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¿Estás para tirar manteca al techo?

Si te sobra la plata, estás para jugar a lanzar trozos de manteca al techo. ¿De dónde viene la frase? ¿En qué consiste? Te lo contamos.

Cómo hablamos
tirar manteca al techo

Es un refrán altamente utilizado por los argentinos. Hace referencia a la abundancia económica. En las palabras que lo componen aparece un producto de consumo masivo, pero, históricamente, un poco más caro: la manteca. Muchas veces reemplazado por bienes sustitutos más económicos, como la margarina.

Pero seguramente, aun entendiendo su significado, más de uno se habrá preguntado alguna vez a qué se refiere concreta y literalmente el dicho. ¿Cómo sería la manteca en el techo? ¿Sería sobre el techo, derritiéndose al sol? Diferentes teorías habrán circundado alguna vez las cabezas de los argentinos más curiosos, que habrán querido ir más allá de la connotación de esta frase.

Analicemos. El dicho se utiliza para referirnos a una persona o a una familia que está muy bien posicionada económicamente. O más que muy bien, está sobrada y en la abundancia financiera. Entonces decimos que “los Giménez son millonarios, están para tirar manteca al techo”. Claro que, para existir, el dicho también necesita que su remitente tenga alguna cuota de curioso, conventillero, chusma o chimentero. Que le guste hablar de los demás.

La historia

Ahora bien. Entendiendo concretamente a qué se refiere, expliquemos de dónde viene el refrán. Para eso, ubiquémonos en la primera mitad del siglo XX. Familias ricas y ostentosas pasaban largas horas en los restaurantes más lujosos de nuestro país. Comiendo amplios banquetes. Y, al cabo de algunas horas, los niños comenzaban a impacientarse. Y en esa situación, cuando los padres no saben muy bien qué hacer con los niños hiperquinéticos, la solución era un tanto particular. Competencia de cuánto tiempo duraba un trozo de manteca pegado en el cielo raso del techo. Literalmente, los pequeños colocaban un pedazo de manteca sobre el mango del tenedor y, cual catapulta, presionaban muy fuerte la parte de los pinches. El efecto trampolín hacía que el proyectil saliera despedido con mucha fuerza y se estampara contra el techo. Allí quedaba durante algunos segundos. Ganaba el niño cuyo trozo de manteca permanecía más tiempo pegado.

Definitivamente, un juego que en los tiempos que corren no sería aceptado, al menos en lugares de concurrencia pública. Un bien de consumo como la manteca siendo el protagonista de una lúdica actividad de niños no tendría asidero.  

Fecha de Publicación: 01/09/2020

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