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La Casita Literaria de San Isidro: lecturas y encuentros en la vereda

A fines de 2021 Mario Erkekdjian, un vecino de San Isidro, provincia de Buenos Aires, puso en marcha una idea con el fin de “construir un puente entre el interés colectivo y los libros”. Y creó La Casita Literaria.

Así somos
La Casita Literaria de San Isidro

Por Mariela Marino

El primero que me la nombró fue mi viejo amigo Adrián L. que vive a pasitos. Luego, fueron apareciendo otras amigas que la conocían. Una fue Silvia S. Entonces todo empezó, en rigor, así: “Hola Mariela, tengo tu dato por gentileza de Silvia S. Me comentó de tu interés y también el de tu padre y tu hermana en el proyecto de La Casita Literaria. Será un gusto poder encontrarnos cuando puedan. Los espero con un café. Cariños. Mario”.

Acordamos visitarlo en la semana de vida número 336, tal como enuncia en tiza escolar la pizarra en la que se lee, cada semana, una frase diferente. Esta decía: “No discutas con verdades a adictos a la mentira”. Era sábado 17 de febrero de 2024 por la mañana que es, por cierto, el momento del día ideal para tomarse un buen café en tan grata compañía. Porque aunque todavía no lo conocíamos, sabíamos que se trataría de una gratísima y cálida compañía. Y no nos equivocamos.

 

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Su sensibilidad poco tiene que ver con los sesgos que tenemos sobre aquellos que ejercen la ingeniería. Mario, que hoy tiene 81 activos años, trabajó toda su vida en la actividad industrial, específicamente en cuestiones relacionadas al tratamiento del fuego, la termodinámica y  termostática, ramas de la física que no podríamos explicar con asertividad. De hecho, para seguir despuntando el vicio (y la virtud) en el fondo de su casa, tiene un megataller dotado de variadas máquinas y herramientas para trabajar, sobre todo, la madera. 

Llevé bajo el brazo como regalo dos ejemplares de mi “Surfear la Arquitectura”, uno para él y uno para La Casita. Nos recibió con la misma generosidad y alegría con que, desde hace un par de años abraza a todo aquél que se interesa por su proyecto. Porque claramente él quiere hacerlo extensivo, que acaricie fronteras y corazones inimaginables: “Es que eso hace la lectura, abre mundos nuevos a la gente”. De hecho, la idea, ya se ha empezado a replicar y concretar en varios sitios de la provincia.

De qué va

El asunto fue así. Un buen día, en el grupo de Whatsapp que comparte con más de sesenta vecinos, tiró la idea (que conocía de Estados Unidos, donde vive uno de sus tres retoños). Quiso tantear qué tanto prendía la propuesta de construir un lugar, un espacio, en la cual se intercambiaran libros con el fin de incentivar la lectura y de generar comunidad. Tanto prendió que entre varios dibujaron cómo sería y dónde se ubicaría, entre otros tantos compraron los materiales, los cortaron y ensamblaron, para que, al final, llegaran los últimos otros tantos -tantas, en realidad- para dejarla divinamente decorada con gigantes amapolas y mariposas coloridas y ramas en varios tonos de verde.

La Casita Literaria fue el nombre que se votó entre todos los participantes de esta cruzada cultural. Y es tal cual: una casita como Dios manda, con cuatro paredes, puerta, ventana, techo a dos aguas, chimenea y buzón (para depositar sugerencias o mensajitos). Hasta cuenta con un Manual de Procedimientos, para replicarla. Dentro de ella el aire huele a libros y los libros amortiguan los suburbanos sonidos exteriores. La luz natural marca el horario de apertura y cierre. Así de simple. Está ubicada en la esquina de Intendente Aphalo y Misiones, a poquísimas letras de la casa que Mario habita con Martha, “el alma mater” (dicho por el propio Mario), esa esposa amorosa, menuda y bonita que lo viene acompañando en todas sus aventuras desde hace cincuenta años.

“Acá, en cuestiones como esta, lo importante es que haya varias locomotoras que tiren para adelante; es fundamental el trabajo en equipo para que un proyecto así pueda sustentarse”, dijo.

 

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Como en botica

Hay en La Casita, para todos los gustos y edades, unos ciento cincuenta volúmenes muy ordenaditos sobre estantes que se agrupan en tres categorías: infantiles, novelas y  cultura general. Pero hay muchísimos más “en depósito”. El depósito es su propio garaje y su comedor y varios pasillos y otros rincones de su casa.

Arrancó con un stock discreto de su propia colección. Luego, a medida que la iniciativa se derramaba entre el boca a boca y las notas de prensa, las donaciones empezaron a llegar en modo proporcional a los curiosos y los lectores. No hay reglas estrictas en el uso y goce de los tesoros que guarda La Casita aunque se intenta que aquel que se lleva uno o dos libros para leer, los regrese, luego, para generar que los mismos circulen. Se trata más bien que el papel conserve la memoria del tacto de otros dedos y que queden reflejados en las páginas los ojos que leyeron antes. Y se pueden retirar libros sin donar ninguno en absoluto.

Primeros grandes logros

“Hoy la gente se saluda porque se encuentra acá. Antes, quizá viviendo a media cuadra unos de otros, no se conocían”. Gracias a esta iniciativa, en esta cuadra se recuperó el pulso barrial de hace añares donde la vida transcurría en la vereda, esa que tanto supimos disfrutar en la infancia suburbana. Por otra parte, la atracción creciente que genera La Casita es transversal a todas las generaciones. Hay chicos que arrastran a los abuelos. Abuelos que leen y cantan en la vereda. Padres e hijos, novios, adolescentes solitarios y bandas de amigas. Todos, tarde o temprano, se dan cita acá para sumergirse en pequeñas y grandes lecturas.

Después, con el paso de los meses y tal como les ocurre a todos los organismos vivos, La Casita fue expandiendo su función; a la lectura se le han sumado otras actividades artísticas y comunitarias: cuentacuentos en la vereda, música, narraciones, convocatorias. “Incluso hemos festejado un 25 de mayo con chocolate caliente para todo el mundo y tuvimos la emoción de entonar el Himno Nacional Argentino con músicos en vivo”. En prensa, hay proyectos varios que van del tango a la espiritualidad pasando por las manualidades y la arquitectura. De modo tal que La Casita funciona como “la cocina del barrio”, ese lugar cómodo y calentito en el que sentimos hogar, pertenencia y refugio. No es casual que el primer ambiente en el que nos sumergimos al entrar a su casa sea la cocina.

Como si todo esto fuera poco, Mario además abre su taller para quien quiera o necesite reparar o construir algo. También convoca cada año a aquellos que deseen ayudarlo a fabricar juguetes en madera para obsequiar, luego, a chicos en algún estado de vulnerabilidad. Pero este tema da mucha madera para cortar en otra crónica.

 

ImágenesLa Casita Literaria de San Isidro

Fecha de Publicación: 29/02/2024

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