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The Walking Conurban. Se dice de mí.

El exitoso proyecto online que crece a diario, en redes, exposiciones y espectáculos, y que discute con humor, profundidad y pertenencia las postales del Conurbano. Y las pone en movimiento, con alegría y el orgullo de ser bonaerense.

El Conurbano desde la Revolución de Mayo es tildado de “picante” o “grasa”. A partir de las imágenes de Esteban Echeverría e Hilario Ascasubi, o las crónicas en verso del Padre Castañeda, el estigma cayó en los suburbios, primero en los ahora barrios porteños de Almagro y Barracas, y en el siglo siguiente, en Morón o La Matanza. The Walking Conurban, “un paraíso post-apocalíptico a minutos del obelisco”, es un proyecto en redes con humor y agudeza que cambia las reglas del juego, afirmando que en los catorce partidos que rodean la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se vive, se crece, se sueña y se crea. Y que no es la oscuridad ni la “vagancia” que algunos repiten a lo troll, tal vez desconociendo el enorme impacto en el PBI del famoso AMBA, el Área Metropolitana que suma a 48 partidos y produce casi el 30% de la riqueza nacional con sus 11 millones de habitantes.  Diego Flores, Ariel Palmiero, Guillermo Galeano, Ángel Lucarini y Diego Melero son los hacedores de este fenómeno social que tiene “el objetivo de difundir y mostrar la identidad del conurbano bonaerense, intercambiando diálogos con los y las habitantes del mismo”

Nacido en 2018 este proyecto audiovisual, que empezó siendo una humorada de muchachos esperando un colectivo, esa típica situación conurbana, y se transformó en un potente comentario político que derivó en exposiciones, reconocimientos y versión teatral con Pedro Saborido, cuenta con 70 mil seguidores en Twitter y 400 mil en Instagram. Totalmente horizontal, TWC reciben un promedio de cien fotos y videos diarios de los seguidores, que son los verdaderos influencers. Ellos, desde el anonimato pero a la vez en el orgullo bonaerense, nutrieron el ya famoso concurso de “Las ocho maravillas del conurbano bonaerense”, que llamó a registrar “esos escenarios fundamentales que marcan el talante esencial del conurbano queden incorporados al imaginario colectivo”. Anote para el paseo del domingo fuera de los límites de la General Paz, que se sorprenderá: El "Tanque absoluto" (tanque de agua intervenido, en Monte Grande) -segundo con más de 25 mil votos-; “La puerta de Pereyraburgo” (la entrada al Parque Pereyra) y la “Pava de Goliat” (un tanque con forma de pava en Tres de Febrero); el “Elefante blanco” (un complejo de edificios inconcluso en Avellaneda); “La libertad bailable” (antes Daytona, boliche bailable en Quilmes); “El castillo olvidado” (ex residencia de la familia Ayerza en Berazategui); la “Feria Persa” (paseo de compras en San Miguel) -ganadora con más de 27 mil-; y “Troya” (en Florencio Varela, también un tanque de agua).

Diego Melero es uno de los integrantes del colectivo de artistas, investigadores y cronistas urbanos y sostiene que “las categorías que definen el conurbano son limitadas como cualquier categoría. Y por eso distintas artes y saberas, como el cine o real fiction,  el nuevo periodismo y la antropología urbana, echan miradas no peyorativas para entender lo que ocurre en los cordones del suburbano. Y nadie trata de romantizar la marginalidad escribiendo o filmando en el Conurbano. Libros como el Leandro Barttolotta (“Saldo negativo.Crónicas del Conurbano 2013-2023” Ed. Sudestada) justamente discute estas categorías negativas pero se denuncia también que los pobres explotan a los pobres; o cómo en las ferias del conurbano realmente se hace mucha plata. De todos modos hay más cuestiones más allá de las categorías en que se suele encajonar al conurbano”, sostiene.

Periodista: ¿Cómo cuáles?

Diego Melero: Creo que flotan ciertas ideas que se vinculan con esa indefinición de lo conurbano pero que es más que nada una manera discriminatoria fijada en cómo se cuenta lo suburbano desde el centro. Y lo que pasó a partir de la crisis del 2001 es que aparecieron discursos que pusieron en contradicción aquellos prejuicios. Discursos estigmatizantes que han sido fuertemente consolidados en los medios, que solamente aparecen para cubrir salideras, y no vienen cuando se abren fábricas autogestionadas de tecnología de punta que exportar al exterior.

Hay otra historia

P: ¿Qué intenta The Walking Conurban para contar esa otra historia?

DM: Aparecen cuestiones, en principio, con una predominancia del humor. Hay una provocación ya desde el nombre contra esa globalización del lenguaje, a veces exagerada,  y a los que intentan subirle el precio pasando todo al anglosajón. Está el humor como contrapartida también de lo trágico. Y luego brindar con las posibilidades del audiovisual otro punto de vista. Por ejemplo explicando atractivamente la importancia que tiene el Conurbano en el PBI argentino y que es la zona industrial más grande de la Argentina. Hacemos una reivindicación del territorio a sabiendas de qué es un territorio no terminado. Por qué se expande todo el tiempo: la mancha urbana va pisando la naturaleza y transformando el entorno aceleradamente.

La marcha luminosa del Conurbano

P: ¿Cómo?

DM: La lógica del Estado y de lo privado intervienen en el territorio muchas veces intermitentemente, esporádicamente, con lo cual la gente termina encontrándole solución de la manera que puede. Y eso se muestra claramente en nuestras redes. Pedro Saborido dice que la vida muchas veces llega antes que los planes. Entonces vos  tenés un barrio en crecimiento que necesita agua, y vos municipio no tenés el presupuesto, y, entonces, el vecino se arregla solito, desde la época del 900. “Made in Lanús” -pieza teatral de Nelly Fernández Tiscornia-  es una ejemplo de eso, con la sociedad de fomento levantando un barrio, o dándole servicios a sus vecinos, sean socios o no.

P: Un estética, que es una ética, comunitaria.

DM: Y esas cuestiones nosotros las trabajamos desde las estéticas, claro: por qué pasa que puedo hacer una casa tipo barco, o un tanque forma de elefante. Eso no aparece en la Capital Federal donde hay que pedir los permisos y permisos de una ciudad máquina. Acá en las periferias, de golpe, aparece la pava-tanque gigante y para los vecinos, además de la crítica subrepticia a la falta de control, le suma la identidad al barrio. Entonces surgen con estos objetos extemporáneos narraciones entre la administración de la carencia, la celebración a pesar de todo, la posibilidad del goce en el territorio. Una idea, a veces romántica pero que sucede en el conurbano, de que aún existe la vida en comunidad.  Una vida en la calle que no sea solamente un lugar “peligroso” sino también un encuentro social para vivir, para reunirse, para el picadito, para celebrar un cumpleaños, y poner la pileta que disfruten los pibes de la cuadra.

 

Imagen: The Walking Conurban

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