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¿Se puso viejo el abuelo? Compremos otro

Tema de la semana: ¿por qué maltratamos tanto a los ancianos?
Así somos
19 junio, 2019

Seguimos con el tema de la semana, que es el maltrato y la humillación y el desprecio que los occidentales en general y los argentinos en particular (quizás debería decir los “porteños” en general, creo que en el interior del país todavía es un poco distinto) sentimos por los ancianos.

Y, al pasar, dejé caer una palabra que me parece que es una excelente punta para tirar del ovillo: occidental. En oriente (aclaro por las dudas que tampoco conozco tanto, solo India y China) no es así. No puedo sino pensar en la analogía con nuestra composición societaria. La nuestra es una nación muy joven: al decidir exterminar o confinar a “reservas naturales” a toda forma de vida precolombina, decretamos que nuestra sociedad tiene solo 200 años de antigüedad. ¿Puede ser esa una explicación de nuestro desprecio por los ancianos? ¿Qué importancia le adjudica a valores como la experiencia y la sabiduría una sociedad que cortó todo lazo y decidió “arrancar de cero”? En Argentina los viejos son despreciados por los jóvenes, pero también por el Estado y por las empresas y por la publicidad y por los medios de comunicación. ¿Tendrá que ver con un aspiracional horrible que pusimos por encima de todo? Veamos.

Ese aspiracional al que me refiero es el del consumo (que es la otra cara de la siniestra productividad). Los viejos no producen riqueza. Ya la produjeron. El final de sus vidas debería ser una meseta tranquila y apacible en la que poder disfrutar de lo sembrado, pero muy pocas veces es así. Al margen del neoliberalismo que va conquistando el continente como un virus desaforado, que considera al viejo como un gasto (no quiero ni meterme en esta discusión, pero vean las recomendaciones del FMI respecto a la edad jubilatoria, o el manoteo frecuente de ese tipo de gobiernos a las cajas previsionales, o la baja de prestaciones del PAMI), creo que es un mal general. Quizás las redes sociales y su fanatismo por lo inmediato y lo novedoso aceleren este tipo de procesos. No puedo evitar pensar en el concepto de “obsolescencia programada”, este delirio posmoderno de empujar la rueda del consumo a como dé lugar, que hace que los ingenieros que desarrollan los productos los diseñen para que “se rompan” antes de tiempo. Antes (y no tanto antes, unos veinte años, digamos), era un valor positivo que las cosas duraran “toda la vida”. Una heladera estaba diseñada y fabricada para durar cincuenta años, ahora necesitamos comprar una cada diez. ¿Qué significa ese fanatismo por lo nuevo, por lo último? ¿Cuál es el riesgo de trasladar esa idea a las relaciones humanas? ¿Qué pasaría si esa inmediatez –y su consecuente condición de efímera− fuera trasladada a la relación con la pareja, los hijos, los amigos? Con los viejos creo que no hace falte que lo pregunte. Lamentablemente, ya está pasando.

Si querés ver otra nota del tema de la semana hace click aquí

Hipólito Azema nació en Buenos Aires, en los comienzos de la década del 80. No se sabe desde cuándo, porque esas cosas son difíciles de determinar, le gusta contar historias, pero más le gusta que se las cuenten: quizás por eso transitó los inefables pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Una vez escuchó que donde existe una necesidad nace un derecho y se lo creyó.

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