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Mirá cómo las pusimos

El tema de la semana: la denuncia de violación de menores contra Juan Darthés.

Así somos
Creo que con el tiempo nos vamos a dar cuenta de que ayer, 11 de noviembre de 2018, fue un día histórico. El Colectivo Actrices Argentinas (al que ellas le llaman “colectiva”, discusión gramatical que quedará para otra instancia) denunció, prácticamente en cadena nacional, y con la capacidad de impacto que puede lograr un colectivo integrado por mujeres que se dedican al arte (la forma más excelsa de la comunicación), la violación de Juan Darthés a Thelma Fardin. Cuando ocurrió, la actriz tenía 16 años. Mirando la conferencia de prensa (y después, como buen masoquista, la manada de opinadores que salieron a revolear fruta sin tener nada concreto que aportar), no podía parar de pensar en dos cosas. En primer lugar, en cómo llegamos a que sea tan habitual que las actrices tengan que enfrentar tantas situaciones de abuso por parte de sus superiores varones. ¿Cómo no se frenó antes? ¿Cómo nunca nos pareció un tema importante? Cuando se lo comenté a mi mujer, me respondió con algo que no me esperaba: “las actrices quizás tengan más posibilidad de decirlo, pero sufrirlo lo sufrimos todas”. Y sí. Reflexioné un poco más, y creo que tiene razón. De hecho, a la noche, Romina Manguel, envalentonada por la denuncia que había acontecido un par de horas antes, afirmó que fue acosada por un invitado de Animales sueltos. Si ella, con la exposición que tiene, con sus 45 años y su psiquis completamente desarrollada, no se anima a denunciar porque “el medio es sumamente machista y el patriarcado no se cayó, por ende, no te creen”, no puedo ni imaginar lo que le pasó por la cabeza a una nena de 16 años a 10 mil kilómetros de su casa. Y eso me lleva a la segunda cosa que me puse a pensar ayer: ¿cómo puede ser que hayamos naturalizado que los niños trabajen en la industria del espectáculo? Es trabajo y son niños, por lo tanto, es trabajo infantil. Algunos responderán, “bueno, los padres firmaron, que se hagan cargo ellos”. A lo que no me queda otra que decir “es verdad, así que reformulo: ¿cómo puede ser que los padres acepten que sus hijos trabajen?”. Además, no contentos con que descuiden los momentos de juego, el colegio, el ocio (en resumen, su infancia entera), se los llevan “de gira” por Centroamérica sin adultos responsables. ¿Cómo llegamos a eso? Creo que la mayoría de las situaciones bisagra de la historia se dieron por eventos que quizás no fueron en sí mismos tan terribles sino que fueron la gota que rebalsa el vaso. En este caso en particular, creo que no es un vaso: es un balde. Y está rebalsado hace rato.

Fecha de Publicación: 12/12/2018

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