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Salud pública: ¿por qué nivelar para abajo?

Unas pequeñas conclusiones acerca del resultado de las encuestas sobre si la salud debería ser gratis o no para los inmigrantes.
Así somos
Salud pública, por qué nivelar para abajo?
22 marzo, 2019

El mes pasado, atentos a una polémica importante que se suscitó en nuestro país, desde Ser Argentino hicimos una encuesta preguntándole a nuestros lectores si pensaban que los extranjeros deberían recibir o no atención médica gratuita en el territorio nacional. La encuesta tuvo dos canales: la web y la fan page de Facebook. En el primer caso ganó el NO con el 75 % y en el segundo (se ve que en redes somos más radicales), también ganó el NO, pero por el 87 %.

Uno de los editores de Ser Argentino, haciendo gala del compromiso que llevamos adelante de tratar de darle espacio a todas las voces, me pidió, justamente a mí, que escribiera una nota con las conclusiones a las que llegara conociendo los resultados. Lo que opino del tema está claro (pueden leer lo que escribí acá, acá y acá), así que voy a aprovechar para no repetirme y analizarlo desde un nuevo punto de vista.

La verdad, no les voy a mentir, conozco a varias personas que estarían de acuerdo con los resultados de las encuestas y les salta la vena de la frente si escuchan que hay un paraguayo atendiéndose en el Hospital Fernández. Cuando les consulto por qué creen que piensan así, la respuesta más habitual es “porque afuera nos cobran todo”. Si bien ese argumento ya fue rebatido en una de las notas que les linkeé recién, vamos a tomarlo. Supongamos (supongamos, no estoy diciendo que sea así, solo lo uso como premisa de razonamiento) que muchos de los países del mundo no cubren los gastos médicos de los extranjeros (legales o no). Bien. ¿Por qué eso nos lleva a pensar que deberíamos actuar igual?

Ahora, por deformación profesional (o deformación a secas), me voy a servir de una herramienta que suelo usar en este tipo de debates: el ejemplo cotidiano. Mi compañera no llena las botellas de agua ni las pone en la heladera. Saca la botella fría, toma, y la deja afuera. Si queda contenido, la deja medio llena. Si tomó hasta el final, queda vacía. Punto. Ya lo hablamos muchas veces, se lo mencioné en innumerables ocasiones (en todo tipo de tonos) y el tema no cambia. Frente a eso, ya que estoy muy enamorado de ella y esta cuestión no alcanza para que merme mi amor, me encuentro frente a dos posibles respuestas: o soy yo quien las llena y las pone en la heladera o me sumo a su actitud y yo tampoco lo hago. Ahora bien, yo creo que sí deben ir en laheladera (y, dentro de lo posible, con algo de contenido). Entonces, si mi decisión fuera imitarla, no solo me estaría traicionando (y siendo quien no quiero ser) sino que, además, me quedaría sin agua fría yo también. No solo no es una solución satisfactoria, sino que empeora aún más el problema: ahora nadie tiene agua.

Volvamos al tema de la salud pública. Yo creo que la mayoría de ustedes debe pensar que la salud es un derecho humano y, como tal, debería ser pública en todo el planeta para cualquier ser humano que la necesite. La salud no se rige con la lógica de otro tipo de prestaciones de las que se puede “abusar”: uno va al médico cuando lo necesita, no “porque es gratis”. Nadie se saca la vesícula porque la intervención está incluida en el PMO. El que se la saca es porque no tiene más opción. Entonces, creo que estamos de acuerdo en que nadie se va a “abusar” del sistema sanitario de ningún país. Recapitulando, si creemos que tendría que ser gratis, ¿deberíamos dejar de ofrecer la prestación porque el vecino no lo hace? ¿No es esa una manera de hacer que todo el planeta sea un lugar peor? En muchos aspectos Argentina es un país modelo. En muchos no, claro. Pero en muchos sí. No nivelemos para abajo. Por favor. Contribuyamos, como Nación, a que el mundo sea un lugar un poco menos hostil. Un poquito, aunque sea.

Hipólito Azema nació en Buenos Aires, en los comienzos de la década del 80. No se sabe desde cuándo, porque esas cosas son difíciles de determinar, le gusta contar historias, pero más le gusta que se las cuenten: quizás por eso transitó los inefables pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Una vez escuchó que donde existe una necesidad nace un derecho y se lo creyó.

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