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¿Por qué los inmigrantes nunca perdieron su acento a pesar de vivir durante décadas en nuestro país?

Cómo hablamos
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Nuestro acento, nuestra tonada, las palabras que utilizamos, son una gran parte de nuestra identidad. La lengua es un ente en movimiento constante: se reinventa, se transforma, se adapta, toma préstamos de otros idiomas, de otros pueblos, de otras culturas. Se enriquece, se hace única. En nuestro país, nuestra forma de hablar tiene marcas imborrables que llegaron de la misma manera que muchas de nuestras costumbres y tradiciones: en los barcos. Argentina se caracterizó desde siempre por recibir con los brazos abiertos a ciudadanos del mundo que vinieron para hacer más grande nuestra tierra. Hoy voy a hablar un poco de mis abuelos, pero seguramente sea una historia que se repite infinitas veces en una gran cantidad de familias argentinas. Ellos eran Vicente y Paulina.

Mis abuelos tuvieron una historia de amor simple y hermosa. Nacieron en Vizzini, un pueblito encantador situado en la isla de Sicilia, en Italia. Vivían del campo y nunca les sobró nada. Con la Segunda Guerra Mundial, mi abuelo tuvo que abandonar el pueblo para ir a prestar sus servicios al Ejército. Mi abuela era ocho años menor que él por lo que, cuando él partió, era solo una niña. Cuando regresó, sin embargo, ya se había convertido en una jovencita. Dicen (o decían ellos, más bien) que al reencontrarse se enamoraron al instante. Ella tenía 16; él, 24. Se casaron y vivieron sus primeros años de matrimonio en su pueblo natal.

Hacer la América

Años después, siguiendo a sus familias que estaban emigrando hacia la Argentina, llegaron a Buenos Aires luego de viajar un mes en barco. Corría el año 1950 y ya no estaban solos: mi tía, que era una beba de un año, los acompañaba. Mi mamá nació acá dos años después. Se instalaron en la localidad de Villa Martelli, en la zona norte del conurbano bonaerense. Sus vecinos eran sus padres, sus hermanos y sus “paisanos”, término con el que mi abuela nombró siempre a aquellos con quienes compartía las mismas raíces. Construyeron su casa, trabajaron duro, mandaron a sus hijas al colegio y a la universidad. Recién 30 años después pudieron volver a visitar su tierra. Para juntar el dinero para el viaje, mi abuelo –ya jubilado– trabajó unos años en un taller de autos en Belgrano. Ahorraban el sueldo y vivían de las jubilaciones. En 1983, volaron, por primera vez, de regreso a Italia.

Una marca de su tierra

Podría pensarse que –luego de tantas décadas radicados en el país donde armaron su vida, tuvieron su familia y, finalmente, murieron– eran más argentinos que italianos. Pero no. Si bien tenían un amor inmenso por este país que tanto les había dado, fueron tanos de la cuna a la tumba. Pero hay algo en particular que a mí siempre me llamó la atención: que mis abuelos nunca hubieran perdido el acento. No lo entendía. ¿Cómo podía ser que, luego de haber vivido un 75% de sus vidas en Argentina, aún conservaran el acento italiano? Y no solo ellos: su familia, sus parientes, sus “paisanos”, todos los que se habían bajado de algún barco, allá por los años 50, seguían hablando como si recién hubiesen llegado a Buenos Aires, pero medio siglo después.

Entonces, ¿por qué conservaban el acento? Tal vez fue una forma de no desprenderse del todo de su pueblo. Puede ser que mis abuelos y sus “paisanos” hayan creado, sin proponérselo, su propio dialecto o, mejor aún, hayan transformado el que traían en uno nuevo –que no fue ni italiano ni español, sino una mezcla de ambos– en el que incorporaron su nueva tierra y preservaron el vínculo con su pueblo, más allá de los kilómetros y de las décadas.

Fecha de Publicación: 30/04/2022

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