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Los qom también son santafesinos

Invisibilizados por la política, un grupo de integrantes de los pueblos originarios qom resiste a pura literatura y construcción sustentable.

Cuando yo era chico siempre los conocí como “los tobas”. Con el tiempo, ellos mismos se encargaron de aclararnos a todos que el nombre de su pueblo es qom. Este pueblo originario habita principalmente la provincia de Chaco. Pero sus tierras también estuvieron históricamente en la hoy provincia de Santa Fe. Olvidados por la mayoría de los proyectos económicos, políticos y sociales que se desarrollan en Santa Fe, la gente qom nos viene a contar que ellos también son santafesinos. Te contamos sobre dos geniales proyectos que lleva adelante una comunidad qom en el barrio Santo Domingo de la capital provincial. 

Esta comunidad aborigen vive en un vecindario de Santa Fe donde no hay agua potable, cloacas, gas, veredas, zanjas, iluminación, ni ningún otro servicio. Ni siquiera tienen calle. Viven en ranchos de chapas oxidadas montados sobre un campito sin nombre, rodeados de basura y cavas ladrilleras. Es un rincón olvidado del barrio Santo Domingo.

En este contexto, unos chicos pudieron sacar un libro y todo. Shotainá es el nombre de la producción bilingüe que escribieron juntos cuando aprendieron a leer y escribir en "La casita de Pepe". Ahí funciona el Centro de Alfabetización de Adultos de la provincia (CAEBA). Sin saberlo estaban perpetuándose en el tiempo. Fueron dos años de trabajo en los que aprendieron a plasmar sus historias y sueños en relatos escritos en su lengua madre y en castellano. "El árbol es el guardián del perfume", escribieron entonces una cálida tarde de noviembre de 2018. "Soñamos ser un árbol antiguo lleno de hojas y de historias. Un árbol grande con hojas verdes y flores celestes y lilas. Flores tan bellas y perfumadas de esas capaces de sostener olores muy fuertes y firmes enlazados a la memoria de nuestras raíces por cientos de años", dicen estos jóvenes qom.

Dignidad, conseguida con sus propias manos

El libro Shotainá fue una gran puerta a esa ciudad que los mantiene en el margen. Lo presentaron en eventos, en bares, salones, en distintas zonas del centro. Allí donde acostumbran transitar bajo la tensa mirada de algunos vecinos que los prejuzgan por su humildad y sus rasgos aborígenes. Esta vez, en cambio, recibieron aplausos, sonrisas y agradecimiento. Y la gente se marchó con sus historias bajo el brazo.

Además del orgullo y la seguridad interior que les provocó el libro, recaudaron dinero, a 250 pesos cada ejemplar o dos por 400 pesos. Impulsados por sus docentes, fueron por algo que jamás habían soñado: una casa de material adonde ver dormir seguros a sus niñas y niños. Un techo como la gente, donde resguardarse de las tempestades, sin el temblor de las chapas contra el viento. Un hogar.

Primero aprendieron a fabricar ladrillos en la cava y empezaron a levantar paredes. Este oficio además les serviría a futuro como una alternativa para subsistir. A través de esas redes altruistas invisibles que suelen tejerse de boca en boca en la sociedad apareció entonces otra organización en su camino. Un grupo de mujeres que lleva adelante un proyecto de bioconstrucción colectiva. Ellas les enseñaron a levantar sus viviendas sustentables con paja, barro, botellas rellenas de plásticos, palets y otros materiales de descarte.

Las cinco casas de material que levantan los jóvenes qom son apenas de un ambiente. Pero son mucho más que los ranchos de chapa que hoy habitan. Ya están casi listas cuatro y la quinta avanza con el esfuerzo y el trabajo de los cinco compañeros.

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