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Miremos a los japoneses con los ojos bien abiertos

¿No sería genial por una vez en la vida copiar culturas superiores?

Así somos
Miremos a los japoneses con los ojos bien abiertos

A veces pienso que nos creemos tan superiores que importamos lo malo de otras culturas para compensar todo el talento que Dios puso en nosotros. Eso de “Dios es argentino”... La última, sin ir más lejos, toda la idiotez de la letra “e” como herramienta para incluir supuestos marginados. O la payasada del Ministerio de la mujer que no mejoró en nada la vida de las mujeres maltratadas y nos cuesta una fortuna al año a todos los que pagamos impuestos. Guita tirada que la podrías usar comiendo más asados en el caso de que comas alguno, viajando la costa y no en bondi, cambiando el auto, o comprando una tele nueva. Esas extravagancias que hace la gente normal con el fruto de lo que gana trabajando...

Es como que vemos que en un país están haciendo una cagada y no reprimimos las ganas de copiarla. Inclusive siento que las mejoramos.

Hablando de mejoras, los japoneses no son grandes inventores. Creo que lo más exitoso que crearon fue el Tamagochi, dispositivo digital del tamaño de un llavero que creaba la ilusión de que tenías una mascota a tu cargo. Es más: tienen un arte que se llama Chindogu, que es el de inventar cosas inútiles. Y se lo toman muy en serio. Hay reglas. No cualquier pelotudez es clasificado como Chindogu. Es como el lado jodón de los ponja. Ahora, cuando se la toman en serio no crean nada; todo lo mejoran. Harley Davidson hace cincuenta años las mismas motos toscas pero con mucho marketing detrás y ahí van los japoneses y crean las Honda, Suzuki y Kawasaki con un andar increíble, motores que no se rompen, ágiles, veloces, etcétera. Lo mismo en casi cualquier cosa mecánica y ni hablar de robótica.

Si comete un error pida perdón

Japón es una isla. Una islita, comparada con la superficie Argentina. Nieva en invierno. Es montañoso. En 1945 dos bombas atómicas lo destruyeron casi por completo. Literalmente. Hoy en día son una de las mayores potencias del mundo. Calladitos y por las piedras. No solo les partieron el país al medio y les sacaron las ganas de meterse en guerra por el resto de sus días, sino que les prohibieron tener ejército por unos cuantos años. Partieron del cero absoluto. ¿Cuál fue el secreto? La humildad, el trabajo duro sin chistar, el compromiso. Claro. Obvio. Pero también la honestidad.

Nosotros creemos que la honestidad no lleva a nada en la vida de la sociedad. Es uno de nuestros grandes problemas. La honestidad es confiabilidad. La confiabilidad es la base de todo. De la amistad que tanto nos gusta. De los negocios. De las bases de un país. Los argentinos no somos confiables. No por malos. Sino porque cambiamos todo el tiempo. Somos inestables.

El milagro japonés

En Japón si uno llega tarde al trabajo pide perdón y dice la verdad de por qué se retrasó. Porque no se puede trabajar con una persona que no es confiable. Acá llegamos tarde y siempre es a causa de un tercero o una tragedia que siempre es la misma y que los jefes saben que es mentira. Entonces no confían. Entonces retrasan tu progreso, obvio. El error no tiene excusas. Tiene causas entendibles o no. Los japoneses actúan de dos maneras positivas: reconocen el error y piden perdón con humildad. Eso no parece ser lo nuestro. Ninguno de los dos. Japón sin nada se convirtió en una potencia mundial en tres décadas. Nosotros en 1945 éramos una potencia mundial. Casi ochenta años después somos uno de los más pobres sacando algunos paises de África, medio oriente, Cuba y Venezuela. Hace más del doble de años que ellos estamos girando como molinete loco.

Sería hora de aprender lo bueno de los demás. El tema es empezar por uno mismo y escalarlo a nuestros hijos y relaciones. Y así, en una década o dos podríamos llegar a volver a ser potencia. Nunca le sacamos el hombro al trabajo hasta que la segunda presidencia de Menem rompió toda la industria nacional. Y de ahí cada gobierno fue peor que el anterior. Eso no es culpa de los políticos. Es culpa nuestra. A Bill Clinton no lo condenaron por tener una amante. Y eso que la infidelidad está muy mal vista en Estados Unidos, precisamente por la misma razón por la que lo condenaron en realidad: por mentir. Mintió diciendo que no tenía una amante y eso fue imperdonable para el pueblo. Acá un señor miente, lo hacen primero Ministro de Economía y después candidato a Presidente y muchos van y lo votan... Ochenta años de no salir del pozo. Culpa toda del pueblo.

 

Imagen: Freepik

Fecha de Publicación: 24/08/2023

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