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¿Malo conocido o bueno por conocer?

¿Es lógico que aceptemos experiencias mediocres solo porque las tenemos perfectamente categorizadas?

Así somos
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En la esquina de mi casa (para ser más precisos en la puerta de al lado, ya que vivo casi en la esquina) hay un bar del que no voy a dar el nombre ni bajo tortura (bueno, quizás bajo tortura se me escape, uno nunca sabe cómo reacciona en esas circunstancias) que es bastante malo. Bastante bastante. A pesar de esto, voy muy seguido. Si bien reconozco que soy un poco vago para moverme (no trabajen desde sus casas, ¡es una trampa!), en este caso no aplica porque vivo en una zona que debe tener la tasa más alta de bares por cuadra de todo el país. Caminando menos de 100 metros para cualquiera de los puntos cardinales tengo, por lo menos, cinco bares más. Entonces, ¿por qué sigo yendo al de la esquina? Hace mucho que lo vengo pensando. El otro día, una mesera muy amable me dio la respuesta.

Venía leyendo (sí, leo caminando, logré la destreza necesaria como para darme muy pocos porrazos) y me senté en una de las mesas de afuera. Me encantan las mesas de afuera, siempre que voy a un bar o a un restaurante, salvo que llueva o haga una temperatura excesivamente alta o excesivamente baja, en cuyo caso por lo general directamente desisto de ir al bar o al restaurante, ocupo una mesa en la calle. Bueno, les decía, me senté en una mesa de afuera y me sumergí en la lectura. Consciente de que, por lo general, es un bar en el que si te sentás afuera podés llegar a esperar un rato largo antes de que alguien note tu presencia, me dije para mis adentros “termina el párrafo y voy”. El libro estaba entretenido (y tenía el dead line de la reseña muy encima), así que cuando terminé el párrafo pasé al siguiente y luego al siguiente y luego al siguiente. En eso, veo una sombra muy cerca de mi hombro que se queda parada y, un segundo después, una mano que invade mi espacio personal y se aproxima a la mesa. Era la mesera. Estaba dejando un cortado en jarrito y una medialuna de manteca. Exactamente lo que iba a pedir.

Ahí fue cuando, como si estuviera viviendo una epifanía casi bíblica, entendí por qué voy a un bar mediocre: porque lo conozco. Porque ya tengo perfectamente mensurado su grado de mediocridad, no me sorprende lo malas que son las medialunas ni lo quemado que está el café. Y, por lo visto, yo tampoco los sorprendo a ellos: no hace falta que abra la boca para que me traigan lo que quiero. En un primer momento me dio alegría lo que estaba pasando. Me sentí conocido, contenido y, por qué no, hasta querido. Segundos más tarde me di cuenta de que acostumbrarse al malo conocido para evitar el bueno por conocer es una actitud que debería tener dentro de, mínimo, treinta años. Todavía no es tiempo de temerle a lo desconocido. Todavía no, Hipólito. Te lo pido por favor.

Fecha de Publicación: 17/03/2019

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