Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Primera parada

Las vacaciones en la costa argentina están llenas de pequeños rituales que comienzan cuando cargamos el auto y salimos a la ruta.

Las vacaciones en la costa argentina están llenas de pequeños rituales que comienzan cuando cargamos el auto y salimos a la ruta. Cada familia seguramente tendrá los propios, pero hay uno que compartimos todos: la parada obligada en Atalaya.

Están los que bajan a descansar y los que compran y siguen viaje, pero lo que nos convoca a todos son las emblemáticas medialunas, sobre las que podríamos decir –sin exagerar para nada– que están hechas de magia pura. Incluso cuando no pasamos por ahí en horario de medialuna llevamos para comer después, porque el viaje no es lo mismo sin un alto en Atalaya.

¿Por qué nos resulta tan indispensable hacer esa parada al emprender nuestro camino a la playa? Dos motivos son los que vienen primero a la cabeza. Por un lado, es precisamente eso: la bisagra entre nuestra rutina y nuestro descanso. El comienzo oficial de las vacaciones. Parar en Atalaya es dejar atrás Buenos Aires y darle el primer mordisco a la costa.

Por otro lado, es eternizar los rituales: volver al lugar donde parábamos de chicos, con otro auto, otra edad y otra compañía, pero con la misma expectativa. Es recrear esa misma tradición con nuestros propios hijos, o volver a sentirnos chicos por un rato. Es comprobar que las cosas cambian, pero qué importante es que algunas permanezcan iguales.

Siguientes paradas

Claro que el viaje en el tiempo a través del paladar no termina con la primera parada en Atalaya y sus medialunas. Toda persona que visita la costa argentina cae, en algún momento de su estadía, en la tentación de un buen churro relleno de dulce de leche para acompañar el mate. Es parte de la tradición que mantenemos más allá de las generaciones y de las épocas. "El topo" es una de las churrerías más famosas y elegidas de Argentina, pero existen varias marcas. Aunque encontremos locales con churros en otras localidades de país, los que están en la costa tienen ese "no sé qué" que los hace tan especiales.  Es por esto que somos capaces de hacer una hora de fila para llevarnos nuestra tan esperada docena.

Podemos comer los churros frente al mar o bajo techo en un día de lluvia mientras jugamos al truco. Podemos comerlos rellenos con dulce de leche, nutella o preferir los que no tienen relleno; podemos optar por los bañados en chocolate negro o blanco o simplemente con azúcar. No importa: comer churros recién hechos nos hace saber que estamos de vacaciones y que ese instante es un instante feliz. 

Otro clásico en los balnearios de nuestra costa atlántica es comer un choclo en la playa. Aunque no seamos muy fanáticos de esta verdura en nuestra rutina normal, hasta los niños quieren no quedarse afuera de este ritual –incluso los niños que harían berrinche si se lo sirvieras en su casa el resto del año–. Los choclos en la playa untados con un poco de manteca convencen a cualquier descreído. No hay horario para darnos este lujo, podemos desayunar choclo, almorzar choclo e incluso comerlo con el mate de la tarde.

No podemos cerrar este texto sin hablar de las rabas, el cono de papas fritas, el pancho y otros platos que, seguramente, no solemos elegir en el hogar. Estas comidas también tienen el sabor a la mística de nuestra cultura familiar. Nos remontan a esas tardes al sol sobre la arena o a esas noches caminando por las peatonales y las ferias de artesanos. Nos conectan con ese gustito "al paso" que nos damos para no perder el tiempo y seguir aprovechando de nuestros días libres. 

Es interesante, siempre que podamos, rememorar esos viajes tan especiales para el cuerpo, la memoria y el paladar. 

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