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Buenos Aires - - Sábado 24 De Septiembre

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Una noche de Tango en Boedo

Crónica camote y arrabalera de un templo tanguero que revive las luces del barrio de Cátulo Castillo y Homero Manzi. Bar notable, el Bar Quintino, bar que celebra Buenos Aires. Posta.

Así somos
Bar Quintino

Una tarde cualquiera en Boedo puede parecerse a un viaje emocional hacia la Buenos Aires de los cuarenta. Aquella de la máquina de River, los tranvías, los sacos cruzados y los bodegones y cafés con olor a cigarrillo y latidos desatados. Década Dorada a la que el Tango puso alas, y pies de Mireya, para que vuele ángel de los porteños. Pero no vamos del dolor de ya no ser, ni de fotos en blanco y negro. La memoria se vive en movimiento y a volar como águila se ha dicho, Catulín. Caminando por Boedo o Carlos Calvo, avenidas que supieron patear Carlos Gardel y Osvaldo Pugliese, mueven los labios los versos de Julián Centeya, “La noche que regresés al almacén de siempre/ revivirán el árbol, la noche, la canción/ y nos iremos juntos, cantor del alba verde,/por calles de Boedo, mi barrio payador” El alba, la primera luz que nos despabila y nos despierta en quiénes somos, despunta allá, en el Bar Quintino.

Bar Quintino

Pero antes hubo una puñalada que hizo que esta promesa casi se perdiera en la borrasca sabatina. Una tardecita de café busca una de las esquinas emblemáticas del barrio -¡basta de usar emblemático para todo!, por favor y gracias-, con sus cortinados pesados custodiando ángeles y musas. En esas mesas dicen que poetas y quijotes parieron la Odisea Porteña, el Sur y las Malenas, los paredones y la voz de alondra. Pero lo que suena es un bolero. Luego una chacarera. Y, pidiendo perdón, un masacrado tango. Una voz de fondo pide un macchiato, en vez de un cortado. Por las veredas irrumpe, en vaivén, la gola de un artista callejero entonando una cumbia santafesina, en la esquina con el mejor sánguche de pavita del metaverso.  Y uno preferiría que vuelva a llamarse Margarita ese rincón boedense, más acorde a los efluvios tropicales, tal como anticipaba el tango de Carlitos. Y, que conste en actas, no se vive del pasado: si el Tango produce casi 4000 millones de dólares, 4000 millones de marrucos verdes anuales en el mundo, y solamente queda un rasposo 4% en Argentina, algo estamos haciendo mal.

Bar Quintino

Así que con la vena al viento salió disparado el recuerdo del Bar Quintino, en la esquina de Quintino Bocayuva y Carlos Calvo. Varias veces el cronista había desayunado un clásico cortado porteño con el infaltable sifón. Ese sabor amargo y profundo anidado en la garganta, invitaba a la caminata, en una noche fantasmal.  A medida que las luces quedaban atrás, en la humedad que mata huesos y quejas, la esquina empezaba a agigantarse, “Quiero cruzar la madrugada/buscando entre brumas/la que no fue olvidada”. En historia, café inaugurado en 1908 donde compartieron tallarines, vino y canto Homero Manzi, Cátulo Castillo, Enrique Cadícamo y jugadores de fútbol ídolos de clubes, Ernesto Grillo, Norberto “Tucho” Méndez, Juan José Pizzuti y José“Charro” Moreno, entre otros. En la actualidad, ese rico legado fue continuado por Carlos Caballero y Beatriz Borroni, dueños del Quintino a partir de 1986, y uniendo fuerzas naturales en la conducción artística de Carlos Paiva, sacaron ellos de las brumas al duende porteño. No, el Tango, no. El duende porteño es la amistad.

