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La semana pasada maté cinco bebés

Sin remordimiento ni culpa ni ninguna de esas sensaciones raras que suelen experimentar los asesinos.

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Sí, así como lo leen. Y los maté sin remordimiento ni culpa ni ninguna de esas sensaciones raras que suelen experimentar los asesinos. Al principio estaba orgulloso. Ahora ya no tanto.

El tema fue así: un día salí a fumar un pucho al patio de casa (no fumen, se los pido por el amor de Alá). Me encontraba, como siempre que salgo al patio a fumar, inmerso en todo tipo de razonamientos y elucubraciones hasta que, cuando bajé un segundo la vista, vi una pelotita negra. Me pareció que era tierra que se habría caído de alguna maceta. Por las dudas me acerqué. Ya no me pareció tierra. Me acerqué un poco más. Había otras pelotitas. Muchas. Muchas pelotitas, dispersas por todo el patio. Sí. Es lo que piensan. Caca de rata.

Para ser sincero, como creo le debe pasar a la mayoría de ustedes, no me gustan las ratas. No tanto por una cuestión de asco, lo que más me preocupa es el tráfico indiscriminado de enfermedades que mueven de un lado para el otro. Al día siguiente, como cualquier persona de bien, llamé al exterminador de ratas.

Cayó un flaco que me puso unos cuadraditos de cebo por todo el patio. Me dijo que los tenga unos cinco días y que vaya viendo si se lo comían. Si al cabo de ese tiempo el cebo seguía ahí, que lo sacara porque me iba a atraer ratas de otros lados (les estaba invitando la cena, una cena envenenada, pero cena al fin). Pasaron los días y los cebos estaban intactos. Los retiré, contento de suponer que la rata me había abandonado por motu propio.

Al día siguiente me tocaba la parte que suponía que iba a ser difícil, pero nunca imaginé tanto: limpiar la baulera en la que había vivido el huésped indeseado. Como cualquier baulera (quizás esta un poco más, lo admito), estaba llena de porquerías. Entre esas porquerías, muchas más pelotitas negras. Muchas es muchas. Muchas. En fin: guantes, lavandina, bolsas de residuos y a ponerle el pecho. Empecé tirando todo. Cuando estoy llegando al final, al ángulo de las dos paredes del fondo, escucho unos pequeños grititos. Veo unos ladrillos huecos que había guardado de una vieja biblioteca. Adentro de uno de esos huecos, muchas ramas y hojas y mugre. Algo se mueve. No sé cómo controlé los nervios y lo di vuelta. Cayeron cinco ratas bebé. Nunca sentí tanto asco en mi vida. A la vez, no pude evitar pensar en que somos muy especistas. ¿Por qué nos produce ternura un cachorro de perro o de gato o, claro, de humano, pero de rata nos da asco y los tiramos a una bolsa de residuos? Todavía no pude responder esa pregunta. Pero no me arrepiento de nada.

Fecha de Publicación: 22/02/2019

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