuestra voz en ese determinado tono e intensidad, y no su nombre o la palabra “no”.

También son las palabras

Pero no es solo el tono y las formas de expresarnos, también son las palabras inventadas que surgen. A los mendocinos nos encanta decirles:

 

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