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Indígenas, aborígenes, indios… ¿pueblos originarios?

Las palabras que elegimos dicen mucho de lo que queremos mostrar… o esconder.

No hay nada de casual en las palabras que elegimos para nombrar las cosas. Y, mucho menos, a las personas. Respecto a los hoy llamados “pueblos originarios”, nunca nos sentimos del todo a gusto con los términos que elegíamos. ¿Indígenas, aborígenes, indios? Las formas con las que los hemos denominado a lo largo de la historia han ido mutando. Algunas, que se usaban hace años, hoy parecen mala palabra. Y, aparentemente, “pueblos originarios” deja contentos a todos. Nos sentimos tranquilos y respetuosos con esas dos palabras que no dicen nada malo. Pero que, también, los engloban, les niega sus particularidades y su individualización.

Partamos de la base de que el solo hecho de tener la necesidad de nombrar a una multitud de pueblos diferentes, cuya única característica común –en algunos casos– es que fueron invadidos por los españoles hace cinco siglos, ya marca una postura. Una postura desde la cual los “europeos” le dan un nombre a un grupo de personas que pretenden haber “descubierto”. Eso fue lo que nos contaron en el colegio. No vamos a discutir aquí los pormenores de los hechos. Pero sí es real que esa postura continúa intacta. Parece que el revisionismo histórico nos deja en una posición incómoda, en la que tenemos que hacernos cargo de las macanas que se mandaron nuestros antepasados. Entonces, como una manera de reivindicarlos, empezamos por cambiar la denominación: pueblos originarios. Mapuches, guaraníes, qom, wichí, tehuelches, mocovíes, mbya, kollas… todos pueblos originarios.

La difícil tarea de encontrar un nombre

Veamos primero de dónde vienen las palabras que fuimos eligiendo a lo largo de la historia para nombrar a aquellas personas que Colón “descubrió”. De acuerdo con el Ministerio de Cultura de la Nación, los distintos términos tienen las siguientes explicaciones:

¿Pueblos originarios?

Vamos por partes. Mientras la palabra indio surge de una mera confusión de latitudes en una época en la que los mapas estaban incompletos, los términos indígena y aborigen no tienen, en principio, ninguna connotación negativa en su formación léxica. Ambos refieren al origen y al lugar al que se pertenece. Pero la historia los ha cargado de un sentido mucho más oscuro. Masacres, discriminación, segregación, latigazos, explotación y esclavitud son solo algunos de los términos que podríamos vincular con esas palabras.

Entonces, había que hacer borrón y cuenta nueva. Para eso, necesitábamos una nueva forma de nombrar lo que no podemos negar que existe, pero sin conservar esa carga pesada de siglos y siglos de historia. Pueblos originarios fue la fórmula mágica. El peligro que radica en esas inocentes palabras es que borran toda marca de diferenciación cronológica, geográfica, conceptual o cultural.

Más allá de las palabras que elijamos para nombrarlos, lo importante es no intentar borrar la historia con términos que suenen más respetuosos. Lo importante es seguir reivindicando derechos y llamando a las cosas por su nombre. Distinguiendo sus particularidades, su cultura y su legado. Hoy más que nunca, respetemos esa diversidad.

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