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Me lo tomo con soda

¿Por qué los argentinos amamos la soda? Nuestro país es uno de los mayores consumidores de esta bebida en el mundo. Burbujas y nostalgia, un combo irresistible.

Así somos
Soda

Hay algo mágico en las burbujas. El descontrol en el vaso, las cosquillas en el paladar, la sensación de estar tomando agua en movimiento. Y, de entre todas las burbujas, podría decirse que las de la soda son las más inofensivas. No se suben a la cabeza como las del espumante ni tienen kilos de azúcar como las de las gaseosas. Entonces, ¿cómo no amarla?

En la Argentina somos fanáticos de la soda: el consumo en nuestro país es uno de los más altos del mundo. Y, cuando decimos soda, hablamos de la de verdad, nada de agua con gas previamente embotellada. A los argentinos nos gusta la soda de sifón, esa que trae el sodero y nos recuerda a nuestra infancia.

¿Por qué amamos la soda?

Por qué desarrollamos ese gusto por esta bebida no está del todo definido, aunque varias teorías apuntan a que la culpa es del vino, otra de las grandes bebidas nacionales. Los comienzos del fanatismo, por su parte, se ubican hacia la década del 80. En ese entonces, el vino se tomaba con un chorro largo de soda de sifón. Esa era la tradición. El vino se diluía, con lo cual el consumo de alcohol disminuía, y se convertía en un “rosado”. 

Con el correr del tiempo, el vino se fue convirtiendo en un hábito más cool (y más caro), y echarle soda pasó a convertirse en sinónimo de pecado, al igual que ponerle hielo. Ahora, cuando alguien lleva un vino a una casa, ya no se lo abre y se lo toma: se lee la etiqueta, se analiza la cepa, se lo deja respirar y se degusta lentamente. Además, aparecieron muchísimas cepas nuevas que en otras épocas no se diferenciaban. 

A su vez, la nostalgia tan característica de nuestra idiosincrasia también le suma algunos puntos a este fanatismo por la soda. Aunque ya desde la década del 30 los sifones llegaban a los hogares, como decíamos, el punto de inflexión se da en los años 80. Y hacia allí apuntan los corazones nostálgicos que encuentran en esta bebida un punto de conexión con la infancia, con la casa de los abuelos, con los cajones apilados en algún patio y —por qué no— con las guerras de sifonazos entre primos o hermanos el domingo a la hora de la siesta.

El solo hecho de apretar el gatillo del sifón tiene una mística especial, que no se repite con ninguna otra bebida. ¿Hay algo más divertido que presionar un poco de más y salpicarse de soda un mediodía caluroso de verano? En otras épocas, una práctica común era cargar de más el Drago para que al próximo que se sirviera se le disparara el sifón por la presión.

En la Argentina, la soda es pasión de multitudes y sobran los motivos para que sea así. La soda no empalaga, no aburre, tiene movimiento y da sensación de saciedad. A todo esto, le sumamos la costumbre, la tradición, el lazo con nuestro pasado. El sodero pasando con su camión, el vinito rebajado para el asado, el vasito que acompaña el café en cualquier confitería porteña. Todo un símbolo de nuestra cultura que, aunque con menos presencia que años atrás, aún continúa vigente en las mesas y en los corazones de los argentinos. 

Fecha de Publicación: 17/07/2022

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