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Me da paja

¿Cuántas veces por día escuchás esa frase últimamente? ¿Todo nos da paja?

No sé si será la cuarentena o la vida misma, pero cada vez escucho más seguido esta frase y sus variantes: “Me da paja”. Y no es una frase cuyo uso esté restringido a los adolescentes o a las generaciones más jóvenes. Es verdad, no vamos a escuchar a la abuela decir que le da paja ir al almacén, pero los notanjóvenes (léase, los que rondamos entre los 30 y los 45) también la utilizamos a menudo. Cada vez más a menudo.

La cuestión es que se trata de un término con dos usos bastante extendidos. Dos usos que nada tienen que ver el uno con el otro. ¿O sí? Por eso, es importante no andar desprevenidos y terminar confundiendo una cosa por la otra, porque podríamos meternos en problemas.

Vamos por partes. Creo que anterior al uso que le damos actualmente –y que decimos sin ningún tipo de tapujo– está uno más reservado a la intimidad. No hace falta ni aclarar lo que significa la paja, pero vamos a decirlo: se refiere a la masturbación. Es el sustantivo que nombra el acto en todo su esplendor. Puede hacerse a uno mismo o a otro, eso es a gusto del consumidor. Del sustantivo se deriva, por supuesto, el adjetivo: pajero. En general, no es un eufemismo agradable. No porque tenga algo de malo masturbarse, sino porque está asociado a alguien lascivo, que tiene una actitud algo libidinosa hacia otra persona, que quizás no esté muy de acuerdo con esa situación. En algunos contextos puede no ser tan grave, pero –en líneas generales–, si te dicen pajero o pajera, puede que haya algo de tu conducta que debas revisar.

La era del “medapaja”

No son tiempos fáciles para nadie, lo sabemos. Estamos en un año complicado y es bastante común sentirse desmotivado, sin ganas y con poca paciencia. Entonces, más que nunca, todo nos da paja. ¿Qué queremos decir cuando decimos que algo “nos da paja”? Que nos da fiaca, que no tenemos ganas de hacerlo, que no encontramos un buen motivo para dejar nuestro sillón y emprender la actividad.

La frase puede aplicarse en distintos contextos:

—¿Vamos a correr?

—Nooo, amiga. Me da paja.

O también:

—¿Le contestaste el mensaje?

—No, me da paja.

Como si esto fuera poco, también es posible “tener paja”. O sea, no nos alcanza con que una situación o actividad puntual nos dé paja, también existe un estado de paja permanente, sin ningún motivo. Entonces es cuando decimos: “Hoy tengo una paja terrible” o –por qué no–: “Estoy hecho un pajero” (y en este caso no tiene nada que ver con el acto sexual).

Además, algo también puede ser “una paja” (y no estamos hablando de tocarnos):

—¿Se te rompió el auto?

—Sí, ¡una paja!

Otro ejemplo:

—¿Hiciste el trámite?

—Sí, ¡qué paja!

 

A todos nos ha pasado, no hay por qué preocuparse. La era del “medapaja” es un mal común. Y afecta, sobre todo, a las generaciones más jóvenes, que nacieron pegadas a una pantalla. Un poquito de paja está bien, pero mucha ya es exceso (y sí, estoy hablando de las dos cosas). Pero podemos revertirlo. Cuando estés con mucha paja, activá. No esperes a que la motivación aparezca por arte de magia. Cambiá el sentido de la rueda, ganale a la rutina. Por un mundo con menos pajeros, señoras y señores.

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