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Invierno y mandarinas bajo el sol

La costumbre tucumana encuentra su lugar en las estaciones frías, pero con sol. La combinación perfecta: mandarinas, sol, invierno y risas.

En el norte, por lo general en verano, padecemos las siestas por lo calurosas y agobiantes que pueden llegar a ser. Pero en invierno todo eso cambia, y el sol ya no está mal visto, al revés: lo esperamos con mucho cariño. Esto, y la época de mandarinas, generan que las siestas sean para salir a la vereda y disfrutar este manjar.

Quienes dicen que no les gustan las mandarinas es porque nunca las comieron bajo el sol. Claro está, no cualquier sol: el sol de invierno del norte. ¿Por qué? La característica del sol invernal en nuestras tierras suele ser casi un mimo, está ahí para calentar las veredas y los patios, pero en el punto justo. No es molesto, al contrario, es más que agradable.

Sobre la mandarina

Ya hablamos sobre las condiciones perfectas para comer una mandarina. Ahora hablaremos sobre la fruta, la protagonista, la estrella de los inviernos soleados tucumanos. Este cítrico de piel delgada abunda en Tucumán y no es raro ver árboles en los barrios con mandarinas rebosando, que están listas para comer. Además de ser una gran fuente de vitaminas, como suelen ser los cítricos, las mandarinas son muy fáciles de comer. Ese, quizá, es el secreto de por qué son tan famosas. Si comerlas fuera más trabajoso, como lo son otros cítricos –como, por ejemplo, los pomelos–, nada sería igual.

Su cascara delgada se desprende con los dedos fácilmente y muchos la tiran, ya que afirman que hace de abono para la tierra. Una vez pelada la fruta, llega lo más esperado: después de cortarlas en gajos, todo lo demás es disfrute. Así las mandarinas conquistan las siestas y las tardes tucumanas, y le dan un color especial a invierno.

Para los turistas que vengan en invierno, comerlas en un patio es quizá la experiencia gastronómica más rica que se puede experimentar y disfrutar. A comer mandarinas.

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