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El poder del diminutivo

Cuando queremos referirnos a algo que, sabemos, podrá causar un efecto negativo, optamos por mencionarlo en diminutivo. Un atenuante.

Les voy a contar un cuentito. Había una vez una niñita, conocida como Caperucita Roja. Un día, caminaba por el bosque con una canastita en la que llevaba la merienda para su abuelita. Pero, en un momento, se encontró con el lobo feroz. Este le dijo que había dos caminos para ir a la casa de su abuelita: uno largo y otro corto. El muy astuto envió a la jovencita por el camino largo y él se fue por el corto. Al llegar a la casa de la abuelita, el lobo entró y se la comió. Minutos después, cuando Caperucita entró, comenzó a hablar con el lobo feroz, que se había disfrazado de su abuelita. Y, cuando este iba a comerse a la niña, un oportuno leñador escuchó los gritos, entró en la casa, mató al lobo y rescató a la abuelita de su panza.

El diminutivo como atenuante

No es lo mismo decir “abuela” que “abuelita”, “caperuza” que “caperucita” o “joven” que “jovencita”. De igual manera, no es lo mismo decir “lobo” que “lobito” o “panza” que “pancita”.

Como se habrá entendido, las palabras en diminutivo tienden a minimizar su significado, atenúan el efecto negativo que podrían llegar a tener. O, también, generan cierta sensación de ternura e inocencia.

Por el contrario, al mencionarlas de manera neutral o en aumentativo, en ocasiones, el significado de las palabras tiende a maximizarse y a generar una connotación negativa que provoca cierto temor en el receptor.

Ejemplos de diminutivo en una charla cotidiana

Cuando un amigo le pida dinero prestado a otro, le dirá: “Che, necesito que me des una mano. Le debo una platita al viejo de la esquina”, generando, así, la sensación de que la deuda es pequeña.

Por otro lado, para minimizar el efecto de la herida que me acaban de intervenir quirúrgicamente, diré: “Me pusieron 12 puntitos (de sutura)”, cuando, como se podrá imaginar, 12 puntos de sutura no hablan de una herida leve.

Por último, para convencer a un amigo de que vayamos a tomar un café, pero este no tenga mucho tiempo, diremos: “¿Vamos a tomar un cafecito?”, como si el hecho de que fuera una taza más pequeña significara que la reunión será, indeclinablemente, más corta.

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