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Peregrinos

“Che, prima de Valen, ¿Caminás con nosotros a Luján?”.
21 agosto, 2019

Soy Micaela C@mino y nunca me había pasado eso: que un pibe me gustara tanto pero tanto. Además de fachero y alto lomo, es buen chaboncito. Casi perfecto. Una especie en extinción en este mundo de artificiales dedicados full-time a las artes faciales. Le saqué la ficha enseguida: a este no le interesan las caritas, gestos, poses, sonrisitas y/o emojis. Lo conocí en el cumple de Valen: Ramiro, así se llama, es del grupo pastoral de la parroquia donde siempre va mi prima. Y esa noche en la que realmente me deslumbró, estaban todos hablando de la peregrinación a Luján. El grupo de jóvenes de la comunidad estaba organizando la caminata y Ramiro era uno de los coordinadores. Hasta el día de hoy recuerdo cuando me clavó su mirada entre tierna y seductora y me dijo: “Che, prima de Valen, ¿caminás con nosotros a Luján?”.

Primero, le recordé mi nombre: Mica. Y después, no supe bien qué excusa ponerle. Que soy creyente pero no tanto, que no hago mucho deporte y mi estado físico no es el ideal, que ese finde de octubre a lo mejor tenía que estudiar, que… “Avisale a tu prima si querés venir. Salimos de Morón y no de Liniers, o sea que de movida ya te ahorrás un buen tramo. La pasamos bárbaro, vení”. La charla sobre el tema se cerró en un “Bueno, veo”.

Antes de irme de la fiesta, mi prima me comentó que eran 46 kilómetros desde Morón hasta Luján. Que se salía tipo 9 de la mañana, que iban pegadito siempre a las vías del Sarmiento y que se hacían paradas estratégicas en Moreno, en General Rodríguez y en la rotonda donde está el Escudo de Luján. Que en cada parada había algo para comer y para hidratarse. Que además de ir rezando el Rosario, un carro con música los acompañaba todo el tiempo y que se cantaba, se bailaba, se arengaba y se agitaba.

Ramiro se fue un rato antes que yo y, al despedirse, me volvió a preguntar: “¿Te esperamos?”. Con una sonrisa, le devolví entre dubitativa y canchera un “Arranquen si no llego: por ahí me les sumo a último momento…”. Lo que de entrada en mi cabeza era “Ni en pedo” se fue transformando en “¿Por qué no?”.

Lo busqué en Instagram y lo empecé a seguir a Ramiro. Sus historias eran copadas y cada tanto subía algo de la peregrinación. Dos o tres días antes del 6 de octubre metió un “Yo voy… ¿Vos?”. Te juro que lo sentí como un mensaje directo para mí.

Con mi prima todo bien, pero no tengo la súper confianza. Ella no me insistió y yo tampoco me mostré demasiado interesada. El jueves a la noche Ramiro me empezó a seguir en Instagram y hasta me puso un par de likes. Listo, voy. Pero saqué la cuenta de que no podría caminar casi 50 kilómetros y me empecé a armar mi propio plan. Tengo un largo recorrido en trenes pero no justamente en el Sarmiento: amé fuerte, una vez más, a Juan Carlos Google. Como el grupo de la pastoral tenía publicado el recorrido, las paradas y los horarios estimativos, no fue tan difícil la logística: decidí tomarme el Sarmiento, alcanzarlos en General Rodríguez y hacer los 15 kilómetros (o un poquito más en realidad) caminando con ellos. Bah, con él…

Dicho y hecho… Tren hasta Moreno. Combinación con el que va a Mercedes y te deja en la estación de General Rodríguez, previo paso por La Reja, Francisco Álvarez, Pablo Marín y Las Malvinas. Me estudié el recorrido como si fuera a rendir un examen. Y salvo el viajar apretujada entre Moreno/General Rodríguez, todo marchó bien. Antes de las 5 estaba en la avenida paralela a las vías y hasta encontré el cartel de la GNC que tenía como referencia. Hice tiempo por ahí, pagué los 15 pesos para usar el baño de una casa (esa era más o menos la tarifa “sanitaria” a lo largo de la peregrinación) y empecé a descubrir los rebusques del mundo peregrino.

Como durante ese sábado los caminantes desfilan las 24 horas, hay todo un universo a la vera del camino. Se vende desde átomo desinflamante hasta improvisados bastones para los que ya no pueden apoyar más los pies, pasando por unas plantillas para calzado bastante truchas. Tres bananas, 30 pesos (se consume mucho por el potasio). Las bebidas energizantes tipo Speed: 25 pesos. Mientras esperaba al grupo que me interesaba, no logré zafar del humo: la bondiolita y el vacío eran furor, y con precios muy dispares entre puestito y puestito.

Antes de que me invadiera la duda de si estaba haciendo lo correcto, entre la muchedumbre que pasaba distinguí las remeras naranjas del grupo. Y en el medio, con una gorrita de jean, él: mi peregrino favorito. Me quedé agazapada en un costadito, esperé que pasara todo el pelotón y los seguí unos metros. Justo Valen caminaba al lado de Rami: iban cantando “Un poquito”, de Carlos Vives y Diego Torres. “No está de moda enamorarse / Ya nadie quiere ser sincero / Pero en ti yo encuentro todo, todo, todo lo que quiero…”. Junté fuerzas, me persigné y me les colé intempestivamente en el medio: “Soy Micaela C@mino y por eso peregrino…”. Abrazo y beso para cada uno. Aparición triunfal. Sonrisas sinceras. Golazo. Punto para Mica…

Caminé hasta Luján al lado de ellos, más cerca de él que de ella. Rezamos el Rosario cuando hubo que rezar, hicimos bardo para recargarnos de energía y yo charlé de una y mil cosas con Ramiro. Le dibujé que había tenido que estudiar a la noche, que por eso salí más tarde, que al ir sola caminé más rápido y todas las sarasas juntas. Mentirita piadosa: María, la Virgen, iba a saber entender.

Como coordinador, Rami estuvo permanentemente cerca del carrito con luces y música. Cada tanto agarraba el micrófono y animaba al resto de los pibes y los no tan pibes: entre el grupo de caminantes, había una señora de 70 años que se la recontra bancó hasta la Basílica. Casi muero de amor cuando Rami pidió un aplauso para mí, por haberme animado. Vino muy bien el mate cocido Andresito en la rotonda de Escudo: a esa altura de la caminata y a esa hora de la noche (22.30), una infusión calentita resultó ideal para combatir el frío.

Justamente por el frío, sumado a que las ampollas en los pies ya te hacen caminar como un zombi, los últimos kilómetros fueron abrazados a Ramiro. Cuando entre los edificios vi aparecer la cúpula de la Basílica, me emocioné tanto que me largué a llorar como una pendeja. Les juro, no podía parar: fue una catarata de lágrimas que se incrementaron cuando el Padre Rodrigo dijo “A Luján no se llega con los pies: se llega con el corazón”. Ramiro me abrazó fuerte y me dio un largo beso en la frente, de esos que se le dan a los amigos y a los seres queridos. Me sentí genial por estar ahí, contenida. Me sentí mal por el chamuyo que le hice sobre mi inventada caminata previa. Me sentí con ganas de peregrinar de nuevo el año que viene. Cuando entramos a la Basílica con el último esfuerzo, me fijé la hora: eran las 0.04 del domingo. Miré al altar y le pedí a la Virgen que no me soltara la mano. Y que Ramiro, ya que estaba, tampoco lo hiciera.

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20 Comentarios to “Peregrinos”

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