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Pensemos en el prójimo

Siempre está. En todos los grupos de amigos, en todas las familias.

Siempre está. En todos los grupos de amigos, en todas las familias. Se lo suele ver más frecuentemente en verano, pero hay que estar atentos todo el año porque siempre aparece. Puede que no lo reconozcas enseguida, en ocasiones pasa desapercibido: a veces es una tía, otras el marido de tu amiga, puede ser incluso tu papá o tu hermano.

¿No sabés de quién estamos hablando? Tal vez esta situación te resulte familiar. Terminamos de comer, todo muy rico, pero nos falta el postre. ¿La solución? Pedimos helado, por supuesto. Al momento de elegir los sabores, la mayoría de nosotros toma la actitud de “una que sepamos todos” y decanta por los más tradicionales: algún dulce de leche, algún chocolate, tramontana, granizado, hasta un limón puede entrar en la lista de lo admisible. Pero él (o ella) no hace lo mismo.

Quinotos al whisky. Pistacho. Menta granizada. Crema del cielo (¡!). Melón. Frutilla al agua (porque siempre está bueno para cortar con tanta crema). O, si no, por qué no probar el sabor nuevo de la heladería, del que seguramente te manden ¾ del kilo porque no se lo venden a nadie. ¿Ya sabés de quién hablamos? Sí, del que pide el gusto malísimo, ese que después queda en el freezer por el resto de la eternidad.

Tené cuidado: si no lo reconociste, puede que seas vos. 

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