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La damajuana

La damajuana: un objeto más argentino que el gaucho

El dicho dice que lo bueno, si breve, dos veces bueno. La damajuana, un objeto más argentino que el gaucho, es malo y abundante. Es decir, si vamos a contradecir, contradigamos a full. Acá, como habrán visto, las medias tintas no nos van. A mí me gusta mucho la damajuana. Sospecho que tiene que ver con que me hace viajar en el tiempo al departamento de tres ambientes con patio de Munro, en el que vivía mi abuelo materno con mi abuela y mi tío, que solíamos visitar los sábados a la tarde para quedarnos a cenar. Siempre había una damajuana. Como mi abuelo en algún momento notó que a mí me llamaba la atención el objeto, cada sábado, cuando llegaba, me hacía acompañarlo al patio a pasar a una botella de tres cuartos el contenido que se iba a tomar en la cena. Con el tiempo encontré respuesta a una pregunta que, por suerte, no hice en el momento, que era la siguiente: ¿Por qué, si a mi papá le gustaba el vino, en la casa del abuelo tomaba muy poco o directamente no tomaba? Hoy la respuesta parece muy clara: porque debía ser horrible. La verdad, no recuerdo la marca, sólo que la etiqueta se despegaba y que a veces había pequeños bichitos atrapados en la red de plástico que protegía el botellón. La damajuana me hace acordar a mi abuelo y a toda esa generación con poco estudio, que se rompió el lomo en fábricas horrendas para llegar a un nivel de vida apenas aceptable. Hoy, a la distancia, puedo ver la pobreza en la que vivía la familia de mi mamá. Y quizás fuera de las peores, porque si bien con toda certeza hay gente que sufría muchas más necesidades que ellos, la pobreza de mis abuelos era siniestra, porque con el correr del tiempo ellos la habían naturalizado. Y lo malo de naturalizar una situación es que ya no se intenta cambiarla. A lo sumo, se pasa el vino de damajuana a una botella de una marca mejor para que al menos parezca que uno tiene el derecho de cenar los sábados con un poco de dignidad.

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