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Piquetes: o están siempre bien o están siempre mal

¿Qué hacemos con los piquetes?

En una columna anterior (que pueden consultar acá), ya hablé de lo que podríamos llamar el principio filosófico de cualquier medida de fuerza. Pero en esta segunda nota acerca del tema, me quiero centrar en otra de nuestras características como argentinos, una de las peores a mi entender: la doble vara.

Allá por el 2008, en medio de la discusión por la famosa Ley 125, “el campo” (una categoría abstracta, que, en realidad, en este caso, debería llamarse “los grandes productores”), hicieron piquetes en las rutas durante muchísimo tiempo. De hecho, Alfredo de Angeli saltó a la notoriedad por su calidad de piquetero: como parte de uno de los sectores más duros de la Federación Agraria Argentina, cortó la ruta 14 (ruta internacional) durante mucho tiempo. Esa fama lo llevó a ser Senador de la Nación. ¿Por qué ese tipo de piquete no le molesta a mucha gente que sí le molesta un corte en una avenida de Buenos Aires? ¿Porque no transita por la ruta? ¿Porque a ellos “no los jode”? ¿Porque está de acuerdo con el reclamo? La doble vara operando más clara que nunca.

Otra doble vara que me llama la atención la vi funcionando hace pocos días. Muchas personas que pusieron el grito en el cielo por movilizaciones o manifestaciones en nuestro país, prácticamente implotaban de la emoción frente a la verdadera lección de lucha por los derechos que nos dieron, una vez más, los franceses. Gracias a que no dieron el brazo a torcer no solo frenaron los aumentos de combustible que se venían, sino que hasta empezaron a discutir otros temas que tenían cajoneados (un ejemplo es el aumento del salario mínimo). ¿Cómo se piensan que lo lograron? ¿Pidiendo una audiencia con el ministro de economía? No, salieron a las calles, cortaron todo, incendiaron patrulleros y armaron un quilombo histórico. Para muchos, si eso pasa allá son un pueblo del primer mundo que no se deja pisotear, pero si pasa acá somos “un país inviable”. El problema de la doble vara es que no deja crecer: si depende quién las haga las cosas están bien o mal, nada tiene reglas. Y sin reglas, como todos sabemos, no se puede vivir.

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