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Buenos Aires - - Jueves 06 De Mayo

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Una propuesta indecente

El ritual de los domingos de una familia santafesina cualquiera puede convertirse en una propuesta indecente. La odisea de ser el anfitrión.

Así somos
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"Hola, chicos (por chicos, entiéndase: hijos, nietos, amigos…). ¿Comemos un asado el domingo en casa?". Entonces viene la obvia aceptación, tal vez no de todos, pero de suficientes invitados como para empezar, el día antes, a preparar lo necesario. Sin saber que acabamos de hacer una propuesta indecente.

Por lo general, el carnicero “de confianza” nos aconseja cuál es el mejor corte que tiene para ofrecernos y nos dejamos convencer, porque este muchacho nunca nos defrauda. Así marchamos contentos con la carne, los chorizos, la rosca de morcilla y, según la altura del mes en que estemos, agregamos una dosis de molleja mínima para cada uno, para darnos el gustito nomás.

Llegados a casa y después de guardar celosamente la compra, nos disponemos a disfrutar de lo que queda del sábado. Una pregunta nos llega justo cuando estamos por leer el matutino de rigor: “¿Con qué lo vamos a acompañar? Porque veo que no pasaste por la verdulería”. Entonces, nos sacamos las chinelas y nos ponemos el calzado correspondiente para la tarea que, suponíamos, no era de nuestra competencia. Una vez realizada, ahora sí se viene el disfrute, no sin antes recomendar a “la patrona”: “Del postre, eso sí, te encargás vos, porque yo les dije a todos que no traigan nada”. Sin escuchar la respuesta (tal vez un gruñido, tal vez otra cosa de la que no nos queremos enterar) retomamos la lectura. Hace rato había empezado a prepararlo.

Llegó el día

Ya en domingo, se concreta la propuesta indecente. Promediando la mañana comenzamos a cambiarnos con la ropa de hacer asado, aunque tenemos el delantal que ostenta la leyenda “un aplauso para el asador”. Nos dirigimos a preparar la parrilla, buscamos el diario viejo que será el encargado de dejarla impecable merced a nuestra fuerza en la refriega y tenemos todo listo para el carbón. “¿Y el carbón? ¿No compraste carbón? (no asamos con leña en casa). Bueno, me voy a la esquina, seguro que en la despensita tienen”. Nos sacamos el delantal y vamos, así nomás, sin cambiarnos. Volvemos, munidos del elemento indispensable. Vemos qué hora es y vamos encendiendo el fuego. Es momento de reclamar a quien esté cerca (por lo general solo nuestra señora que está ocupada con la ensalada): “Estaría bueno tomarnos un vermucito, no?”. No hay respuesta, la señora está llorando con la cebolla, porque a algunos les gusta la ensaladita de tomate con cebolla, a otros no, así que ella se encarga de hacer otra aparte sin cebolla, otra de rúcula (les encanta a los chicos) y otra de lechuga sola. Hoy se sublevó y sentenció que no hará la ensalada de papas.

Ante la falta de respuesta, nos preparamos el vermú, aprovechamos a cortar unos trozos de morcilla para acompañarlo, algo de pan y, con ese incentivo, vamos separando las brasas ya a punto y empezamos a incorporar la carne. Nos gusta despacito, cada tanto darlo vuelta. La molleja, los chorizos y especialmente la morcilla esperarán al final. “Che, ¿a qué hora les dijiste?”. “En realidad no quedamos, vendrán cuando estén listos”. “Mirá que esto ya va estando…”.

Todo listo

Los ruidos de vajilla han cesado, la señora de la casa ya ha puesto la mesa, agregado las sillas para todos, tendido el mantel, ubicado los platos, vasos, servilletas, posafuentes  y posavasos (que al final no todos usarán).  Sobre la mesada esperarán su turno los platos y cucharas de postre. Tiene también las ensaladas listas solo esperando el condimento, ya revisó si el postre va bien y preparó el hielo para la bebida. Entonces va a cambiarse con look dominguero, pero de asado. Justo cuando está terminando empieza a sonar el timbre y un abrir continuo de la puerta, con el bullicio que va in crescendo, a medida que van llegando los invitados. “¿Dónde dejo esta fuente?”. “¡Pero si les dije que no traigan nada!”. Y así con cada uno que llega. Al final hay como cuatro postres.

Nos asomamos tímidamente para ser saludados, después de todo, ¡estamos cocinando para ellos! Vienen los abrazos, apretones de manos, picoteada de la morcilla que quedó del vermut y los consejos: “Me parece que ya tendrías que darlo vuelta”, “¿no estará lista esta parte?, mirá que es finita!”. Somos expertos en disuadir consejeros y nos deshacemos de ellos sin generar disgusto. Así vamos llenando las fuentes que nuestra señora nos ha ido alcanzando, mientras todos están sentados a la mesa en amena charla.

El final, para algunos

Nos comemos todo. Queda algún hueso que los que tienen perro se dividen para llevarse. Vienen los postres, uno, dos, tres, cuatro. ¿O ya vemos doble con el vermút, la cervecita, el vinito? Terminado el festín, la charla se va apagando, la señora de la casa lava doscientos platos, otro tanto de vasos, cubiertos, cucharitas. Las invitadas mujeres colaboran… Nosotros tenemos que limpiar el asador, cuidar que no caigan bracitas al suelo, porque a la tarde hay que salir a barrer.

Los invitados se van. Para ellos el domingo recién empieza, para nosotros y nuestra consorte la alegría compartida fue mucha, lo que no quita que, haciendo números de lo que gastamos y el trabajo que hicimos desde el día anterior, la invitación a un asado en casa  ha pasado a convertirse en una propuesta indecente.


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Fecha de Publicación: 28/06/2020

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