Bar Quintino

Bar Quintino, nada extraño

Alrededor de Paiva, cantor de la Orquesta de Alfredo De Angelis, y autor de un éxito que celebra medio siglo, “Taxi mío” de la novela “Rolando Rivas, Taxista”, se congregaron eximios cantores, ansiosos de volver al otro Tango, al verdadero que salía del Café Dante. Distinto al For Export, tango de plástico, material que se vende justamente hoy en el solar del Dante, Boedo al 700. Alberto Bianco, Néstor Rolán y Ricardo "Chiqui" Pereira fueron de las primeras partidas del Quintino, que una noche de julio de 2022 presentó a  Carlos Gari, el cantor de la Orquesta de Leopoldo Federico y sucesor de Julio Sosa; Fernando Rodas, la voz de la Juan D´ Arienzo; Carlos Morel, que empezó en la Típica de Héctor Varela y acompañó a Roberto Goyeneche en Caño 14; Laura Bogado, Silvia Laura, y otros artistas, con el acompañamiento musical en guitarras de Cárlos Juárez y Toni Gallo. Y más de dos décadas continuas de espectáculos en el pequeño escenario del Bar Quintino, en honor al amigo de la casa y cantor Carlos Cristal, que brillará acompañado por Osvaldo Berlingieri en los noventa, reverdece el himno de la Peña Pacha Camac de Cátulo Castillo, Catulín para siempre rebautizado por Aníbal “Pichuco” Troilo, “con obreros, futbolistas, biabistas/y bancos, talleres y pizza y fainá,/pero siempre con artistas” Ese es el Boedo que materializa apenas el cantor Roberto Jontade escala las notas de “Como dos extraños” (Contursi-Laurenz). Entre nuestros camotes -amores-, banderines de fútbol, postales barriales e imágenes de tangueros; y en torno a la gran tela pintada por Nilda Rosales que homenajea al Zorzal Criollo, destacan las decenas de fotografías de familias y amigos. Mesas que son las mesas de mañana, con una silla siempre pronta sumar.

Bar Quintino

Mirando al Sur

Para matizar la espera del espectáculo, la cena del Bar Quintino ofrece los clásicos del bodegón. Si quiere variedad en la carta, regrese a la avenida Boedo; quizá debería advertir. El paladar porteño vuelve a saborear sus gustos, que “venciendo al arcano nos llama mamá”. Menú tradicional que arranca con unas croquetas de acelga, arremete con un buen bife de chorizo o unos ravioles con tuco, y, así baja, el café mejor con los postres. Nada de chocotorta. Entre los imperdibles, el dulce de zapallo, budín de pan, vigilante -queso y dulce- y el borrachín. Un hallazgo en estos tiempos, desaparecido de las confiterías wifi como la sopa inglesa, es un bizcochuelo esponjoso, que en la base trae la abundancia llamada cognac.

Bar Quintino

Pasan los cantores, pasan los clásicos que dan el marco apropiado a la emoción tanguera, con arreglos de un sonido que anuda viejas y nuevas guardias. Como las de los jóvenes, atraídos por las lucecitas de la cervecerías que florecen hongos, que sacan fotos, tal chiquilín te miraba de afuera. Infaltable foto de la generación que no vivirá para mirar todo lo que registra. Y siguen de largo, sin entrar, pegados a la vidriera. Presienten, sienten, que en el Bar Quintino se conjura algo que habla de ellos pero no lo entienden. Y siguen de largo. Algo estamos haciendo mal si comparamos a que New Orleans, cuna del jazz, brotan jóvenes en la mejor música del Mississippi, o en toda Andalucía, el flamenco infla nuevos aires en tablados sin edades. Y observando las aclamadas milongas millennial, o las agrupaciones tangueras con remeras de los Ramones, no existe más que un pequeño nicho cavado entre altruístas melancólicos, snobs y turistas. Necesarios, claro, pocos, sin dudas. Vuelve la lente al Bar Quintino, a las risas de padres e hijos, de artistas y públicos y la epifanía “del crisol de un tiempo sin perfil” toma forma, al fin, en esperanza y necesidad urgente.

Bar Quintino

La cantora Bogado cerrará con “Desencuentro” (Troilo-Castillo.1962), o la actualización treinta años después de los monstruos discepoleanos de “Cambalache” En esos versos sabihondos y suicidas, llamaradas pasionales, queda la sensación de la derrota inevitable, de la victoria aplastante del “país del olvido”. Derrota que cambia a triunfo cada noche de Tango en el Bar Quintino. Nadie puede sentirse vencido si alrededor las mesas están bien servidas, la amistad es un culto, las violas desenfudan y “el amor fue más amor”. De eso trata una noche en la Tanguería de Boedo. De una geografía de mil caminos que mira al Sur.

 

Facebook:  bar.quintino

Fecha de Publicación: 06/08/2022

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