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Un gitano muy querido

Reconquista parece ser una tierra de varias leyendas. Conocé la particular historia del gitano que se convirtió en mito popular del interior santafesino.

Corría el año 1923 en Reconquista, Santa Fe, cuando en el pueblo causó gran revuelo la muerte prematura de un gitano llamado Fardi, recién casado y muy apreciado por su buen carácter. Lo enterraron en sentido inverso a las demás sepulturas y plantaron un naranjo, como símbolo de vida. Para recordarlo, los familiares erigieron una pequeña construcción, que existe hasta hoy.

Algún día, pintaron de color rojo a la tumba del gitano. A la par, dejó de ser visitada. Era la única tumba roja en el Cementerio Municipal de Reconquista, en claro contraste con la blancura de las otras.

Con el tiempo, aparentemente, alguien encomendó a la memoria de Fardi alguna solicitud personal. Cuando se cumplió, permitió la difusión del milagro por su intercesión ante Dios. Los lugareños encontraron un santo a quien encomendarse ante las dificultades. Uno que había cumplido con los pasos del culto popular: había muerto muy joven, cuando mucho se podía esperar de él, en una situación inesperada y trágica, dejando a su paso una estela de simpatía y bonanza. Desde entonces, y en forma creciente, muchas personas necesitadas de alguna gracia se acercan a la tumba a solicitarla. Una vez lograda, retornan a la tumba y depositan en ella elementos de valor simbólico. Cintas rojas (cada nudo que se hace en ellas corresponde a una promesa), monedas, medallas, cuadernos escolares, ramos, plantas y velas de colores.

Por disposiciones municipales, quitaron el naranjo y pintaron de blanco la tumba. Igual, el nombre del gitano Fardi continúa mencionándose con respeto y devoción, y siempre alguien enciende una lumbre en su memoria o lo invoca en su desventura o en su esperanza.

Un posible origen del mito

Una comunidad gitana habría llegado a Reconquista algunos años antes de la muerte del personaje de leyenda. Sus tiendas y coloridos trajes comenzaron a poner una nota exótica en el paisaje urbano, al recorrer las calles ofreciendo adivinar el futuro a la gente del lugar mediante la lectura de las líneas de las manos. El gitano ejercía una fascinación en la gente del lugar y muchos pobladores de los campos aledaños llegaban en sulky para descifrar el enigma de los tiempos venideros. En tanto las mujeres realizaban esta actividad, los hombres vendían utensilios de cocina y adquirían, a su vez, materiales en desuso.

Nada hacía prever que, en una serie de sucesos emparentados con la estadía de los gitanos, el destino estuviera pergeñando una leyenda que aún hoy perdura.

Una joven pareja de estos gitanos celebró sus bodas en el asentamiento. Como es tradicional entre ellos, la fiesta duró varios días. Por inusual, el hecho concitó la atención de los pobladores que acudían de distintos barrios a presenciar los festejos. No fueron pocos los que, contagiados por la alegría imperante, abandonaron su papel de espectadores y participaron de la boda bebiendo, comiendo y, sobre todo, sumándose a las divertidas danzas a los que los gitanos se entregaban incansablemente.

La hospitalidad de los recién llegados fue muy comentada y, sobre todo, impactó la personalidad del gitano Fardi, el joven desposado, quien por su porte varonil y gentileza inusual atrajo la simpatía de cuantos lo trataban.

A pocos días de la boda, Fardi enfermó de una afección pulmonar y debió ser internado de urgencia. La noticia pronto llegó a los pobladores que, conmovidos, oraron para que sanara. Un día, el gitano cerró los ojos para siempre. El dolor llegó tanto a gitanos como a pobladores, que lloraron con sinceridad su muerte.

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