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¿Qué posición deben tomar los varones frente al feminismo?

Tema de la semana: el movimiento feminista.

En esta segunda entrega del tema de la semana (pueden consultar la primera acá), no me voy a andar con medias tintas (creo que jamás me ando con medias tintas, pero en este caso soy más consciente que nunca): admiro profundamente al movimiento feminista. En algún punto, hasta diría que lamento no ser mujer para sentirme parte. De hecho, es una de las primeras veces en mi vida que no me queda otra que observar desde afuera un movimiento que admiro. Si participara activamente, con toda certeza estaría muy orgulloso de hacerlo

Y ese es el primer punto que quiero dejar claro: los hombres estamos obligados a mirar de afuera. Les diría que estamos ontológicamente obligados. ¿Sos varón heterosexual y querés apoyar al movimiento? Hacelo. No vayas a las marchas, no vayas a las asambleas, no enarboles ninguna pancarta. No seas pelotudo. Si querés apoyar, quedate en tu casa y cuidá a los nenes. ¿No tenés nenes? Hacele la cena a tu compañera que fue a la marcha. ¿No tenés compañera? Leé un libro de feminismo y cultivate un poco más. ¿Ya te cultivaste? Explicale lo que entendiste al más troglodita de tus amigos (todos tenemos un cromagnon en la agenda). Pero no participes activamente. No es tu lucha. Si estás ahí, de hecho, la estás subestimando. Es como si hubiera blancos en las marchas del apartheid sudafricano. ¿Apoyás la liberación negra? Discutí con los blancos que no. Convencelos a ellos. Los negros ya están convencidos.

Quiero contar una pequeña historia relacionada con esta cuestión. Alrededor del 1500, la península ibérica estaba conquistada por el Islam. Tras una de las guerras más sangrientas de la historia, el catolicismo, muy de a poco, los fue expulsando hacia el norte de África. Cuando estaba por caer Granada, el último bastión musulmán, los árabes reunieron uno de los ejércitos más grandes del momento para defenderla. Sabían que si la perdían iba a ser muy difícil reconquistarla (el tiempo les dio la razón). Uno de los jefes militares católicos, al tanto de la situación, le sumó a la planificación táctica y el entrenamiento bélico, rezos y plegarias al dios cristiano para que los ayude. La noche anterior a la batalla final, se le apareció Jesús. Le dijo que iba a estar con ellos en la batalla, que no se preocupara. Que si de verdad creía en él con todo su corazón, las cosas iban a salir bien. El jefe católico le respondió “señor, yo ya creo en vos. Lo que necesito es que crean ellos. No es acá donde debés aparecerte, es del otro lado de la fortaleza, en el campamento musulmán”.

Querido varón que apoyás el feminismo: no es en la marcha donde debés aparecerte. Es en la parrilla de la esquina, donde está lleno de animales. Y no me refiero a los que están siendo cocinados.

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