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Prohibido orinar en la vereda

La muerte siempre duele, pero si es absurda, duele mucho más.
Así somos
23 abril, 2019

A veces pienso que escribir estas columnas tiene algo de insalubre. Les voy a contar un poco cómo trabajo: busco algún hecho policial que me llame la atención. Una vez que entendí lo que pasó, busco más fuentes (trato de que sean no menos de tres). Una vez leído todo el material, les cuento a ustedes una compilación de los hechos apelando a todas las fuentes. Siempre me gustaron los policiales, por eso los escribo, pero me parece que la realidad se está poniendo cada vez más complicada. O yo me voy poniendo viejo y las cosas me pegan más. Vaya uno a saber.

Esta vez, lo que sucedió fue lo siguiente: en Florencio Varela, provincia de Buenos Aires, un señor orinó en la vereda, muy cerca de su casa. Un grupo de pibes que pasaba por ahí (algunos del grupito eran vecinos del impúdico) le recriminaron la falta de higiene. Vaya uno a saber en qué términos se lo recriminaron que, mientras discutían, salió la mujer del impúdico de la casa con una cuchilla de cocina en la mano. Sin mediar discusión, se la clavó a uno de los pibes en el tórax. Tenía 25 años. Murió.

Que la realidad es absurda lo sabemos desde hace siglos. Pensemos en Sísifo si queremos ponernos clasicistas o, más acá en el tiempo, en Kant o en Schopenhauer. Quizás Sartre y Camus, con su existencialismo, sean los que más lo demostraron. Desde los principios de los tiempos el hombre se pregunta ¿para qué vivo? ¿Qué es la vida? ¿Qué es estar vivo? ¿Cuál es la finalidad de todo este trayecto? Son preguntas que no tienen respuesta, su principal función es justamente hacernos pensar. Pero cuando leo que un pibe de 25 años (toda la vida por delante) fue asesinado de una puñalada por recriminarle a un vecino por hacer pis en la calle, de a poco, debo confesarlo, voy perdiendo las –a esta altura ya muy escasas− expectativas que me quedan en la humanidad.

Hipólito Azema nació en Buenos Aires, en los comienzos de la década del 80. No se sabe desde cuándo, porque esas cosas son difíciles de determinar, le gusta contar historias, pero más le gusta que se las cuenten: quizás por eso transitó los inefables pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Una vez escuchó que donde existe una necesidad nace un derecho y se lo creyó.

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